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Relatos Lemon +18 CAPÍTULO 3 actualizado 17 diciembre

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Mensaje por Yurita el Dom Dic 04, 2016 11:25 pm
Hola! bueno, espero que el Lemon sea bien recibido por aquí xD, así que aquí les dejo algo de mi trabajo, y espero les guste la lectura.
saludos.


Última edición por Yurita el Sáb Dic 17, 2016 11:43 pm, editado 1 vez
Yurita
Mensajes : 32

Fecha de inscripción : 26/11/2016

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Mensaje por Yurita el Dom Dic 04, 2016 11:26 pm
la pequeña curiosa


Aburrimiento, demasiado diría yo, que miraba la lluvia caer desde el otro lado de la ventana. Me sentía como en una de esas películas de terror en la que la chica está sola en su casa y de repente recibe la llamada de un asesino preguntándole cuál era su película de terror favorita. Segundos después, la mencionada muchacha moría de la forma más espantosa posible.
Tenía planes para la tarde antes de que se arruinaran por culpa de la tormenta. Había decidido ir a ver a Mariana, la chica que me traía loca desde que la vi por primera vez en la clase de natación para principiantes. Vestía, en ese entonces, un bonito traje de baño que le quedaba algo más pequeño y le apretaba sus generosos pechos a tal grado que los pobres parecían a punto de salirse de él. Durante toda la clase me mantuve pegada a su silueta, a la tez blanca de sus piernas, a su cuello refinado y su pelo de color negro, que coronaba su pequeña cabeza ovalada. Un hermoso rostro tierno y virgen miraba con sonrojo a todas las otras chicas. Me pregunté si se sentiría menos que las demás.
Las clases de natación habían comenzado dos semanas atrás, así que algunas de nosotras ya nos conocíamos y como era habitual, había cierto rechazo hacia ella por ser la nueva. Eso sin contar la burla que le hicimos cuando se metió a la piscina, cuya agua estaba fría y provocó que las pequeñas puntitas de sus pechos se alzaran por encima del traje. Mientras la mayoría se burlaba, yo me quedé quieta, mirando con poco más que morbo lo bella que era. Lo tierna e inocente que se manejaba la hacía incluso más sexy, y fue gracias a eso, que yo siendo atraída como abeja al polen, me le acerqué y comencé con ella una amistad que se había vuelto algo más cercana gracias, sobre todo, a mi facilidad de palabra y mis bromas picantes, discretos intentos de coqueteo para hacerle ver que estaba ansiosa por tenerla en mi cama y nadar entre sus piernas. Y yo era muy buena nadadora.
Total que esos planes se había arruinado a causa de la lluvia, y como la luz iba y venía a cada rato, no me atrevía a prender el televisor. Una escasa luz del día se filtraba por la mañana y me hacía sentir triste, resentida con el clima.
Fue entonces, mientras jugaba con mi gato Pelusa, que escuché cómo sonaba el timbre de la puerta. Con ésta lluvia ¿quién se atrevería a venir? Fui a abrir y me encontré con la silueta de Mariana, totalmente empapada, con sus mechones de pelo negro cayéndole por sus mejillas, su delineador de ojos ahora corrido por el agua. Toda ella temblaba de frío y se abrazaba para darse calor.
—¿Qué haces aquí? Te dije que no podríamos salir por la lluvia —repliqué y la metí a la casa de un jalón.
—Cuando me llegó tu mensaje ya estaba en el autobús. Me bajé a tres cuadras de aquí y caminé. Pensé que me ahogaría.
—Ay, no digas tonterías. Ven, vamos a cambiarte la ropa.
La llevé de la mano hasta el segundo piso de la casa y la metí al baño. Como no había traído ella otra ropa, fui a mi armario y en ese momento se me ocurrió que podría darme un poco de gusto. Así pues, busqué unos pequeños shorts deportivos que no había usado en mucho tiempo, lo bastante cortos como para que las blancas piernas de Mariana se vieran reveladoras. Busqué una blusa sencilla, con una tela tan suavecita que le permitiera a sus nenas estar cómodas.
—Te dejo la ropa aquí en la meseta —le dije asomándome por el baño.
—Muchas gracias, amiga.
—Por nada —la miré un segundo. Su silueta se veía diáfana a través de la cortina. Estaba desnuda, de perfil a mí y vi cómo sus manos pasaban por encima de la curva de sus senos y se delineaba las caderas y las nalgas.
Suspiré, con el corazón latiendo a mil.
—¿Andrea?
—Estaré en mi habitación.
Aguardé nerviosa, fingiendo que miraba con mucho interés la lluvia. No tuve que esperar mucho cuando Mariana entró, secándose el pelo con una toalla y vistiendo la sexy ropa que le había dado. Como supuse, los shortctitos no era de su talla, por lo que se le pegaban a sus bien formadas piernas y su estrecha cintura. Además, por la forma en la que su busto se veía por debajo de la blusa, supuse que no traía ni sujetador. Tragué saliva.
—Hace un poco de frío —le comenté —. Ven, te secaré el pelo.
—Ay, gracias.
Se sentó en la cama y yo tras ella moví la toalla rápidamente sobre su cabeza. Se quejó. Dijo que lo hacía muy fuerte. Yo me reí y seguí con mi tarea, sin perder de vista lo bien que se veía su cuello, cuya piel imploraba un tierno besito. Luego de que terminé de secarla, la rodeé con mis brazos justo por debajo de sus pechos y la atraje hacia mí.
—¡Jeje! ¿qué haces?
—Te estoy dando calorcito —le susurré a la oreja.
—Mm… sí, ya me estoy sintiendo mejor.
—Eres una niña mala, Mariana. Te dije que no vinieras y ahora estás muy mojada.
—Me acabo de duchar, por supuesto.
Me quedé así un buen rato. Si era incómodo para ella, no me importó, porque de cerca olía su shampoo y sentía cómo me embriagaba ese aroma dulzón a manzana verde.
—¡Ejem!
—Lo siento, sólo me dejé llevar.
Se giró hacia mí. Lucía tan linda con las piernas flexionadas y la mirada sonriente. Quizá estaba esperando a que yo actuara o sucediera algo más. Me pasé la lengua por los labios. Ella ladeó la cabecita.
—¿Qué pasa, Andrea? Te ves nerviosa.
—Sólo me asustan un poco los truenos —le mentí —. Me da que en cualquier momento caerá uno sobre mí.
—Ay, tonta. Eso no sucederá a menos que estés afuera. Te hace falta asistir a clases de física.
—Sí, eso supongo. ¿Quieres que hablemos de algo? Teníamos pensado ir al cine pero con ésta lluvia infernal…
—Mmm… ¿sabes? Mientras venía para acá, un chico se me quedó mirando y me estaba sonriendo. No era muy guapo, pero me gustó cómo me miraba.
—De seguro te estaba follando con los ojos —me burlé, fingiendo que me causaba gracia.
—¡Jaja! Ya me embarazó. Pues no se veía depravado. Era un poco tierno, o eso capté de él.
—Ajá, como si supieras distinguir una mirada tierna de una pervertida.
—Ah, y cómo es una mirada pervertida.
—Justo así —le mostré, bajando mis ojos hasta sus tetas. Mariana se las cubrió y rió.
—¡Jaja! Por cómo me las miras pareciera que te gustan los pechos de las chicas. ¿A caso eres de esas raritas?
—No somos raritas —espeté, y me di cuenta del error que había hecho. Sin querer me había confesado acerca de mis preferencias.
La sonrisa de Mariana se quedó congelada en una sonrisa incómoda.
—Emm… ¿Andrea? ¡Je! ¿Que acabas de decir?
—Bueno… nada. Olvídalo.
—No, dime.
—No, no es nada —repliqué. Me levanté y me fui a la cocina rápidamente para beber agua. Era una manía que empleaba cada vez que me ponía nerviosa, y de repente me dieron ganas de salir a mojarme con la lluvia para quitarme el calor de las mejillas.
