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Las hadas del bosque cap 12 actualizado 14 de enero

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Mensaje por Yurita el Sáb Nov 26, 2016 2:44 pm
Hola! bueno, por recomendación de una amiga, me gustaría colocar este relato por aquí, advierto que tiene algunas partes de +18 porque nació siendo un oneshot lemon, pero he querido que se vuelva una historia original así que he cambiado algunas partes. Por todo, disfruten y qué lindo forito, no lo conocía para nada x.x


Última edición por Yurita el Sáb Ene 14, 2017 4:31 pm, editado 6 veces
Yurita
Mensajes : 23

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Mensaje por Yurita el Sáb Nov 26, 2016 2:45 pm
Desde hacía años que quería volver a mi hogar, caminar de nuevo entre los antiguos jardines traseros de la mansión de mi abuelo, oler el aroma dulce de néctar de las flores que crecían a los costados del sendero que conducía hasta el interior del bosque, allí donde se perdía el tiempo y la frescura de la vegetación solía invadirme y apartarme del mundo real.
De niña, yo creía que el bosque estaba encantado y que extrañas criaturas merodeaban por allí, agazapadas detrás de los troncos y amarradas por alguna clase de poderosa magia sobrenatural. Me encantaba destinar varias horas a imaginar cómo serían aquellos seres y qué clase de cosas me podrían decir si yo estuviera en contacto con ellos.
No es que yo fuese una niña todavía. Más concretamente el tiempo me había transformado en una adolescente, y perder el contacto con mi pequeña interna me estaba doliendo más de lo esperado. Los ajetreos de la gran ciudad me colmaban los nervios y las responsabilidades de la escuela estaban, poco a poco, arrebatándome los mejores años de mi vida. Por eso quería regresar ya a la casa del abuelo y dejarme envolver durante unos días de los secretos del bosque, permitir que mis años de la niñez volvieran a mí de entre una pila de recuerdos.
Además, quería ver otra vez a Isis, el hada del bosque que moraba entre los más espesos árboles, tan oculta de la vista de las demás personas que para estas, la mera existencia de un ser mágico era algo tan imposible como hablar de un político honesto. Bueno, pues yo sabía que Isis existía. La había conocido cuando yo era una niña, en una de mis muchas incursiones al bosque.
En esos días jugaba a ser una exploradora y me metía durante horas por entre la vegetación, esperando a que alguna clase de animal extraordinario saliera de la nada y me invitara a jugar con él. Tenía ochos años ¿qué más podía esperar? Era inocente, ingenua, pensaba que todas las personas y los animales de bosque podían ser mis amigos. Después de mucho buscar, la única que acudió a mí ese día fue Isis, la pequeña Isis, tan parecida a mí. Ambas éramos pequeñas, aunque ella de seguro debía de tener cien años de edad, o quizá más. Nunca se lo pude preguntar.
A medida que el taxi avanzaba por el camino de piedra apisonada, la mansión fue apareciendo y haciéndose cada vez más grande. Era un edificio que databa desde la época victoriana, y que había albergado a varias generaciones de mi familia hasta quedar totalmente abandonada. En la herencia era mía, pero eso sólo sería hasta que yo cumpliera la mayoría de edad hasta dentro de varios meses.
La fachada estaba sostenida por dos gruesas columnas de piedra, talladas de una forma artesanal por manos expertas. Unas amplias escaleras conducían hasta las grandes puertas gemelas que habían permanecido cerradas desde hacía cinco años, cuando mi abuelo falleció. Mi mamá opinaba que su alma todavía moraba entre las varias habitaciones de la mansión y que yo estaba verdaderamente loca por querer pasar un fin de semana aquí. Estaba alejada de la civilización, dentro de un terreno de varias hectáreas de superficie, rodeada de un bosque que ocultaba misterios.
—Gracias por traerme —le dije a mamá, que me ayudó a bajar la maleta con mi equipaje para el fin de semana —. ¿Segura que no quieres quedarte?
Mamá se aclaró la garganta y miró la mansión con los ojos fruncidos.
—Olvídalo. No te olvides de cerrar todas las puertas y de llamarme si necesitas algo. Me tomará media hora llegar hasta aquí.
—Estaré bien. No es la primera vez que me quedo sola.
—Eres responsable, pero una madre nunca confiará plenamente en que su única hija puede cuidarse sola.
Me dio un beso en la frente y luego de echarle un último vistazo a la casa, se marchó de vuelta por el sendero.

Por dentro la mansión olía al característico olor a viejo, a recuerdos casi olvidados, a polvo y a tiempo congelado. El silencio era… increíblemente espeso. Los viejos muebles del recibidor estaban cubiertos con finas sábanas para protegerlos del desgaste del polvo y de los insectos. Había algunas telarañas creciendo en los rincones de las paredes y del techo. La extensa iluminación del sol entró cuando corrí las cortinas y dejé que se filtrara a través de los grandes ventanales. Descubrí los espejos que estaban empotrados en las paredes de una forma tan exacta que podían reflejar los rayos del día y alumbrar la mayor parte de la sala, la cocina y el cuarto de reuniones.
—Bueno, supongo que sería tonto ponerme a limpiar.
Subí por las empolvadas escaleras hasta mi habitación, la misma que había ocupado cuando niña. Entré en ella y descargué mi peso en la empolvada cama. Unas pocas polillas alzaron el vuelo, furiosas por haber interrumpido su letargo. Cambié las sábanas por unas nuevas que había traído y fui al cuarto de servicio para darle uso a escobas y trapos. Si pensaba pasar el fin de semana, necesitaba un ambiente limpio y cómodo. Tallé la suciedad de las ventanas y saqué la tierra de los ladrillos. También les quité las mantas al escritorio y a la mesa de trabajo. Comprobé si había energía eléctrica, pero para mi mala suerte los fusibles parecían haberse fundido.