Mariana entró a la cocina, y el hecho que me mirara de pies a cabeza, con una expresión un tanto confundida me sacó de onda.
—¿Qué?
—Es que me sorprendiste con esa confesión. No te sientas mal. No te juzgo por tus gustos.
—¿En serio?
Negó con un gesto. Yo suspiré y me acerqué cuidadosamente. Ella retrocedió asustada.
—Joder, niña, que no te voy a violar.
—Lo sé, sólo también me siento algo nerviosa. Es… como estar con un chico.
Puse los ojos en blanco. ¿Por qué siempre creían que nosotras éramos una predadoras sexuales? En fin. Le toqué el hombro y ella dio un respingo.
—Mira, si quieres dejar de ser mi amiga, lo comprendo.
—No dije eso, Andrea. Sólo me siento un poco incómoda. Mmm, ¿qué se siente que te gusten las chicas?
—Pues… nada del otro mundo, supongo.
Suspiró con resignación y subimos a mi habitación. Me sentía un poco más tranquila, aunque no tanto porque ahora que ella sabía de mis gustos, no podía dejar de pensar en si estaría de acuerdo en que le diera un beso. Nos sentamos en la cama. Afuera la lluvia repiqueteaba.
—¿Qué tienes? Pareces curiosa.
—Sí —me respondió con una sonrisa —. ¿Y lo has hecho con una chica? Es decir, tener sexo…
Me sonrojé.
—Sí, una vez. Fue hace como un año con la que entonces era mi novia.
—¿Y qué tanto le hiciste? —había un resplandor coqueto en sus ojos y una sonrisa emocionada. Yo me recosté en la cama y ella se acomodó a mi lado —¿Te da pena contármelo?
—Pues… primero nos desnudamos la una a la otra. Nos acariciamos y todo lo que sucedió después fue inolvidable.
Se rió como si le hubiera contado un chiste.
—¿Qué más? ¿Cuánto duraron?
—Mucho. Toda la tarde. Éramos unas inexpertas todavía, así que jugamos con nuestros cuerpos por un buen rato. Ella era muy guapa y tenía unas tetas impresionantes.
—¿Te gustan grandes?
—Las adoro.
—¿Cómo las mías?
Le miré los senos con descaro.
—He visto mejores.
—¡Ash! Qué malvada. ¿hicieron todo lo que salen en los vídeos porno?
—Bueno… un momento —la miré con atención —¿cómo sabes eso? ¿A caso has visto algún triple x de chicas?
—Este… ¿Qué? No… te equivocas.
Pero su sonrojo me decía lo contrario.
—Mariana, no me digas que ya viste porno de lesbianas. ¡Jaja! ¿Tú?
—Bueno… una vez. Es decir, dos veces.
Me reí, incrédula. De repente le había volteado el juego.
—¿Y cómo es eso? ¿Tenías curiosidad? ¿Querías probar con una chica?
—Ay, ya me dio penita seguir hablando.
—Ah, no. Tú ya me preguntaste. Tienes que responderme ahora. ¿Te dio curiosidad?
—Este… ¡jeje! Sí, un poco. Es que mi hermana mayor tiene esos gustos y la verdad… me dio curiosidad. Una vez revisé el historial de su navegador y vi que ella visitaba páginas de ese tipo. Le di clic a una y pasó un vídeo muy… erótico, de dos chicas. Luego pasó otro donde había un trío y vi todas las cosas que se hacían y me dio algo de… curiosidad.
—¿Te tocaste? —le pregunté con mucho cuidado. Ella bajó la cabeza, azorada.
—Si.
Cuando lo dijo, mi mente se encendió con decenas de imágenes de ella metiéndose la mano por debajo de la ropa y masturbándose con tanta fuerza que sentí un cosquilleo en todo mi estómago.
—¡Ya! Deja de mirarme así. ¿Tú te tocas, Andrea?
—Casi a diario.
—¿Cómo lo haces?
Por el evidente sonrojo de su cara, pude ver que incluso a Mariana le estaba excitando nuestra conversación. Hicimos un corto silencio.
—¿Quieres ver?
—Sí.
—De acuerdo.
El corazón me latía tan de prisa que podría ser un zumbido. Tragué saliva y respiré hondo. Lentamente separé mis piernas y metí la mano por debajo del elástico de mis pantalones de pijama. Nada más tocarme, el escalofrío que me recorrió fue tan excitante que di un pequeño brinco. Cerré los ojos un momento y me froté con presión y fuerza. Oí que Mariana se reía.
—Vaya, sí que lo sabes hacer.
—¿Quieres verlo más de cerca? —le pregunté, pero era la lujuria que hablaba. No yo.
—¿Cómo de cerca?
Sin abrir los ojos, puse mis manos en las orillas de mi pantalón y lo deslicé hacia abajo. No traía ropa interior, así que quedé totalmente abierta ante ella. Abrí los ojos y vi que Mariana no me miraba a mí, sino que tenía la vista puesta justo a lo que había entre mis piernas.
—Wow… —susurró.
El calor comenzaba a caldear la habitación, y todo se estaba haciendo más rápido a la vista. Todo se estaba volviendo más relajado mientras le mostraba a Mariana cómo me masturbaba con una velocidad evidentemente placentera, y entonces el primer gemido de auténtico placer surgió de mí.
Ella se rió.
—¿Estas gimiendo de verdad?
—Se siente bien ¿quieres tocar?
—Ay, no.
—¿De verdad? —le pregunté con una coqueta sonrisa. Ella tapó su cara con las manos y luego sonrió y me miró con curiosidad.
—Sólo un poquito.
—Dame tu mano.
La tomé con cuidado y la puse justo por encima de mi vagina. A Mariana se le colorearon las mejillas y su sonrisa desapareció, remplaza por una mirada de concentración, como si en su cabeza estuviera considerando si lo que hacía era lo correcto.
Luego empezó a mover sus dedos y sus ojos iban de mi cara a mi entrepierna, como si quisiera saber qué emociones estaba teniendo. Sonreí y actué un poco mi gemidos.
—Te estás mojando.
—Lo haces bien.
—¿Sigo?
—Si.
De repente un dedo se le deslizó dentro y yo di un salto. Ella sacó la mano.
—¡Perdón!
—No, descuida. Vuelve a hacerlo.
—¿Segura? Pensé que seguía siendo virgen.
—No. Perdí la virginidad con mi ex novia.
—Ah…
Con más calma, agarré su mano y la dirigí de nuevo a mi entrada. La frente de Mariana se perló de sudor y permití que ella se diera gusto, que explorara mi interior con mucho cuidado.
—¿Por qué no te quitas algo de ropa? —le sugerí. En ese momento había decidido dar rienda suelta a mi perversión.
—¿La blusa?
—Sí.
Sin tapujos ni pena se deshizo de su blusa. Nada más mirarle los pechos, firmes y grandecitos, con sus puntitas rosadas, me mojé todavía más. Ella se los tocó con las manos y se pellizcó los pezones.
—¿Te gustan? ¿Sigues diciendo que has visto mejores?
—Son perfectos. Quisiera… probarlos, si se puede, claro.
—Mmm… está bien. Pero sólo un….
Todavía no acababa de hablar cuando yo me incliné al frente como si tuviera un resorte en la espalda. La tomé de las cintura y pegué mi rostro justo al espacio que había entre sus tetas, que olían a jabón y estaban cálidas y tersas. Mariana se rió cuando mi pelo le hizo cosquillas. Le di un beso justo en el canalillo y después, aventurada todavía más, le empecé a recorrer con la lengua, humedeciendo un camino que iba de un seno al otro.
—Uhm…. Nunca… pensé que se sintiera tan bien —me confesó, y aquello me hizo querer hacerle algo más intenso, más excitante. Cuando envolví con mi boca uno de sus pezoncitos rosados y lo mordí, ella soltó el gritito más tierno del mundo. Hice presión con mis labios. Sentí sus manos posándose en mi espalda y tratando de arrancarme la blusa. La dejé hacerlo.
—Quiero… probar.
—¿Qué? —le pregunté con el pecho latiendo de prisa.
—Que… tengo curiosidad. Vamos a hacerlo bien ¿te parece, Andrea?
—¡Sí!
—¡Jé! Es como si lo estuvieras esperando. Pero… lo que hagamos no debe de salir de éste cuarto ¿de acuerdo? Será nuestro secreto.
Quizá, todavía en alguna parte de mi ser, no me acababa de creer lo que estaba sucediendo. Me sentía algo confusa, con ganas de decir que no porque me temía que Mariana sólo me estuviera tomando el pelo.