Presurosa, rodeé la casa y examiné la caja de circuito. Allí estaba el problema. Un fusible quemado. Lo cambié con mucho cuidado por uno nuevo y ¡listo! Toda la casa se iluminó. No tenía internet, claro, pero con que pudiera encender mi laptop, escuchar música y escribir mis cuentos de terror, lograría sobrevivir.
Me la pasé la mayor parte de la mañana atendiendo esta clase de imperfecciones, y mientras me di cuenta de que me gustaría vivir aquí cuando tuviera la suficiente edad y un trabajo estable para mantener la mansión. Venderla sería un insulto a la familia.
Después, cerca de las dos de la tarde, al fin pude relajarme. Encontré una silla en el jardín trasero y me senté a leer una de las muchas novelas que había traído de la colección de mamá. Sin embargo el bosque me llamaba. Estaba frente a mí, separado sólo por una verja de hierro. Torcí los labios y curiosa, busqué las llaves del candado y abrí la reja. El sendero de tierra, apenas reconocible ahora, se perdía como una vena entre los árboles. Recordé cuántas veces lo había seguido de niña.
Comencé a caminar, dejando atrás la mansión. La niña que todavía vivía dentro de mí se alegró al verse en su ambiente natural, y me di cuenta de que recordaba perfectamente el camino que llevaba hasta el estanque en el que había conocido a Isis. Me imaginé su hermosa carita de niña, su cabello que brillaba con el reflejo del sol, su piel , las delicadas manos y el vestidito que le llegaba hasta los pies. Isis y yo habíamos sido buenas amigas las escasas veces que nos vimos. Lástima que cuando le quise contar de ella a mi abuelo (cosa que Isis me prohibió), ella desapareció sin dejar rastro. Me puse triste y lloré por haber perdido a mi mágica amiga.
El estanque seguía igual que como lo recordaba, a excepción de unos pocos arbustos que crecían y nuevos brotes de flores verdes y rojas. Era un sitio tranquilo, de lo más relajador.
Me senté en el borde de una piedra y hundí los pies en el agua fría. Me recorrió un delicioso escalofrío.
—¡Isis! —llamé, quizá con un diminuto brillo de esperanza — ¡Isis, soy yo, Becca! ¡He regresado!
Obviamente nadie me respondió. Me reí de mí misma. Como si Isis fuera a volver sólo porque sí.
Cuando me dispuse a irme, algo en el aire se cargó de electricidad. Me recorrió un escalofrío por toda la columna vertebral y me sentí observada, estudiada por algo que estaba agazapado por entre los árboles. Al girarme, me topé con una persona, y del susto lancé un grito de terror y caí sentada en la orilla del estanque. Desde mi posición vi a la figura que estaba ahí, mirándome con sus ojos amarillos, como pepitas de oro. Era alta, más alta que yo. Vestía con un vestido confeccionado por hojas de distintas tonalidades de verdes, y era corto, apenas le cubría el cuerpo. Piernas largas, brazos fibrosos, piel de un tono levemente canela que le otorgaba una exótica belleza. Llevaba en las manos una lanza de madera, con la punta de metal brillando con el reflejo del sol, y me estaba apuntando con ella.
—¡¿Quien eres?!
—Yo… —balbuceé. Sus labios se contrajeron al igual que su frente. Vi un brillo asesino en sus ojos.
—¡Habla! Yo soy la guardiana del bosque.
El corazón me latía fuerte dentro del pecho, pero incluso así, logré fijarme en las delicadas facciones de su cara, la forma de sus labios, sus orejas puntiagudas y sus ojos almendrados. El pelo ondulado, tan blanco como una concha marina, le caía rebelde por la espalda y los hombros.
—¿Eres… Isis?
Al pronunciar el nombre, la mujer levantó ambas cejas, pero no por eso dejó de apuntar.
—Eres Isis ¿verdad? ¿no me recuerdas? Soy yo, Becca.
—¿Becca?
Flaqueó un segundo, pero luego volvió a ponerse en guardia.
—¡No! Becca es una niña.
— ¡Soy yo! —exclamé y me puse de pie con un salto — ¡Soy yo, Isis! ¡Becca! Sólo que he crecido… al igual que tú.
Algo nuevo afloró en sus ojos, una especie de mirada científica que me estudiaba con un interés profundo, proyectándose a través de mis piel. Después entreabrió los labios, soltó la lanza y se retrocedió, llevándose dos dedos a los labios.
—¿Becca? ¿Eres tú?
—Sí…
—Pe-pero…
—¡Isis! ¡Mírame, amiga!
Me sentí desnuda cuando sus ojos dorados me escudriñaron completa. Se acercó con un veloz paso y comenzó a tocarme delicadamente las mejillas, la boca, los hombros, y finalmente me palmó los senos con un amago de curiosidad.
—Has… crecido, sí.
Me reí.
—¡Isis! ¡Sabía que existías!
—Cla-claro que sí. He estado cuidando del bosque hasta que regresaras, pero… ¿cuánto tiempo ha pasado?
—Muchos años. No lo imaginarías. Tú también te has hecho más grande.
Se miró con curiosidad.
—¿Te-te gusta cómo me veo?
—Sí —le aseguré con un cálido rubor apareciendo en mis mejillas.
Ella sonrió como un terrón de azúcar. Movió sus manos para tocar las mías, pero nuestros dedos apenas se habían rozado cuando los árboles se sacudieron como si algo los moviera desde sus raíces. Isis se puso en alerta, como un perro guardián. Recogió su lanza.
—¿Ocurre algo malo?
—Hace varios ciclos (años) una mujer vino a vivir aquí. Instaló su morada en una casita que está escondida en lo más profundo del bosque. Es una bruja terrenal. Es por ella que me he vuelto una guardiana. Su maliciosa magia está intentando siempre encontrar una brecha para infectar el bosque.