Yo ya estaba desnuda, y nerviosa. Me eché para atrás y le di espacio para que se quitara los shorts y al verla sin nada encima, supe que las cosas iban a ser reales y que esa tarde de lluvia me uniría a ella de un modo mucho más… profundo y erótico.
—¿Te gusta lo que ves? ¿Sí o no?
—Me parece fabuloso —le dije y me pasé la lengua por los labios.
Nerviosa y con vergüenza evidente, Mariana se inclinó hacia mí, colocó sus manos en mis hombros y con mucho cuidado se puso a horcajadas. Al sentir su vagina contra mi vientre, el calor y la humedad que ya derramaba, me recorrió un escalofrío y pensé que tendría un orgasmo sólo de la excitación por el momento. Pensé que si yo fuera un chico, de seguro sería un eyaculador precoz.
Durante unos segundos Mariana se la pasó mirando cómo sus manos jugaban con mis pechos, cómo los estrujaba, los juntaba y pellizcaba las puntitas con diversión. Tiraba de mis pezones y los soltaba.
—Tienes muchas energías, ¿verdad? —le pregunté.
—Estoy un poco cohibida.
La recorrí completa, desde su cabello suelto, sus pechos, su vientre y su entrepierna. Acaricié sus muslos y rasgué con mis uñas su piel. Ella se rió, azorada y después se inclinó hacia el frente. Recibí su primer beso con los labios abiertos, y para mi sorpresa no fue nada tímido, sino salvaje, propio de aquella que ha descubierto algo nuevo y quiere hacerlo bien. Su lengua y la mía se unieron en una batalla campal. La humedad de su boca, el rose de nuestros dientes y las caricias que le hacía a mis hombros me estaban encendiendo, si es que podía más.
Jadeé. Moví una mano lentamente buscando el espacio entre su vagina y mi vientre. Acto seguido, encontré ese pequeño espacio y hundí un dedo en su interior. Como Mariana era virgen, la intromisión le causó dolor y se separó de mi boca.
—¿Te lastimé?
—Sí… hazlo despacio —rogó con una vocecita tierna y volvió a mis labios.
La seguí besando con más delicadeza y opté por no desvirgarla con mis dedos, sino que con mi pulgar busqué su clítoris y desde ahí comencé a frotarlo con nueva intensidad. De los labios de Mariana salió un “uuuuy” muy sexy.
—Sigue…
—Claro.
La besé con pasión, olvidándome del cariño y las delicadezas. Ella bajó por mi cuello hasta mis tetas, que no dudó un instante en metérselas a mi boca, en succionar mis pezones como si fuera una bebé. Los recorría con la lengua y les daba mordiscos que, aunque me dolían, me gustaban y la dejé ser, que se diera gusto conmigo. Yo quería, en ese momento, convertirme en su objeto para que ella probara todas las delicias del sexo.
—Móntate en mí.
—¿Cómo? —me preguntó. Sus labios estaban húmedos con la saliva de nuestros besos y brillaban como si tuviera labial.
—Que te sientes en mi cara.
—Este… ¿eso se puede hacer?
—¡Jajaja! Hazlo, no seas penosa.
—Bueno… está bien —rió al final.
Con cuidado se movió. Casi se cae de la cama cuando se levantó. Se agarró de la cabecera de la cama.
—¿Segura?
—Hazlo, vamos. Que no te dé pena.
—Bueno.
Se sentó con mucho cuidado. Yo la sostuve de las nalgas para cuidar su caída. La detuve cuando su vagina estuvo al alcance de mi boca, y entonces, comencé a brindarle mi máximo esfuerzo, con el sexo oral más perfecto que jamás hubiese hecho. Ojalá yo le pusiera a la escuela tanto empeño como se lo ponía a lamerle los labios inferiores, que manaban una película tan dulce que se me abrió el apetito.
Sonreí para mis adentros porque Mariana tenía pequeñas convulsiones y su cuerpo se estremecía, sobre todo cuando intentaba meter la punta de mi lengua hasta el último rincón de ella. Soltaba breves risas mezcladas con jadeos. Yo deslicé una mano hacia mis pechos y me dediqué a torturar mis puntas, aplastándolas, pellizcándolas tan deliciosamente que me producían un placer inimaginable.
—Cambiemos… por favor, Andrea.
—¿Qué quieres hacer?
Sólo se dio media vuelta. Yo calculé sus intenciones y me sentí incluso más excitada que antes. Separé las piernas un poco para darle espacio a su cabeza, que se estaba acomodando justo entre ellas y colocaba sus manos en mis muslos. De repente supe que el 69 iba a ser mi número favorito. Cerré los ojos y respiré despacio, porque cuando, avergonzada y temerosa, Mariana recogió con sus labios aquella fina capa de jugos que yo, en mi grata excitación, estaba manando desde mi interior.
Al inicio la noté muy poco segura de lo que estaba haciendo porque sus lamidas eran un tanto torpes, y más bien se dedicaba a tocar mi clítoris con la punta de su lengua. Decidí darle un pequeño empujo, terminar de encender la lujuria que le quedaba, y fue entonces que me tomé la libertad de separar sus labios con mis dedos y cubrir su coño con toda mi boca.
Mariana soltó un repentino gemido y no pudo continuar pegada a mí, sino que se dedicaba a jadear, a estremecer su cuerpo y a suplicar que no me detuviera. Yo no lo iba a hacer. Pensaba quedarme allí durante un buen rato, unida a ella y bebiendo de los jugos que fluían de ella, de mi adorada nadadora.
Hasta que al fin, llevada por el mórbido deseo del placer, Mariana se aventuró a hundir sus dedos dentro de mí. Al inicio los movió con miedo por temor a lastimarme, pero luego aceleró todos sus movimientos, y yo podía sentirlos entrando y saliendo. Tenía las falanjes en forma de gancho, y provocaba graves estragos en mí mientras su lengua presionaba mi clítoris y masticaba todo lo que tenía a su alrededor.
En aquél instante las cosas se volvieron turbias, demasiado rápidas y supe, por los latidos de mi pecho y por la forma en la que mi cuerpo se estremecía, que estaba siendo yo víctima de un orgasmo. Apreté las piernas y prensé la cabeza de Mariana entre mis muslos. Me corrí con su boca pegada a mi vagina, con sus dientes mordiendo mi punto G, y ella se quedó allí incluso después de que la oleada de placer llegó a su máximo esplendor.
—¿Te gustó? —me preguntó la muy tonta, mirándome y limpiándose la boca. Su pecho sudaba y me pareció tan sexy, que lo más que pude hacer fue tomarla de las manos y atraerla hacia mí.
—Me encantó.
—Lo vi en el vídeo.
—Te has estado educando bien —bromeé y le di un beso en los labios. Luego otro. Ella me acarició las mejillas con sumo cariño, juntando su lengua y la mía con un beso campal, y permanecimos así durante un rato.
Yo le estaba acariciando la espalda, cuya piel estaba cálida como la lana, y suave como la seda. Entre mis piernas sentía mucho calor y las ganas de querer continuar con ella, de querer seguir follándola con tanta fuerza hasta arrancarle suspiros de placer.
—¿Qué quieres que te haga ahora? —le pregunté, acariciándole la cabeza.
Ella negó con la cabeza.
—Sólo quiero quedarme a tu lado y repetir esto otras veces.
—¿Quieres ser mi novia, entonces?
Asintió.
—No tu novia. Bueno, quizá sí, pero no ahora. Sólo quiero… seguir experimentando. Me dio curiosidad.
No supe si ofenderme o no. Yo de verdad quería algo serio. Sin embargo, cuando ella se incorporó quedando montada sobre mí, se veía tan hermosa con su cabello húmedo de sudor pegándose a sus mejillas, su cara ruborizada y sus pechos con las marcas de mis dientes, supe que aunque no fuera mi novia, podría ser feliz disfrutando de apasionadas tardes follando con ella, mi pequeña curiosa que quería adentrarse en el mundo del sexo entre chicas.
Me apresuré entonces a ponerme de rodillas. Ella se colocó detrás de mí… y lo que pasó después… bueno, creo que ya no tengo que contarlo ¿oh sí?

FIN.

***
Aw, tan lindas jaja. Entre curiosas nos entendemos,
un saludo! Smile
Yurita
Mensajes : 32

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Mensaje por Yurita el Dom Dic 11, 2016 7:05 pm
Rompiendo la ley. Sexo al anochecer


Era una noche peligrosa; de esas en las que los niños buenos deberían de estar en la cama, abrazando sus ositos de felpa y dejando que los adultos se encargaran de los chicos malos que abarrotaban la ciudad de Nueva York.
A eso me dedicaba yo: a darle caza a todos esos malnacidos que actuaban fuera de la ley y se paseaban a sus anchas cuando la noche se nos venía encima, y ocultaba entre sus sombras a los despojos de la sociedad, como los maleantes, los ladrones y los violadores. Alguien tenía que detenerlos o de lo contrario la paz de los pobres citadinos se vería interrumpida, y precisamente para eso estaba yo, para castigar y atrapar a los criminales más escurridizos que, como murciélagos, iban y venían sin importarles el mal que pudiesen causar.
Los últimos meses, particularmente, una sabandija se nos había estado escapando. Yo, como la detective con el mejor rango de capturas, había sido encomendada a la tarea de atrapar al ladrón de joyas más escurridizo y poco predecible que había asolado la ciudad desde los años veinte, y para serles honesta, se me había escapado tantas veces que todo éste asunto ya no era por trabajo, sino más bien algo personal.
—No tienes que ir tan rápido, detective —dijo Mike, mi pobre asistente al que yo siempre traía de un lado para otro —. Estoy seguro de que no se nos va a escapar.
—Ponte el cinturón —fue lo único que le dije antes de frenar y girar el volante para meterme en un estrecho callejón, a un costado de la avenida.
El coche iba a toda velocidad, con el motor rugiendo y los costados de la carrocería raspándose con los botes de basura y las cajas afiladas. Como era de noche, la ciudad estaba algo vacía y la afluencia vehicular me permitía realizar temerarias maniobras y giros espectaculares. Sentía la adrenalina a flor de piel y el pecho me latía de excitación.
—¡Cuidado!
—Ese maldito no se me va a escapar —farfullé —. Estoy segura de que le vi entrar por aquí.
—Creo que le perdiste.
—¡Nada de eso! —me detuve cuando salí a otra avenida. Miré a los costados esperando ver algún indicio de la motocicleta del ladrón de joyas. No tuve que esperar mucho, porque de repente salió veloz por el otro callejón, a la izquierda —¡Perfecto! ¡Te tengo!
Giré el volante y aceleré por la acera, esquivando sólo a algunos taxis que venían en sentido contrario hacia mí. Las luces de mi patrulla iluminaban la espalda del motociclista, y vi que de su casco aleteaba una cabellera negra y larga. Así que el ladrón se trataba de una mujer ¿eh?
Entró directamente en una zona de edificios abandonados. Mi coche ya no pudo continuar. Me estacioné junto a su moto y bajé rápidamente para darle alcance a la maldita. Le pedí a mi asistente que recorriera con el coche los alrededores de la manzana para tener vigiladas todas las salidas.
—Tenga cuidado, detective.
—Lo tendré. No te preocupes.
Desenfundé la pistola cuando entré al edificio, que estaba oscuro y viciado con el hedor del moho y el abandono. Algunas de las ventanas del recibidor estaban rotas. Las luces que milagrosamente destellaban colgaban del techo como almas en penas y conducían hasta una escalera. Subí por ellas. La madera crujía debajo de mis botas. Llegué hasta un corredor. Había tres puertas a cada uno de los costados. Inspeccioné una por una con mucho cuidado y concentré mis sentidos en detectar a mi presa, pero no logré detectar nada.
Entonces me giré, preguntándome si acaso había perdido a la maldita ladrona. Fue en ese momento que una sombra me embistió. Solté el arma. La fuerza del impacto envió nuestros cuerpos adentro de uno de los departamentos que acababa de inspeccionar. Rodamos por el suelo polvoriento. La espalda me crujió.
—¡Ah! ¡Carajo!
La tenía sobre mí. Llevaba el rostro cubierto por un pasamontañas. No pesaba mucho, pero me tenía bien sujeta, a horcajadas y me presionaba los brazos fuertemente.
—¡Suéltame!
—Debes de ser realmente estúpida como para pedirle eso a un ladrón.
Iba a responderle cuando mi mente hizo clic y reconoció esa voz. Dejé de forcejear y miré a mi atacante, incrédula.
—Natsuki…
Se quitó la máscara. A penas había luz que se filtraba por la ventana, y le dio en el rostro. No cabía duda de que era ella. La misma piel blanca, los labios delgados, el rostro de porcelana y los ojos rasgados.
—Parece que has prosperado, detective.
—¿Tú eres la ladrona de joyas?
—En efecto, mi pequeña aventurera. Y te agradecería que dejaras de perseguirme.
—Pero ¿por qué? Tú no tienes necesidad de robar.
—La vida le puede jugar duras pasadas a la gente, Mayra.
— ¡Ya! ¡Déjame ir!
Con un gruñido, Natsuki me liberó. Yo no me había puesto totalmente en pie cuando ella sacó una pistola y me apuntó con ella.
—¿Qué haces? Baja eso.
—Creo que todavía no comprendes en qué posición estamos, Mayra. Tú eres policía, yo una criminal. Así que tienes que darme las gracias de que nuestro pasado te mantenga con vida sólo por ahora.
—No empieces, no estoy para juegos. Dame el arma y el botín. Te puedes marchar si quieres. No te meteré a la prisión estatal.
—Es imposible que te dé las joyas. Las necesito con urgencia, es una cuestión… de vida o muerte.
—Si estás en peligro, sólo dímelo y lo resolveremos.
Natsuki apartó la mirada, que pese a la oscuridad, me pareció triste. La endureció casi de inmediato.
—Será difícil que lo entiendas, y no estoy para juegos. Mejor vete tú.
Fruncí las cejas. Ya me estaba hartando. Con un rápido movimiento le quité el arma. Natsuki retrocedió, asustada, y con las manos levantadas.
—Oye, oye. Tú ganas, de acuerdo.
—Mira, Natsuki. Fuimos amantes cuando estábamos en la preparatoria. Todavía te tengo mucho cariño, así que por eso mismo te daré una última oportunidad de que me entregues lo robado y te vayas.
—Estás cometiendo un error.
—Uno…
No había ni llegado al dos cuando escuchamos que alguien irrumpía en el edificio. Pensé que podrían ser los refuerzos, pero el instinto me dijo que no. Le ordené a Natsuki que se quedara en su sitio y yo bajé a investigar. Efectivamente no eran policías, sino personas armadas con rifles. Volví sobre mis pasos. Natsuki ya estaba saliendo por la ventana.
—¡Espera!
—Vienen por mí. Tenemos que marcharnos. ¡Vamos, Mayra!
Gruñí para mis adentros. No podía hacer mucho con la pistola que yo tenía, así que la seguí. Por un momento olvidé que ella era mi enemiga. No le di importancia. Bajamos por las escaleras de emergencia y corrimos por el estrecho callejón. En ese instante los sujetos gritaron.
—¡Atrápenlas!
—¡Carajo! ¡Corre, Mayra!
Me tomó de la mano y me llevó hasta su motocicleta. Me apresuré a subir a la parte trasera y la abracé por la cintura. Ella arrancó el motor y la máquina se lanzó rugiendo a la calle.
—¡¿Quiénes eran esos sujetos, Natsuki?!
—Personas para las que trabajaba. Me quieren muerta.
—¡Vamos a mi casa! —le sugerí —¡Necesito que me cuentes todo lo sucedido!
Traté de buscar mi teléfono y recordé que lo había dejado en el coche. No tenía forma de comunicarme con Mike, pero cuando estuviera en casa podría hacerlo.
Llegamos a mi departamento después de cruzar el puente y conectar hasta el otro lado de la ciudad. Le dije a Natsuki que podía meter su moto en el garaje y juntas subimos hasta mi piso. Me aseguré de bloquear la entrada y de revisar las ventanas. También saqué una escopeta que guardaba para casos de emergencia y que estaba llenándose de polvo en el armario.
Natsuki se quedó en el centro de la sala, mirando a su alrededor.
—Éste sitio se ve acogedor.
—Ven aquí y cuéntame qué sucedió.
—Lo haré si dejas esa escopeta.
Puse el arma a un lado.
—Bien, te escucho.
Nos sentamos en la cama de mi habitación. Ella resopló de cansancio.
—No es gran cosa. Solo… me he estado quedando con algunas partes del botín que robo para ellos y lo quieren de vuelta. Escapé antes de que me mataran. Necesito unos días para que las cosas se calmen. ¿Crees que me pueda quedar aquí?
—No. Irás a la comisaría y contarás todo al jefe.
—Eso jamás.
—Pues no te puedo ayudar de otra forma. Tú eres una criminal y yo represento la ley. Somos enemigas naturales, Natsuki.
Mi ex amante suspiró. Yo le toqué el brazo, pero antes de poder mostrarle cualquier gesto, ella se tiró sobre mí.
—¡¿Qué haces?!
—No dejaré que me lleves a la comisaría, Mayra. Como tú has dicho eres mi enemiga y no puedo confiar en ti.
Tomó la escopeta y me apuntó con ella.
—¡Quédate allí!
—¡Natsuki, no seas torpe!
Me levanté. Ella no me iba a disparar. Lo sabía. Con reflejos felinos le quité la escopeta.
—Qué veloz eres.
—A la cama.
—¿Qué?
—A la cama —repetí sin dejar de apuntarle.
Ella se recostó.
—¿Qué me harás ahora, detective?
—Mantenerte allí. No te muevas.
Sin dejar de apuntarle, tomé las esposas y aseguré sus muñecas a la cama.
—Oh… esto me recuerda a cuando éramos adolescentes.
—Pues es la única manera de mantenerte quieta, estúpida. No te muevas. Me iré a duchar.
Me llevé conmigo la escopeta y me metí a la ducha. Habían pasado muchas cosas y no estaba segura de qué hace ahora con Natsuki. Sin duda ella estaba en serios problemas y me correspondía hacer algo para ayudarla, aunque fuéramos enemigas naturales.
Pensaba justamente en cómo convencerle de que se entregara a la policía cuando de repente ella entró a mi baño. Yo grité de susto y quise tomar la escopeta, pero ella se me adelantó. Le sacó los tiros y la dejó en el cesto de la ropa sucia.