El temblor volvió, y entonces llegó un rugido a nuestras espaldas. Giramos a la vez. La piel se me puso de gallina y retrocedí a guardarme detrás de la espalda de Isis. Lo que estaba ahora frente a nosotras era una especie de felino, del tamaño de un tigre adulto, pero con el pelaje de un color negro verdoso. Sus ojos brillaban anormalmente rojos y despedía un aura de oscura energía, como si el alma se le estuviera filtrando por el espeso pelaje. De su boca abierta goteaban hilos de saliva.
—El sirviente de la bruja. ¡Retrocede!
Antes de que pudiera hacerlo, el animal saltó sobre nosotras. Grité. Isis levantó la lanza de madera y con ella se defendió de la bestia y la arrojó a un lado con tanta fuerza que parecía imposible provenir de sus delgados brazos. La criatura, aturdida, se había golpeado la cabeza con una piedra sobresaliente y llena de musgo.
—¡¿Qué demonios pasa?! —grité, momento en el que Isis me tomó de la mano y me llevó a una roca enorme que sobresalía de la orilla del estanque.
El rugido del animal nos llegó más cercano. Estaba caminando tranquilamente hacia nosotras, lamiéndose los colmillos con gesto famélico. El corazón se me encogió de miedo y apreté la mano del hada. El sirviente de la bruja rugió y se lanzó hacia nosotras con un amplio salto. Entonces Isis recitó una palabra en un idioma extraño y se dejó caer conmigo al interior del estanque. Cerré los ojos por inercia, esperando a que el agua nos envolviera, y cuando lo hizo, sentí que me llegaba hasta los pulmones. Solté todo el aire que llevaba en los pulmones y perdí el conocimiento.

Cuando me desperté, lo hice dentro de un cuarto con paredes de piedra y techo abovedado, adornado con un mural paisajista con vivos colores que transmitían la fragancia de la naturaleza y la frescura de las hojas. La cama era suave y las almohadas, mullidas. A mi lado había una mesita sobre la que estaba una jofaina llena de agua, y una ventana abierta dejaba entrar la luz del sol. Al levantarme, noté que estaba desnuda. Mi ropa yacía mojada en una cesta arrinconada.
Me envolví con la sábana y me levanté parar mirar a través de la ventana. Sentía los pies pesados y dolor en la espalda. También tenía la cabeza un poco revuelta. Me palpé para comprobar que no tenía heridas. Al respirar, me di cuenta de que en el aire flotaba un suave aroma a manzana que me abrió el apetito.
Al otro lado de la ventana, que estaba algunos metros por encima del suelo, se extendía un poblado con casitas hechas de piedra finamente esculpida por manos expertas. Pequeñas chimeneas arrojaban nubecillas de vapor blanco. Por las calles de tierra aplanada deambulaba una variedad de mujeres extremadamente hermosas, como si todas hubiesen sido sacadas del mismo molde perfecto. Algunas tenían la piel oscura, otras eran tan blancas como la espuma del océano. Vestían ropajes similares a los de Isis. Eran… hadas.
La puerta se abrió de repente y yo, del susto, casi solté la sábana. Se trataba de Isis.
—Por la Reina, Rebeca ¿estás bien?
—Sí… creo que sí ¿Qué lugar es este?
Antes de responderme, se me acercó con largos pazos y me envolvió con sus brazos fuertes.
—¡Becca! Pensé que no sobrevivirías al portal. No está hecho para humanos.
Su voz angustiosa no me hizo sentir muy relajada.
—¿Portal?
—Sí —al separarse, tomó mis manos y las besó con amor —. Bienvenida al Mundo Ancestral.
Bajé la mirada lentamente, digiriendo todavía lo que acababa de decirme. No es que las cosas me sorprendieran demasiado como al punto de volverme loca, porque en el fondo siempre había sabido que lugares como este podrían existir. Volví a mirar a Isis, que estaba sentadita en la cama. Tenía el aspecto de una niña inocente, con un tono rojizo en sus mejillas y los ojos brillando con curiosidad. La recorrí completa, porque al tenerla tan cerca, su aroma me embriagaba como una abeja al polen. Olía delicioso, casi como un afrodisiaco. Tragué saliva, apenada cuando me di cuenta de que yo era la única desnuda en la habitación.
—¿Qué has hecho entonces? —le pregunté para variar la situación —. Has crecido mucho… en el buen sentido de la palabra.
—Te he extrañado. Eso he hecho. Oh, Becca. Mi gran amiga… —levantó la mano para tocarme la mejilla, y al hacerlo, envío una tonelada de sustancias en mi cabeza que me marearon. Las yemas de sus dedos, como las patitas de una araña, recorrieron las facciones de mi cara y se detuvieron en mis labios.
—Eres muy bonita —le dije —. Preciosa, de hecho.
Sonrió.
—Gracias.
—¿Ti-tienes novio?
—¿Qué es novio?
—Ehm… es una persona a la que quieres mucho. Te la pasas pensando en ella y te gustaría tocarla a cada rato.
—Uhm… ah. En ese caso, creo que eres tú.
Aquello me produjo un delicioso escalofrío de placer y me reí como una tonta. Entonces una llama de calor se prendió dentro de mi cuerpo. Me relamí los labios y me incliné lentamente hacia ella. Isis no hizo ademán de retirarse, ni mucho menos cuando mis labios y los suyos se acariciaron con suavidad. La di un beso sutil. Su boca estaba húmeda y fresca. Al inicio ella no supo cómo reaccionar. Cuando me separé, vi que sus mejillas estaban suavemente coloradas.
—Los siento…
—Me gustó.
—¿De verdad?
—Sí. He visto a otros humanos besarse. A veces van al bosque a… hacer cosas. Se quitan la ropa y se acarician por todos lados.
—¿Cómo lo hacen?