—¿Qué haces? —le pregunté, cubriéndome los pechos.
Ella sonrió y comenzó a desabotonarse la camisa y los pantalones. Su ropa interior la conformaba una tanga roja y un sujetador con encajes. Sus pechos, voluptuosos, brincaron cuando los liberó de la prenda. Yo me sonrojé. Hacía tiempo que no la veía desnuda.
—Me voy a dar una ducha también. Espero no te moleste, detective.
—Eh… ¿cómo te zafaste de las esposas?
—Una aprende ciertos trucos.
Me di media vuelta. El pecho me latía fuerte y mis instintos de policía me hacían sentir en peligro. Pero se trataba de Natsuki ¿Verdad? Por muy ladrona que fuera… todavía éramos poco más que conocidas.
—Bien… pero rápido.
No la quería mirar por cuestiones de orgullo. Sin embargo di un brinco cuando sus brazos me envolvieron por la espalda y se cerraron justo por debajo de mis pechos, levantándolos.
—¿Qué haces?
—Dándote un abrazo como en los viejos tiempos.
—Ya, Natsuki.
—Vamos, detective. Sabes que lo deseas. Esa pose ruda que tienes siempre me ha excitado.
—Natsuki… te lo advierto.
—¿Advertirme qué cosa?
Me soltó. Pensé que las cosas ya habían terminado, cuando ella me dio una fuerte nalgada en el trasero. Me giré.
—¡¿Qué haces, idiota?!
—Ven aquí, cabrona.
Cerré los ojos. Creí que me pegaría, y ya que yo estaba completamente desnuda y sin arma, con el cuerpo embarrado de jabón, no tenía manera de detenerla. No obstante no me pegó, sino que me abrazó por las caderas y me plantó un beso. Yo intenté retirarla, pero entonces la dejé estar porque me trajo tantos recuerdos que me quedé estática.
—Natsuki… yo no…
—¿No te gustó? ¡Te daré más, detective!
Natsuki siempre había sido ruda en el sexo. Me tomó del brazo y me sacó de baño. Yo di un gritito cuando me tiró a la cama y se montó sobre mí.
—¡Natsuki, para! ¡no quiero hacerlo!
—Oh, esto va a ser tan divertido. Mira como violo la ley, Mayra.
Me ruboricé. Una parte de mí sí que quería. No hice ademán de moverme. ¡Joder! ¿Por qué siempre era yo la sumisa? Dejé que Natsuki se inclinara hacia mi boca y que metiera su pequeña lengua entre mis labios. Su beso era una grosería. Muy húmedo y salvaje. Más bien parecía que me quería comer de manera literal. Poco después fue bajando su intensidad hasta que se volvió más tierna y certera. Mis brazos, moviéndose solos, envolvieron su espalda y la atraje un poco más hacia mí. Separé las piernas para que se acomodara. Una de sus manos bajó entonces por todo mi costado hasta ubicarse justo en la entrada de mi vagina. Yo enmudecí y la miré a los ojos.
—¿Sí, detective?
—Te vas a arrepentir de esto, Natsuki.
—Puede ser —bufó y deslizó un par de dedos dentro de mí.
Jadeé y todo mi cuerpo se estremeció. Al inicio la manera en la que me penetraba me causaba dolor, pero al final, cuando sus dedos jugaban en mi interior, presionando y pellizcando, no pude negarme a que me estaba causando uno de los placeres más deliciosos del mundo.
—Te has dejado de resistir, Mayra.
—¡Cállate, idiota!
Se rió encantadoramente y volvió a besarme. Las ganas de tocarla se hicieron muy fuertes y no me contuve. Coloqué mis manos en sus nalgas, mojadas todavía por el agua de la ducha. Ella gimió y sus besos se hicieron más pesados. Le di unos pellizcos. Se rió y bajó muy despacio hasta mis pechos, deslizando su lengua hasta dejar un camino húmedo.
—Todavía tienes jabón en la piel.
—No me enjuagué muy bien.
—Nunca ha sido problema para mí. Abre las piernas.
Tragué saliva y lo hice muy despacio. Ella se apresuró a separármelas. Se acomodó entre ellas y colocó su boca justo encima de mi vagina. El contacto de su lengua, la manera en la que recogía con ella toda la humedad que manaba de mí hizo que me olvidara completamente de que yo era una oficial y me dejé llevar al máximo, a la cumbre del éxtasis.
Metió un dedo y hurgó dentro. Arqueé la espalda y excitada, me metí uno de mis pezones a la boca. Ese era un gusto que sólo las mujeres con los pechos grandes podíamos hacer. Me mordí a mí misma y succioné con gusto mientras la boca de Natsuki se deleitaba con mis labios inferiores y tiraba de ellos con sus pequeños dientes. Me producía un delicioso dolor.
—¿Te gusta lo que te hago, detective? —preguntó con voz sensual, incorporándose y frotándose los pechos, que eran tan grandes como los míos.
—Sí… me fascina, Natsuki.
Levanté las manos hasta sus tetas y la encerré con mis dedos con fuerza. Sentía sus pezones erectos por la excitación y el agua que todavía los cubría. Su piel me parecía fría en exceso, y muy suave, como la superficie de un lago congelado.
Miré su entrepierna y se me abrió el apetito sexual. Hacía tanto que no me comía una deliciosa mujer como Natsuki. Mis encuentros sexuales se limitaban a unas cuantas chicas que conocía en los clubes, y en todas esas relaciones yo era la dominante, pero con Natsuki pasaba lo contrario.
La ladrona recorrió con sus dedos el contorno de sus tetas y luego se llevó la mano hasta su propia vagina. Sin reparos, hundió un par de dedos dentro de sí. Sus jadeos empezaron casi de inmediato. Mientras yo miraba como se masturbaba y también me tocaba a mí misma.
—Eres una detective muy traviesa Mayra.
—Y tú… estás violando la ley. Irás a la cárcel. Te darán veinte años de prisión.
—Sí, claro. Ah… mmm… Mayra, dame tu mano. Ponla aquí mismo, dentro de mí.
Lo hice. Natsuki se tiró a la cama y abrió sus piernas al máximo. Ahora yo la tenía a mi disposición y no dude un solo instante en encajar los dedos en ella, y cuando gimió a causa de la irrupción, cubrí su boca con la mía para ahogar sus gritos.
Se llevó las manos a las rodillas en un intento por separar más sus muslos. Me quería toda para sí, y yo me entregué, lamiendo con fuerza, mordiendo y jugando con su pequeño clítoris. Nunca había experimentado yo tantos deseos, ni tantas ganas de follar a otra mujer.
Me mantuve allí, puesta en su sexo, recogiendo con mis labios toda la humedad que manaba de ella y mis dedos aumentaban la velocidad de las estocadas. Le quería hacer daño. Un delicioso daño. Su espalda se arqueó cuando al fin el orgasmo le vino y descargó todo ese éxtasis en mi boca.
—¡Eso te pasa por meterte con la ley! —le grité y con fuerza hice que se colocara a gatas, ofreciéndome una visión esplendorosa de su trasero.
—¿Qué me vas a hacer, detective? Por favor, no me arrestes —suplicó, mordiéndose los labios.
Yo me pegué a ella, de tal forma que la penetraba con mis dedos simulando que era un pene, y con la otra mano le daba de fuertes nalgadas, hasta dejar su piel roja e irritada. Los gemidos de Natsuki aumentaron de ritmo y se ladeaba cada vez que una de mis envestidas iba tras ella y le sacaba una segunda oleada de placer.
—¡Mmm! ¡No te detengas, carajo! ¡Hazlo más rápido, detective! ¿Eso es todo lo que tienes? ¿Por qué no me metes esa puta escopeta por el culo?
Me detuve a reír.
—Olvidaba que te gustaba decir guarradas, Natsuki.
—Cierra la boca y continúa. ¿O es que ya te cansaste?
—Nada de eso, cariño.
Me pegué a su vagina, que volvía a manar como una fuente aquella deliciosa miel que tanto me gustaba. La tomé con mis labios y me quedé allí por un rato, brindándole un placer tan estremecedor que Natsuki dejó de decir tonterías y se limitó a ofrecerme su cuerpo. La hice mía otra vez, y me gustó tenerla para mí, saber que era yo quien la estaba haciendo temblar y gritar cada vez que mis manos exploraban un poco más profundo en ella.
Tuvo una segunda corrida, o quizá una tercera. Al final de eso ella cayó rendida a la cama y yo me recosté a su lado. De inmediato cruzó una pierna por encima de la mía y se pegó tanto a mi cuerpo que podía sentir su vagina húmeda todavía. Se llevó dos de sus dedos a su coño y recogió un poco de lo que quedaba, dándomelo a beber. Luego, me besó con tanto cariño que parecía imposible que me acabara de follar a una ladrona. Más bien parecíamos un par de jovencitas besándonos tímidamente como las primeras veces.
—Te quiero, Mayra.
—¿Te vas a poner cursi ahora?
—Carajo, que es que nada te complacer. Si soy muy ruda, te molestas.
—¡Jaja! Ay, Natsuki —le recorrí los labios con la puntita de mi lengua. Natsuki rió y tomó una de mis tetas para juntar su puntita con la mía. Nos reímos de nuevo y nos volvimos a besar —Natsuki… haré lo posible para que todo salga bien. Pero quiero… que vivas conmigo ¿sí? Quiero… necesito follar contigo a diario, como lo acabamos de hacer.
Ella arqueó una ceja y sonrió con diversión.
—¿Me quieres sólo para sexo?
—O te quedas conmigo y lo hacemos a diario, o te vas a la cárcel.
—Eres una detective mala, señorita. Muy mala.
—Así es la ley, cariño.
No me respondió, pero se quedó conmigo toda la noche, y durmió a mi lado abrazada como si fuera una niña de primaria durmiendo con su osito de peluche. Yo la besaba de vez en cuando y le acariciaba los brazos. La recorría con la mirada lujuriosa y me sentía un poco rara al dar rienda suelta a toda mi pasión. Pero me gustó, y en un momento me quedé dormida.
A la mañana siguiente cuando me desperté para iniciar el día dándole un poco de sexo oral a Natsuki, me llevé la sorpresa de que ya no estaba conmigo. Sin embargo, tanto las joyas como una notita con su número de teléfono estaban en mi mesa.
“Me divertí mucho, detective. Daré un golpe en el centro comercial, mañana a las diez de la noche. Si me atrapas… puedes hacer conmigo lo que quieras. Te ama, Natsuki”
Me reí. Eso era un reto, y yo estaba dispuesta a poner a esa ladrona bajo arresto.
Yurita
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Mensaje por Yurita el Sáb Dic 17, 2016 11:43 pm
Hola, gracias por el mensajito privado, xD, pero aquí les tengo el tercer shot, disfrútenlo.

Proyecto de clases

Había estado mirando detrás de la ventana durante casi una hora, y hasta el momento, lo más interesante que había visto era a un par de gordos que intentaba echar a andar su viejo coche por la solitaria carretera. Ni siquiera podíamos escuchar música porque la radio estaba fallando y la señorita Briana, mi maestra de ciencias, no quería arriesgarse a encenderla y que todo su auto se fuera al carajo.
—¿Nos falta mucho para llegar? —le pregunté con evidente fastidio. La profesora me miró con sus grandes ojos azules y sonrió.

—Abby, relájate. Todavía eres joven. Tienes mucho por delante ¿sí? Además es culpa tuya y yo ni siquiera debería de estar aquí.
Exhalé con resignación y crucé los brazos.
—Pues no está obligada a acompañarme.
—Le prometí a tu madre que lo haría. Ella es una gran amiga mía y si tengo que ayudarte con tu proyecto de ecología, bien, con gusto lo haré.
—Pero es que no entiendo por qué tenemos que ir tan lejos.
Briana se rió encantadoramente, como si mis rabietas no fueran más que un chiste para ella. La miré de soslayo y torcí el gesto con desagrado y envidia al ver su espectacular figura juvenil, que demostraba seguridad y una belleza veinteañera a la cual yo sólo podía aspirar.

—Reprobaste ecología, niña. Y si no presentas el proyecto a la profesora Ada, ella te va a hacer la vida de cuadritos el próximo año.
Ada. Odiaba ese nombre. Ella era la docente más cabrona de toda la escuela, y nunca se contentaba con nada. También era vieja. Se debía de acercar ya a los cincuenta años y era una amargada por completo. Incluso los profesores se sentían incómodos junto a ella porque siempre andaba criticando cuanta cosa le desfilaba frente a sus ojos grises, y la muy malvada todavía me reprobaba por no entrar a sus aburridas clases.

Por el contrario, la profesora Briana era joven, recién graduada de la escuela y una grandiosa maestra de ciencias que siempre estaba allí cuanto más la necesitábamos. Los alumnos la adoraban y especialmente los chicos, que no dejaban de mirarla con lujuria. Y no es que ella se vistiera provocativa en el salón de clases, sino que simplemente era de esas mujeres cuyo carisma y picardía no podían esconderse ni siquiera debajo de una decente falta y una blusa abotonada. Sus pantorillas eran perfectas, y sus pechos de ensueño tensaban cualquier tela que intentara oprimirlos. Tenía un bonito y refinado cuello blanco, unos labios delgados y un pelo rubio muy bien cuidado y de apariencia húmeda todo el tiempo.

Yo suspiraba por ella, en secreto, por supuesto. Y aunque físicamente me resultaba muy atractiva, nuestras personalidades siempre chocaban porque ella nos trataba usando estrategias de aprendizaje con las que nunca nos habíamos topado. A su modo, ella tampoco estaba contenta con nada y siempre nos decía que podíamos mejorar. Y yo, que adoraba entregar trabajos perfectos, me encontraba chocando una y otra vez.
Ah, y también era la muy amiga de mi mamá, porque las dos eran profesoras, sólo que la mía daba clases en una universidad.
—Creo que comenzará a llover, Abby. Mejor será darnos prisa.
—O podríamos darnos la vuelta y volver a la ciudad —le sugerí con una sonrisa de cachorro. Ella apretó los labios y puso los ojos en blanco.
—Eres una floja, niña. Tienes que prestarle más atención a la escuela.
—Sí, sí. Típica conversación con una profesora. Despiérteme cuando lleguemos ¿sí?
—Oye, esto no es un taxi.

Ignoré sus palabras y cerré los ojos un segundo. La verdad es que quería que las cosas terminara ya y poder volver a casa a leer mi colección de libros de Laura Gallego. El proyecto que tenía que entregar no era algo complicado, ya que sólo necesitaba una investigación sobre algunas formas de anfibios que viven en nuestra localidad. Un trabajo estúpido si me lo preguntas. Y bien podría bajar las imágenes de esos animales desde el internet y pegarlas en un documento de Word, pero mi mamá había insistido en que si iba a hacer las cosas, que las hiciera bien y por eso le había pedido ayuda a Briana para que me llevara hasta el bosque a tomarles fotografías a las ranas y salamandras.
—Ya llegamos. Entre más rápido termines más rápido volveremos.
Briana estacionó su coche en el estacionamiento de una cabaña destinada a los turistas que iban al lago cercano. También había un restaurante y un pequeño motel para pasar la noche en caso de que fuese necesario. Era un parque recreativo más bien.

Nos internamos en el bosque siguiendo la línea recta por un estrecho sendero que conducía hasta un pequeño arrollo donde supuestamente debía de haber algunos anfibios a los qué fotografiar. Por más que busqué con mi cámara, no los pude hallar. Tampoco Briana tuvo mejor suerte que yo.
—Mmm… que raro —dijo con desaire —. Pensé que aquí encontraríamos algunos animalitos.
—¿Ve? Esto fue tonto, maestra. Vámonos a casa.
—No, no. Vamos a internarnos más en el bosque. Descuida, tengo una brújula y un GPS.
Suspiré con resignación y la seguí. Para mi sorpresa la profesora me tomó de la mano y me llevó con cuidado. Yo la seguía y no dejaba de mirar su bello pelo rubio, y también los tirantes de su sujetador que se le marcaban por debajo de la blusa. Llevaba unos jeans estrechos y a la cadera, que sólo ayudaban a que su trasero se viera mucho mejor de lo que ya estaba.

—¡Mira! Una salamandra. Te dije que aquí las encontraríamos. Toma la foto para que podamos volver.
Saqué unas cuantas imágenes de aquel bicho raro. Luego la profesora me indicó que había visto una rana saltar por sobre el agua. Yo la busqué con la lente y cuando la vi, el muy condenado animal ese saltó hacia mí para atacarme. Grité y me fui de espaldas contra mi maestra. Las dos caímos con el trasero dentro del suave arrollo.
—¡Ahg! ¿estás bien, Abby? ¿te lastimaste?
—No. Sólo me asusté.
Me incorporé y le tendí una mano a Briana.
—Andando, maestra. Ya nada puede ser peor.

Y sí lo fue, porque nada más decirlo un monzón empezó a caer sobre nosotras. Tuvimos que andar con cuidado, tomadas de la mano, de regreso a la cabaña. Nos quisimos meter al coche pero Briana se dio cuenta de que no tenía las llaves.
—¡Debieron salirse de mi bolsa cuando nos caímos al arrollo!
—¡La lluvia no se detiene!
—¡Ven! ¡Vamos por aquí!
Corrimos hasta el motel y nos refugiamos debajo de su techo. Allí no habían muchas personas, sólo unas cuantas parejas de enamorados que venían a pasar la tarde con la vista en la naturaleza.

La maestra Briana tenía mala cara y temblaba de frío. Sus mechones se le pegaban a los costados del rostro. Su blusa, blanca por cierto, se había vuelto transparente y dejaba ver su coqueto sujetador negro con los bordes de encaje. A mí también se me veía el bra, pero dado que mis pechos todavía no estaban en su máximo esplendor, difícilmente podría resultar atractiva para alguien.
La lluvia se prolongó durante un rato más, hasta que el atardecer se hizo presente y las nubes de tormenta contribuyeron a que todo se volviera más oscuro. Ya era imposible ir a buscar las llaves, si es que no habían sido arrastradas por el lodo.

—Tengo unas de repuesto en la casa. Le diré a mi amiga que me las traiga y podremos irnos.
—¿Vendrá con ésta lluvia?
—Lo dudo. O también podríamos hablarle a tu mamá.
—Mala idea. Ella tomó un avión ¿recuerda? Tiene un curso de capacitación.
—Ah, mierda. Entonces estamos atrapadas aquí y yo me estoy muriendo de frío.
Torcí el gesto y entonces se me ocurrió una idea.