Al parecer ella no era tan ingenua. Abochornada, bajó la cabeza y se rió, marcando un suave hoyuelo en su mejilla. Después de eso volvió a mirarme, y con movimientos lentos, se bajó el corto vestido de hojas que la envolvía. Desnuda frente a mí, todo mi cuerpo reaccionó de una manera nunca antes advertida. El deseo se encendió como una mecha y me acalambró los músculos. El pecho me dio vueltas como loco.
Sin poder hacer más para contener esas reacciones, esos sentimientos que anhelaban salir, me incliné hacia Isis, tomándola suavemente de los hombros y fundí mis labios con los de ella. Necesitaba tenerla cerca, más cerca, así que me senté sobre su regazo y la besé con una renovada pasión, obligándola a devolverme las caricias. Sus manos se deslizaron por la piel de mi espalda, mientras que las mías le sacudían el pelo y se enterraban en su cuero cabelludo.
La excitación dio paso a la humedad, y la humedad allá abajo terminó por apagar lo último de cordura que me quedaba. Ansiaba a Isis. Quería hacer el amor con ella, y me dejé llevar. Recargué mi peso contra el suyo hasta hacerla acostarse, y encima seguí besándola en el cuello, marcando con mi lengua un trayecto por su piel que olía a plantas silvestres y a flores llenas de polen. Cuando tomé sus pequeños pezones dentro de mi boca, el hada soltó un suspiro de gusto. La miré. Tenía los ojitos cerrados y se mordía el labio inferior. La mano se me deslizó hasta el espacio entre sus piernas, y comprobé que comenzaba a mojarse.
—Becca… ¿qué es esto?
—¿Qué cosa?
—Esa… esa sensación cuando me tocaste ahí.
—¿Esta? —la repetí, masajeándo su delicado clítoris. Su piel estaba limpia y lisa, como si todavía conservara un poco de esa fragilidad infantil. Pero ya no era una niña. La mujer sobre la que estaba en estos momentos era eso, una mujer formada, atractiva y amorosa que había cuidado de nuestra amistad.
—¿Se siente bien?
—Mucho.
—Puedo hacerte sentir mejor, pequeña hada.
Fui un poco más violenta, tomando el control de nuestra primera relación. Sus pechos bamboleantes se movían libres dentro de mis manos, y yo los junté para lamer sus puntitas con un anhelo desenfrenado, tirando de ellas con mis dientes.
—Date la vuelta.
—¿Así?
—Así está bien.
Ahora miraba la línea de su espalda. Besé sus hombros y mordí el lóbulo de su oreja hasta sacarle unas tiernas risas. Fundida con su calor, mis dedos hallaron un espacio entre los pliegues de su vagina y masajeé allí, sorprendida por la cantidad de jugos que estaba manando de esa delicada parte de su esbelta feminidad. Las nalgas eran firmes, carnosas y torneadas. La piel inmaculada, propia de una criatura del bosque.
Deslicé la lengua por su columna hasta llegar al punto donde la espalda pierde su nombre. Miré la delicada línea que dividía sus labios inferiores, las delgada capa de lubricación natural que se le formaba, lista para la penetración. ¿Cómo se reproducían las hadas? ¿tenían sexo como los humanos? En ese momento me asaltó la duda, pero la ignoré, porque ella me llamaba. Con una deferencia inherente a mi amor por ella, hice mi lengua resbalar por la superficie de su vagina. Bebí de ella el hermoso regalo que me brindaba y no me detuve hasta que hube estado satisfecha. Ejercía presión con mi boca, movía la cabeza como una leona descontrolada. Isis soltó suaves gemidos y arqueó la espalda cuando su orgasmos le erizó toda la piel.
Entonces me eché para atrás, contemplando la majestuosidad de su cuerpo. Isis me miró con una carita sorprendida. Yo le sonreí y me recosté con las piernas abiertas. Una invitación para ella que no le tomó mucho tiempo comprender. Gateando, sonriendo, se acomodó allí y cómo si supiera qué hacer, su boca sorbió del zumo que manaba de mi interior. El tacto de su lengua mojada con saliva me hizo estremecer. Separó mis piernas con mayor intensidad. Le pedí que metiera sus dedos en esa pequeña raja y ella lo hizo con cuidado. La irrupción inexperta poco a poco fue caldeándose hasta volverse una auténtica y placentera tortura.
Apreté las sábanas y giré la cabeza. Fue entonces que vi un plato de frutas en la mesita de al lado. Había una especie de… plátano rojo. Entonces tuve una loca idea. Alargué la mano para llegar hasta ella y se la tendí a Isis.
—¿Qué?
—Introdúcela.
—¿Se-segura?
—Sí. Hazlo.
Lo sé. Soy un poco depravada.
Isis lo hizo con mucho cuidado, y al sentir como las paredes de mi interior se extendían por la irrupción de esa fruta, dejé ir un suspiro de goce. Isis perforó con atención. Su carita estaba sorprendida, como si no supiera que yo fuera capaz de permitir que algo así se enterrara en mi cuerpo.
—¿No te duele?
—Para nada.
—Uhm. Bueno.
Se alargó para besarme, y mientras lo hacía, alguna clase de magia cinética seguía moviendo la fruta dentro de mi coño. Los labios del hada me envolvieron con suaves lamidas y besos en las mejillas. Las puntas de sus pechos se acariciaban con las millas y el peso de su cuerpo recostado contra el mío hizo que me entregara al placer. Un nuevo orgasmo me invadió, mucho más fuerte que todos los que había tenido en mi vida.
Ahora, tomando el control de la situación, Isis pidió que me sentara. Lo hice. Ella se colocó a mis espaldas y me envolvió con sus muslos. Al mismo tiempo, una de sus manos jugaba con mis pechos y la otra realizaba precisos movimientos alrededor de mi clítoris, metiendo y sacando los dedos con rapidez. Yo me retorcía por la más portentosa de las sensaciones. Sus besos en mi cuello, sus uñas arañando mis senos y las cosquillas de su cabello me hicieron flotar.
Estaba follándome con un furor desconocido para ella. Se había entregado también a sus instintos, a sus deseos.
Se puso de pie sobre el colchón. Admiré su cuerpo. Puse las manos en sus caderas y pegué mi boca a su estrecha abertura, intentando penetrar con mi lengua. Noté su virginidad, esa barrera que me impedía hacerla totalmente mía. Los recuerdos de la infancia regresaron y alimentaron más el sentimiento que me unía al hada. Pellizqué sus glúteos, le hice levantar una pierna para que me acomodara mejor. La oía gemir, jadear con un repleto de goce mientras se entregaba a otro orgasmo y caía sentada, con las mejillas coloradas y las terminaciones nerviosas azoradas por el clímax.
Ojalá hubiese terminado allí, pero no. Luego nos fundimos en una sesión de empalagosos besos, una prodigiosa muestra de amor y amistad. Me recosté y subí mis tobillos a sus hombros. Sus senos se balancearon cuando, usando sus dos manos, comenzó un rítmico vaivén que destrozaba la parte interna de mi vagina. Los jugos que yo soltaba hacían que sus dedos entrara con facilidad, y me obligaron a apretujarme los pechos, a pellizcarme los pezones como si pudiera arrancármelos. El hada me miraba con candor y dulzura. Yo le sonreí y le permití hacerme de todo hasta que el orgasmo volvió a invadirme.
Ahora, agotadas y bañadas de sudor, nos recostamos con las piernas entrelazadas.
Y fue en ese segundo que una segunda mujer entró a la recámara. Sin pena, Isis se sentó. La otra hada era más alta y adulta, con el cabello ralo y café cayéndole en volumen sobre los hombros. Tenía los pechos más grandes que Isis y llevaba un vestido igual de corto. Sus piernas eran preciosas. Su ombligo estaba adornado con una brillante perforación y tenía alhajas en las manos y en las orejas. Todas hechas de oro.
—¡Mamá!
—Isis… —la mujer desvió la mirada. Ella sí que comprendía qué estábamos haciendo. Yo me tapé con la sábana, muerta de la pena —. Este… la reina las verá de inmediato. Parece que la bruja del bosque se prepara para una incursión a nuestro mundo. Hay que detenerla cuanto antes, y tu amiga humana es parcialmente responsable.
—¿Yo?
—Cruzaste el portal. Le demostraste a la bruja que es posible. Ahora… vístete.
Tragué saliva, nerviosa. Entonces… no todo era miel sobre hojuelas. El hada mayor me miró con un gesto de poco agrado, y se media vuelta, saliendo rápidamente de la habitación.
—¿La bruja viene?
—Sí —Isis ensombreció su mirada —. Creo que se aproxima una guerra. No te preocupes, estaremos bien.
—Eso no es precisamente lo que me preocupa. Yo… ¿podré regresar a casa?
Me miró con algo de confusión.
—Pues… espero.
Esperar no estaba bien. Nada bien. Isis se puso el vestido rápidamente y me lanzó un rápido beso en los labios.
— Vamos. La reina de las hadas te está esperando.
Yurita
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Mensaje por Yurita el Sáb Nov 26, 2016 2:47 pm
Capítulo 2

Nos vestimos tan rápido como pudimos. Fuera de la casa ya nos estaba esperando la madre de Isis, que se llamaba Celesta y era lo suficientemente atractiva como para hacer que su hija pareciera una mera cría sin nada de experiencia. Vestía una indumentaria tejida con hojas resecas y suaves telas de color blanco. Algo en su vestido indicaba cierto rango, pero no supe qué exactamente. Sus fulminantes ojos grises me miraron con una mueca de desdén y desaprobación mientras me guiaba hasta un carruaje tirado por dos grandes corceles negros.
—Espero que sepas comportarte frente a la reina —dijo Celesta, cruzándose de piernas y adoptando una actitud meramente cerrada para conmigo —. Ella no tolera mucho a los humanos.
Tragué saliva y miré por la ventana, más nerviosa de lo que nunca antes había estado en mi vida. Pude sentir como la mano de Isis se cerraba en torno a la mía. Miré al hada, que me estaba sonriendo con un lindo cariño proyectándose en sus ojos.
—Descuida. Mi mamá es la capitana del segundo escuadrón feérico. Estarás bien.
—Por lo mismo es que me siento tan inquieta —agregó Celesta —. No sé cómo tratarán mi caso ahora que saben que fue mi hija la que le dio acceso a un ser humano en nuestra tierra.
—Tenía que hacerlo —replicó Isis, malhumorada —. De lo contrario, el sirviente de la bruja pudo haberla asesinado.
La mirada que Celesta me echó indicaba que mi muerte no le importaría en lo más mínimo al reino feérico. Mientras tanto yo estaba a punto de vomitar por el miedo que conllevaba estar aquí, sumergida hasta el cuello en un mundo terriblemente desconocido cuyas leyes eran tan distintas al mío.
El carruaje se internó más en la ciudad, a través de la extensa avenida. Ahora podía ver las grandes casas de piedra donde vivían las hadas. No vi a ningún hombre en ningún momento. Todas eran adolescentes, ancianas y niñas, vestidas con esas ropitas cortas echas de seda y hojas, mostrando las piernas y los brazos como si nadie más, además de mí, pudiera mirarlas con un cierto despertar de lujuria controlada. Tragué saliva. Las chicas eran mi debilidad. Admiraba la belleza de una mujer como la más perfecta obra de arte, lo cual me volvía automáticamente una obstinada enamoradiza de la primera que me hiciera ojitos de cachorro.
Eso me hizo pensar en las dos mujeres con las que compartía el carruaje. Volví la mirada hacia Celesta, cuyo ceño fruncido hizo que mi cara se pusiera colorada. Ella había visto a su hija y a mí en plena faena y yo estaba segura de que no le ponía muy feliz.