—¿Por qué no pedimos una habitación? Podríamos pasar la noche.
—Pues… no es una mala idea —aceptó Briana rascándose la cabeza —. No podemos ir a ningún lugar. Vamos. Veamos si queda alguna disponible.
No fue difícil rentar un cuarto. Quedaba sólo uno y nos metimos allí en seguida. Incluso tenía calefacción, por lo que no pasaríamos frío a la hora de dormir. Briana me pidió que me bañara primero para quitarme todo el lodo y el agua de la lluvia, y así lo hice, pero nerviosa por saber que al otro lado de la puerta estaba ella, la profesora más guapa que jamás había conocido. Tragué saliva con el sólo imaginármela a ella aquí adentro, bañándose conmigo y frotándonos la una a la otra con el jabón. ¡Ay, maldición! ¡Todas esas historias de lesbianas que había leído en internet de verdad que me estaban perturbando!

Por desgracia no tenía ropa que ponerme. Nadie nos avisó de la lluvia. Tanto mi blusa como mis pantalones estaban empapados y enlodados. No tendría sentido volver a ponérmelos, así que me envolví la cintura con una toalla y me até otra alrededor de los pechos. No es que tuviera mucho que mostrar, ya que más bien yo era de complexión delgada.

Cuando Briana me vio, se echó a reír.
—¿Qué haces vestida así?
—Pues… no tengo más que ponerme y no voy a andar en ropa interior frente a usted.
—Pero sólo hay dos toallas. Me tienes que dar una.
—Bueno… —me quedé pálida. ¿Qué demonios iba a hacer? ¿Taparme con las cortinas?
—Puedo ir a pedir más toallas a la recepción. No me tardo.
Genial. Problema resuelto.
—El viejo ese dice que ya no tiene, aunque no le creo —replicó molesta en cuanto regresó.
Miré a la profesora sin que ella lo supiera. Se estaba abriendo los botones de la blusa. Se giró hacia mí. Aparté la vista.
—Dame la toalla, Abby. En serio.
—Bien, bien. Ya qué.

—Oh, vamos. Somos mujeres. No tienes nada que yo no tenga.
—¿En serio? —pregunté señalándole las tetas. Ella se ruborizó.
—Bu… bueno, es lo mismo.
Con pena, y una curiosa excitación, me quité la toalla que me envolvía el torso y se la di. Ella no hizo ninguna seña cuando me vio sólo con el sujetador, y se fue feliz a darse su ducha.
Yo me recosté en la cama y me tapé con la sábana. Me iba a quedar así toda la noche y no habría problema alguno. Miré por la ventana y me molesté con la estúpida señora Ada por haberme metido en éste embrollo. Si la muy condenada no me aceptaba el proyecto yo iba a…
—¡Uf! Me siento mejor.

Los ojos se me abrieron como platos al ver a Briana salir de la ducha. La profesora iba envuelta solamente con la toalla alrededor de todo el cuerpo, y lucía incluso mejor que con su otra ropa. No veía los tirantes de su sostén, lo cual sin duda quería decir que debajo de todo eso estaba completamente desnuda.

—Este…
—¿Qué te pasa, Abby?
—No, nada. Se ve muy bien.
Esbozó una sonrisa coqueta y se sentó en la cama.
—Ay, Abby. Perdón. Si no hubiese perdido la llave…
—No, descuide. No fue culpa suya. Yo la tiré al piso en primer lugar.
—Bueno, ya no importa quien tiene la culpa. Vamos a descansar un poco. Hazme espacio.
Tragué saliva y me hice a un lado. Ella se recostó y se quedó quieta, mirando al techo.
—Entonces… —comenzó a decir —¿te gustan las chicas?
—¡¿Qué dice?! —exclamé, azorada y con la cara a punto de reventar de la vergüenza.

—Pues me lo dijo Ale, la chismosa del salón.
—¡Esa hija de puta!
—¡Jaja! ¿qué onda contigo? —se giró para mirarme. Tenía las manos debajo de su rostro ovalado y sonreía con cierta picardía —¿Es cierto? ¿te gustan?
—Cla… claro que no. No soy ninguna rarita ni nada por el estilo.
—Bueno… tampoco estaría mal. No te juzgaría en lo absoluto. Por la edad en la que te encuentras estarás pasando por cambios muy repentinos y tendrás curiosidad. Lo sé por experiencia.
—¿Experiencia?
—Ajá —-rió suavemente —. Lo siento. No debí decirte eso. Olvido que soy tu profesora aunque no estemos en el salón.
—Cierto. Mejor nos quedamos calladas.
—Vale.
Pero yo no pude estar mucho tiempo así. Que Briana supiera mi secreto… me gustaba. Y el que ella también hubiese experimentado a mi edad, también me produjo cierto cosquilleo en el pecho. Tosí un poco para llamar su atención.

—Y usted… sigue siendo lesbiana ¿verdad?
Giró la cabeza hacia mí. Pensé que la pregunta le ofendió.
—No. Sólo probé algunas veces. ¿Tú has besado a una chica?
—Pues… no. Jamás.
—Uhm… ¡Je! Lástima que eres mi alumna. Podría darte un besito de pico para que…
—Genial —se me salió sin querer. El corazón me daba vueltas como loco. Las mejillas blancas de la profesora se tiñeron de rosado —. Es decir… genial, la lluvia está pasando.
—Mmm ¿Abby? ¿Te soy atractiva?
—¿Qué? Ay, por favor. ¿Cómo cree? Es mi maestra. Es una adulta y yo todavía una adolescente.
—Entonces soy fea.
—No dije eso… —me tapé la cara con la sábana. Me moría de vergüenza. Di un brinco cuando sentí que ella me ponía una mano en el vientre. La miré.
—¿Entonces te parezco atractiva?
—Pues… —tomé aire para calmarme —. Mucho.
Ella se rió encantadoramente y me dio un pellizco en la nariz.
—Gracias. Lo tomaré como un cumplido.
—¿Y yo?
—¿Tú, qué?
—¿Le resulto atractiva?
—Uhm… sí. Eres muy bonita.
Le sonreí también, aunque más apenada.
—Gracias… también lo tomaré como un cumplido.
El resto de la noche ella se la pasó contándome cómo había sido su educación en la escuela para maestros y lo mucho con lo que había soñado estar frente a un grupo dando clases de química y haciendo sus experimentos. Le dije que a nosotros los jóvenes la ciencia no nos importaba mucho, y que más bien se nos hacía complicado por todo el trabajo que eso conllevaba. Briana no bajó la guardia y mencionó que, a pesar de que nuestros intereses eran diferentes, en el futuro sin duda estos cambiarían y tendríamos qué acordarnos de ella.

Más tarde la tormenta regresó, y la luz iba y venía. Yo no podía dormir en lo absoluto, sin embargo Briana estaba sumida en un sueño profundo. Eso me dio oportunidad de mirarla con más detalle, de acercarme a su cuello y aspirar el aroma del jabón que se desprendía de su piel. Cerré los ojos un segundo y luego dirigí la vista a sus pequeños labios. Imaginé cómo sería besarlos y morderlos. ¡Joder! Me estaba excitando por el simple hecho de tenerla junto a mí.
En un momento desafortunado ella abrió los ojos y me vio. La cara se me puso de colores y me alejé, fingiendo que me había dormido.

—¿Abby?
—¿Sí?
—¿Estabas a punto de besarme?
—Claro que no.
Le di la espalda, sintiéndome muy angustiada por lo que ocurría. Di un brinco cuando sentí que se me pegaba y me rodeaba con su brazo.
—Oye ¿quieres un beso?
—¿Perdón? Soy su alumna.
—Pero ¿quieres un beso?
El cuerpo me tembló y respiré profundamente. Si iba a pasar, que pasara ¿no? Ya no lo podía soportar. Me giré hacia ella.
—Sí. Está bien.
—De acuerdo. Pero nada debe salir de éste cuarto ¿entendido?
—Lo tendré en mente.

Tragué saliva y cerré los ojos. Las manos de la profesora me acariciaron suavemente las mejillas. Sentí como sus suave boca se pegaba a la mía y se quedaba ahí, posada como una mariposa, para después moverla con cierta incitación a que yo le correspondiera. Pasando la impresión inicial, lo empecé a hacer. Cuando la punta de su lengua rosó la mía, mi espalda se estremeció llena de descargas eléctricas y el cosquilleo que sentía entre las piernas aumentó.
La envolví con un brazo y la atraje hacia mí. La profesora se separó con una sonrisa en la cara.
—¿Te gustó?
—Quiero otro —le pedí.
—Podrían despedirme por esto, Abby.
—Sí… lo lamento.
—Pero… si juras no decirle nada a nadie…
—Lo juro.
—Entonces, bien. Súbete en mí.