Cuando llegamos, unas guardianas feéricas vestidas con armaduras plateadas abrieron las puertas de carruaje. Cada una de esas guerreras medía poco más de dos metros. Llevaban yelmos de los cuales sólo asomaban mechones de cabellos negros y rubios. Las grandes espadas que llevaban en la cintura tintineaban a medida que nos conducían por unas largas escaleras hasta la entrada flanqueada de columnas del castillo de la reina de las hadas.
Era una construcción enorme, como una montaña tallada por las fuertes manos de alguien poderoso. Por dentro era todavía más impresionante. El suelo era de un blanco marmoleado y el alto techo estaba sostenidos por pilares de piedra tallada con varios ornamentos en su superficie: diamantes, rubíes, zafiros y esmeraldas. Caracteres rúnicos estaban tallados sobre la porosa superficie y algunos de ellos brillaban con luz propia e iluminaban el camino.
Nos llevaron hasta unas puertas enormes protegidas por dos hadas guerreras con capas rojas y armaduras de obsidiana. Eran incluso más intimidantes que las que nos estaban escoltando. Estas mujeres, cuyos rostros estaban desprovistos de tapaderas, eran extremadamente hermosas y regias.
—Estamos aquí para ver a la reina, tal y como ella lo solicitó —dijo Celesta.
—Está bien. Pasen de inmediato. Se les estaba esperando.
Abrieron las grandes puertas y nada más poner un pie dentro, una fuerza invisible me oprimió los hombros y me erizó la piel. La reina estaba de espaldas a nosotras, y portaba un lustroso vestido-armadura decorado con inscripciones rúnicas en relieve. Su cabello era rojo como las brasas de una hoguera y le llegaba hasta los hombros. Estaba rodeada de un séquito de feéricas con trajes rojos y dorados que ocultaban sus cuerpos y dejaban como única muestra de su piel, sus rostros pálidos y oliváceos. Eran seis de ellas, y todas posaron sus miradas sobre mí.
Yo tirité. Hacía frío. Como respondiendo a mi llamado, Isis me tomó de las manos y depositó un beso en mi mejilla.
La reina se giró. Los ojos amarillos que poseía me miraron de los pies a la cabeza, y sus labios se torcieron en una diminuta sonrisa.
—Pero ¿qué es esto? ¿Una niña ha armado todo este alboroto?
—Me temo que es la mejor amiga de mi hija —dijo Celesta —, y estoy segura de que siente todo lo que ha causado ¿no es así?
—Ah, sí. Quisiera que nada de esto estuviera ocurriendo, majestad… yo… anhelo volver a casa. No deseo darle más problemas a su… su reino.
Se me estaba cayendo la cara de vergüenza, evidentemente.
La reina se acercó hacia mí. A través del escote de su corsé podía ver sus dos grandes senos apretujados uno con otro. Su rostro era afilado, con labios carnosos y tintados de rojo.
—¿Volver a tu mundo? Es imposible.
—¿Qué?
—Abrir un portal debilita toda la red. Ya tenemos suficiente con los problemas que nos causaste. La bruja quiere entrar y está forzando todos los portales que existen en el bosque. Mis comandantes y yo tratamos de idear una manera de cerrar los accesos vulnerables.
—Pero ¿cuándo podré regresar?
—Hasta que logremos contrarrestar el ataque de nuestra enemiga. Mientras tanto estoy segura de que Celesta estará encantada de tenerte en su casa ¿Verdad, capitana?
—Se-sera un placer —respondió el hada con evidente sarcasmo.
—Me llamo Morgana, por cierto —y diciendo esto último, me dio la espalda y regresó con su séquito de comandantes, quienes durante todo el rato no me habían mirado con más importancia que con la que se miraría a una lombriz de tierra.
De regreso en la casa, Celesta se la pasó lanzando toda clase de improperios en un idioma desconocido. No tenía que ser yo muy inteligente para darme cuenta de que se refería a mí, porque me clavaba sus ojos como si tuviera el poder de quebrarme los huesos sólo con eso. La mujer me odiaba y eso era evidente.
—Iré a reportarme a la base —dijo de mala gana, sacando una enorme espada de un gabinete —. Más te vale mantener a tu mascota aquí dentro, Isis.
—Sí, madre…
Se fue cerrando la puerta con tanta fuerza que uno de los cuadros de las paredes cayó. Mientras tanto yo me dejé caer en una silla y suspiré con agotamiento.
—¿No podré volver? ¿Es en serio?
—Lo siento, Becca —Isis me abrazó por detrás de la silla —. Quería salvarte la vida y no tuve más opción que traerte a mi mundo. De niña morías por venir aquí ¿lo olvidaste?
—No, no lo he olvidado. Pero no bajo estas circunstancias.
—Estarás bien. Yo te cuidaré. Puede que no lo parezca pero soy una buena guerrera. Mamá me ha estado entrenando los últimos ciclos.
Me dio un beso en la mejilla, y al sentir la suavidad de su boca, parte de mi enojo se disipó. Sonreí cuando sus traviesas manos bajaron hasta meterse por debajo de mi camiseta, donde me palpó los pechos con curiosidad.
—Tu ropa sigue mojada… —observó.
—No es lo único que se está mojando… —le dije en broma. Claro que ella no la comprendió.
—Deberías darte un baño.
—Oh… podríamos darnos un baño.
De nuevo, parte de la innata inocencia del hada no entendió cuáles eran mis segundas intenciones. Y esa misma ingenuidad me estaba matando deliciosamente. Me puse de pie y la tomé de las caderas. Sus ojos almendrados brillaban como si poseyeran luz propia, y algo en sus labios tiritaba con un bello candor. No pude resistirme al arrebato de besarla con renovada fuerza, de fundirme con ella un instante más y sentir la humedad de su lengua y la mía acariciándose.
Ese mensaje sí que fue claro para ella, porque de inmediato buscó quitarme la camiseta. Me llevó hasta su baño, que era una tina de piedra detalladamente esculpida y cuya agua brotaba de una cristalina cascada en la pared. Se desnudó para mí y dejó que mis ojos recorrieran la anatomía perfecta, las curvas moldeadas por la fuerza mágica que llenaba su cuerpo. Se apresuró a despojarme de la ropa y luego nos metimos al fresco abrazo del agua.
Los besos se intensificaron, y empleando lo aprendido en la sesión anterior, esta vez sus manos no perdieron momento alguno en deslizarse por debajo de mi vientre y hundir tímidamente dos dedos dentro de mi vagina. Jadeé. La irrupción había sido inesperada, pero satisfactoria, y yo hice lo propio, rosando su hendidura con mis dedos. Recorrí su cuello con la boca, paseando mi lengua hasta llegar a sus pechos. Allí disfruté de la tersura de sus puntitas, la forma en la que se endurecían con cada una de mis mordidas.
—Más fuerte —le pedí. Ella obedeció como una niña buena, aumentando la profundidad con la que me penetraba y moviendo casi de manera instintiva sus dedos. Las primeras oleadas de placer se me estaban escapando con la forma de gemidos dulces que intentaba soltar a sus oídos.
—Quiero… besarte allá abajo.
—Entonces vamos a la cama —le esbocé una sonrisa seductora.
Desnudas, manchando de agua el suelo de piedra, la llevé hasta su cama y me tiré a horcajadas. Su cuerpo entre mis piernas estaba caliente y sus coloradas mejillas sólo eran invitaciones para continuar amándola. Sin embargo era ella la que quería disfrutar con el sabor que se proyectaba desde el interior de mi cuerpo, y la complací, poniendo mi vagina al alcance de su boca y apoyando mis rodillas a los costados de su cabeza.
En esta nueva posición, Isis tuvo toda la facilidad para separar mis labios con los deditos, limpiar con la lengua el néctar floreciente y presionar mi clítoris con la punta de sus dientes. Yo respondí agitando las caderas, pensando en las cosas más románticas y pervertidas para hacer con ella, imaginando un mundo de situaciones eróticas que podrían arrancarle gemidos de pasión. Y todo eso logró que me mojara todavía más. Isis lamía con entusiasmo, como si hubiera nacido para ello.
El orgasmo me inundó, y acto seguido me relajé y dejé que siguiera lamiendo. Cuando hubo estado satisfecha, descendí y me posicioné entre sus delicadas piernas. Su coño humedecido era una tierna hendidura, femenina y frágil. Mi pequeña hada, el hada más maravillosa que había conocido y la que había amado. ¿Cómo no hacerla disfrutar?
Olvidé la situación en la que me encontraba y decidí darle a Isis un poco del mejor sexo oral. Después de todo era nuevo para ella, y me esmeré al presionar su clítoris, al lamer sus labios empapados de rubor. Me concentré en esas sensaciones, en las acciones que la hacían querer más. Mientras ella se apretujaba los pechos, y se llevaba sus propios pezones a la boca donde los mordía con sus pequeños dientes. La imagen tan erótica sólo me hizo esforzarme más. Quería verla gemir.
Y lo logré a los pocos minutos. Una descarga de electricidad la recorrió. Sus piernas se contrajeron y sus caderas se agitaron como el mar bajo una tempestad. Después se rió con las últimas muestras de su orgasmo, mientras se cubría la cara y se pasaba los dedos por los senos.
—Me encanta cada vez que pasa esto.
— ¿Qué cosa?
—Ese… ese placer. Es raro. Nunca lo había experimentado. Es adictivo. Quisiera sentirlo todo el día.
Le dediqué una sonrisa y me acomodé sobre ella, ofreciéndole mis pechos a la altura de sus labios. Ella los tomó con suavidad con los dientes y se alimentó de ellos.
—Se llama orgasmo.
—Orgasmo… —repitió y volvió a meterse una de mis puntas a la boca.
—¿Cómo se reproducen las hadas? —le pregunté —. Tienes el cuerpo como el mío, y las mismas zonas se activan cuando hacemos esto. ¿Ustedes tiene hadas hombres o algo así?
—No —respondió después de un ratito —. Nacemos por mandato de la reina.
Quería saber más de eso, pero estaba tan entusiasmada con mis tetas que no quería hablar. Así pues tuve que retirarlas de su boca y ser yo quien ahora le diera lamidas a los suyos. Me encantaba su tamaño.
—Cuando la luna decreta que un hada debe nacer, la reina invoca un ritual con todas las hadas que quieran ser madres. Por medio del fuego solar recolectado durante el verano, el viento frío almacenado en el invierno y la caricia de los rayos lunares, nace una capullo y de allí brota una nueva hada. Esta es libre de elegir con quién quedarse. Cuando lo hace, la reina la decreta como hija de esa hada y tiene la responsabilidad de cuidarla y amarla.
—Como cualquier madre humana.
—Así es… vuelve a hacer eso.
—¿Qué cosa?
—Morder y tirar.
Lo hice, tomando una de sus puntas con mis dientes y tirando suavemente.
—Ah… qué delicia.
Nos amamos durante el resto de la tarde. De todos modos los días en el mundo feérico no duraban mucho, así que pronto llegó la noche. Isis dormía desnuda a mi lado. Yo me levanté y me coloqué un albornoz de lana que olía a flores recién brotadas. Quería ver a la tan especial luna, la que animaba a las hadas cuando estas nacían.
Salí de la casa y fui en dirección al jardín. Colindaba con un bosque espeso, donde las luciérnagas brillaban por entre los árboles. Levanté la vista y la vi. Me sentí estremecida. Era una luna inmensa, unas diez veces más grande que la de la Tierra, y estaba en su fase llena, de tal forma que los cráteres eran visibles incluso a través de la atmósfera. No pude evitar sentirme pequeñita y enamorada de aquella luz plateada que se abría pasó a través del aire, que me enervaba y me transmitía un profundo respeto.