Me quité la toalla alrededor del cuerpo y me puse a horcajadas sobre ella. Me incliné al frente para recibir otro de sus besos. Las manos de Briana me tocaron las caderas y luego por mi espalda hasta llegar al broche del sujetador. Apreté los párpados y me obligué a permanecer pegada a su boca mientras el broche de mi sujetador hacía clic y caía al colchón. Me incorporé y me cubrí los pechos con las manos. Briana tenía una media sonrisa divertida.
—Déjame verlos.
—No.
—¿Te muestro los míos?
Asentí imperceptiblemente. Una parte de mí todavía se quería detener.
Briana se desanudó la toalla y me mostró sus magníficos senos, los mismos que todos los chicos de mi salón morían por ver. A mí se me abrieron los ojos de par en par. No tenía muchas palabras para describirlos, porque estaba encantada con ellos, con su tamaño y sus puntitas rosadas.
—Ahora te toca a ti.

Correcto. Al diablo el pudor. Me descubrí los pechos. La profesora se pasó la lengua por los labios y luego me atrajo hacia sí para besarme. Sentí cómo sus pezones se endurecían por la excitación, y de paso los míos también. Me arañaba la espalda con delicadeza, provocando que me humedeciera cada vez más. Su mano bajó desde mi hombro por mi estómago, y fue más allá, hundiéndola debajo de mi ropa interior. Era la primera vez que una mano que no fuera la mía tocaba la entrada de mi vagina, y ese leve roce me hizo temblar.
Mi profesora se rió, coqueta, y me miró a los ojos mientras su dedo travieso jugaba con mi pequeño clítoris, que se despertaba feliz ante las caricias de una mano ajena. Las cosquillas aumentaban con cada movimiento de sus dedos, y podía sentir cómo tentaba la entrada y amenazaba con deslizar un dedo dentro de mí. Me arrancó un pequeño dolor cuando comenzó a mover sus manos más rápido, y el primer gemido de auténtico placer brotó de mis labios.
—¿Quieres que siga?
—No se detenga.
Sacó su mano de mi entrepierna e hizo que probara sus dedos, mojados con mi propia humedad. Aquella era una sensación extraña, fuera de lo común y que como un elixir hizo que se apoderara de mí toda la lujuria que llevaba conteniendo desde que vi a Briana por primera vez.

Me lancé a sus labios de nuevo, como una máquina que ha sido encendida y que ansía probar de todo. La besé con tal pasión, con tal locura que casi era una grosería. Seguí por su cuello, marcando un camino de saliva con mi lengua. La profesora me envolvió con sus piernas mientras empujaba mi cabeza hacia sus pechos. Una vez allí, no dudé un segundo en tocarlos, en juntarlos hasta apretarlos y producirle a ella un jadeo de excitación.

Tal y como había leído en los relatos de internet, me llevé uno de sus rosados pezones a la boca y jugué con él con mi lengua. Me tenía que contener para no arrancárselo, porque no podía negar que me gustaba cómo se sentía tenerlo sólo para mí. Deslicé mi lengua alrededor de su estrecho canalillo y le di la misma atención al otro. Era un acto sumamente revelador, demasiado caliente como para permitir que las cosas se enfriaran.
Sin embargo quería hacer algo más. Olvidé sus pechos y bajé por su vientre.

Cuando estuve frente a frente con su vagina, una especie de instinto me hizo apoderarme de ella, y cubriéndola con mi boca, bebí de los dulces jugos que manaban de ella. Su sabor, al principio, me pareció desconcertante. La profesora dejó ir un gemido tan rico que me produjo un orgasmo sonoro, y me entregué por completo a mi labor, hurgando con mi lengua el interior de su pequeño y estrecho coño. Le besé la parte interna de las piernas y pronto vi su delicado clítoris asomándose por entre sus rosados pliegues de piel.
—Oh… Abby ¿por qué te detienes?
—¿Sigo? —le pregunté mientras tentaba el meterle dos dedos.
—No pares. Haz lo que quieras —rogó como una pequeña cachorrita.

Era increíble tenerla a mi disposición, así que me dejé llevar por ese momento y me apresuré a hundir en su interior mis dedos, a explorar la calidez que se desprendía de su cuerpo. Mis dedos se empapaban de ella y yo continué embistiéndola cada vez con más intensidad, buscando hacerla terminar ya. Quería escucharla gemir todavía más fuerte.
—¿Abby? ¿Has visto… lo que son unas tijeras?
—¿Perdón?
—Ah, déjame enseñarte.
Me indicó cómo debía de ponerme. Me quité lo último de mi ropa interior y velozmente entrelazamos nuestras piernas hasta que nuestras vaginas quedaron juntas. El roce de nuestros clítoris cuando empezamos a movernos arrancó jadeos en las dos, voces susurrantes que se mezclaban con el frío aliento que salía de nuestros labios. Yo movía mis caderas en círculo y ella también, pero en sentido inverso, y cada vez con más rapidez hasta que el dolor obsceno nos embriagó y sentimos cómo nos humedecíamos mucho más.

Nos detuvimos un segundo a pensar en lo que acababa de suceder. Yo la miraba justo a los pechos, que se bamboleaban sutilmente. Ella también me miraba, y rió.
—Estamos en problemas ¿verdad, alumna?
—Pero ha sido la mejor clase de mi vida.
Sonrió como una quinceañera y se puso a cuatro patas, ofreciéndome entonces la visión más fascinante que había visto en mi joven vida.
Ahora comprendía por qué vulgarmente los chicos decían que nosotras teníamos una empanada entre las piernas. Me reí de lo divertido y absurdo que sonaba, pero que parecía ser real porque los labios de la profesora se estrechaban tanto que lucía simplemente esplendorosa. Me incliné sobre ella, acomodándome de tal forma que podía darle besos en la nuca y al mismo tiempo hundir mis dedos en su estrecha abertura.
—Pon tus dedos en forma de gancho y muévelos.
—¿Así?
—Sí… más profundo.
—¿Así?
—Un poco más profundo. Tu mano es muy pequeña.
Respiré profundamente y hundí un poco más mi mano. Mi profesora gritó.
—¿La lastimé?
—Así está bien. Ahora sólo mueve con fuerza.
—¿Le gusta hard, cierto?
—Ya lo sabrás.

La castigué, por muy vulgar que eso sonara. Apreté los dedos y moví mis mano por todo su interior hasta provocarle unos cuantos gritos que fueron subiendo de tono. Me reí al mismo tiempo que le pasaba la lengua por el lóbulo de la oreja. Saqué mis dedos de su vagina, y estaban tan humedecidos por sus mieles que se los di a probar. Ella se metió mis dedos a la boca y deslizó su lengua de una forma tan excitante que por un momento deseé ser un chico y volverme víctima de esa traviesa boca.

Me fui a su trasero, y allí clavé mi boca con más intensidad, abriendo sus nalgas un poco y separando sus labios con mis dedos. Su vagina era deliciosa, hermosa con los pliegues rosados y una humedad que brillaba y se mezclaba con mi saliva.
Cuando su orgasmo la invadió, descargó aquél placer con mis labios pegados a su entrada, y noté cómo todo mi cuerpo compartía su ola de satisfacción. Me separé y le di una fuerte nalgada que le provocó una traviesa risa.
—Sigue. Dame más nalgadas.
—¿Le gustan?
—Hazlo.

Me levanté y fui hasta mis pantalones. Les quité el cinturón que tenía. Cuando la profesora vio lo que tenía pensado hacerle, sonrió y cerró los ojos. Ella tenía la cara totalmente roja, y cuando le di el primer golpe con el cuerpo de la faja, jadeó. La volví a golpear, una y otra vez hasta que su culo se fue enrojeciendo. No obstante ella pidió que continuara, y mientras yo lo hacía, pegando sus nalgas de manera alternada, ella se metía dos de sus dedos en su pequeña vagina y jugaba consigo misma.
—¡Mas fuerte!
—¿Segura?
—Hazlo, Abby, o te repruebo.

Me reí por la amenaza y la volví a pegar con tal fuerza que ella gritó de dolor. Arrojé el cinturón. Ya era suficiente. Le di la media vuelta y me acomodé entre sus piernas. Ella me envolvió con sus muslos y permitió que mi inexperta boca le besara con tal fuerza que bien podría arrancarle el alma. Ambas nos estimulamos con los dedos, cada vez con más fuerza, más intensidad y más locura hasta que caímos ante otro orgasmo que nos hizo jadear de lo más rico.
Yo acabé, exhausta y con el pecho latiendo con tanta fuerza que me estaba doliendo el corazón. Me acomodé entre sus brazos. Ella me besó por un rato más.
—¿Te gustó?
—Fue… hermoso.

—Entonces la próxima lo volveremos a hacer ¿vale?
—Sí, claro. Tal vez necesite de lecciones extra.
Sonrió y me acurruqué contra ella. Miramos la lluvia que caía al otro lado de la ventana, y permanecimos así hasta que las dos nos dormimos. FIN

En honor a Luci, mi joven maestra practicante de la secundaria xD, qué lástima que ya se fue jaja, un saludo, gracias por leer.
Yurita
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