Y fue en ese momento que los árboles se agitaron. Volví la mirada hacia ellos. Una sombra saltó hacia mí. Ahogué un grito y me caí de espaldas. Cuando me levanté, vi a la bestia que estaba frente a mí. Era un lobo negro, tan grande como yo y de cuyo hocico goteaban hilos de baba.
—Una humana —dijo con la voz profunda de un trueno —. No es normal encontrar una aquí.
—¿Quién…. Quién eres?
—Soy sólo un celador del bosque —movió la cola con un gesto de depredación y enseñó los dientes al arrugar la nariz —. Y me encargo de que las fuerzas desconocidas no afecten el mundo feérico. Y lamento decirte que… tú no debes estar aquí.
Tensó las patas y se lanzó contra mí. Apenas tuve tiempo de reaccionar y me hice a un lado. Caí. Me torcí la muñeca y grité de dolor. El lobo no tardó nada en ponerse sobre mí. Su aliento fétido me golpeó la cara mientras la saliva caía sobre mi cuello.
—No… ¡déjame!
Se puso en alerta y luego gritó como un perro. Le gruñó a la oscuridad y se alejó de nuevo hacia el bosque. Algo lo había golpeado.
—¿Te encuentras bien?
Reconocía la voz. Era la de Celesta. Apenas pude ver su cuerpo debido a la oscuridad. La luz lunar le daba un aspecto ominoso y fuerte. Tenía un arco y en este ya estaba tensando otra flecha.
—¡Escúchame bien, lobo! La humana es parte de esta ciudad. No tienes derecho de llevártela.
—Yo sólo sigo el mandato de la gran Reina Ancestral —dijo la voz del animal, viajando a través del bosque —. Y será mejor que la tengas bien encerrada, porque no tardaremos en encontrarla.
Celesta me miró. Todavía apuntaba al bosque con su arco.
—Ve a casa. Yo me encargo de esto.
—Sí… sí —fue todo lo que balbuceé antes de irme. Cuando vi por encima de mi hombro, Celesta se estaba internando entre los árboles.
Yurita
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Mensaje por Yurita el Sáb Nov 26, 2016 2:47 pm
Capítulo 3

Le conté a Isis lo que su madre había hecho y el encuentro con el lobo, ese ancestral tan tenebroso que había jurado partirme el cuello sólo por ser humana. Ella me explicó la naturaleza huraña de esos seres, celadores del bosque incluso antes de que las hadas se establecieran aquí. Ellos eran los verdaderos guardianes, los antiguos que vigilaban cielo, mar y tierra para mantener el pobre equilibrio del mundo feérico.
—No lastimarán a mi madre. No ha habido un ancestral que dañe a un hada desde hace siglos. Vivimos en una tranquila simbiosis con ellos. Además necesitan de nuestra magia para sobrevivir. Las hadas mantenemos andando el motor de este mundo.
—Bien, pues eso sí que resulta interesante —dije para tratar de calmar el miedo de que algo malo le hubiese pasado a Celesta. El hada guerrera me caía bien, aunque por lo visto yo no era de su agrado, sobre todo porque había tenido a su hija entre mis piernas, en primer lugar.
Isis captó un atisbo de mi preocupación y respondió acercándose a mí. Su sonrisa era casi infantil, llena de inocencia. Vestía nada más una bata de seda, casi transparente. Notaba sus pezones por debajo de la suave tela y las turgentes curvas de sus caderas al caminar. El cabello le caía suelto por encima de los hombros. Me sonrojé cuando sus manos se colocaron en mi cintura y me atrajo hacia ella con un sutil movimiento y pegó sus labios a los míos.
El beso fue ligero, casi accidental. Encendió mis nervios como cables conduciendo una sobrecarga de electricidad y acto seguido, acarició su húmeda lengua con la mía. No tardó mucho allí hasta dejarse llevar por el deseo. A medida que sus manos bajaban por mis caderas hasta encerrar mis nalgas y sus labios manchaban mi cuello con su saliva.
Isis había descubierto el sexo. Me pregunté si las hadas lo practicaban entre sí. Bueno, todas eran mujeres, y eso de que nacían por orden de la Luna era algo sumamente inverosímil como para creerlo. Aunque, bueno, estoy en una dimensión paralela, en medio de una posible guerra y siendo manoseada por un hada ¿qué puede ser extraño?
—Vamos a la cama —ordenó como una suave gatita —Quiero hacerte el amor otra vez.
—¿Otra… vez?
—No puedo esperar. La sensación del…
—¿Orgasmo?
—Eso. Es adictiva. Podría practicarlo toda la noche. Lo juro. Jamás había sentido nada más delicioso que tu lengua jugando entre mis piernas.
Se recostó y subió su bata a la altura de sus caderas. Dejó caer las rodillas a los lados.
—Por favor, hazlo otra vez.
—Yo… —Sí, me sentía algo caliente por las insinuaciones, pero después de haber sido amenazada por un lobo ancestral cuya voz perforaba mi cordura, no es que tuviera muchas ganas de practicar sexo oral al hada.
Aun así lo hice. Me acomodé y con toda la actitud que pude reunir a pesar de mis inseguridades, me dediqué a recoger el dulce néctar que manaba de la recién descubierta vagina de Isis. Y ella, encantada, se sumergió en un éxtasis en el que enterraba sus dedos en mi cuero cabelludo y movía la cadera para aumentar la fuerza del contacto de mi boca contra sus húmedos pliegues. Y yo no tardé mucho tiempo en sentirme encantada y olvidar el miedo.

Al día siguiente ya me sentía mejor. Celesta hizo el favor de traernos el desayuno a mí y a Isis. Entró a la habitación con una forzada sonrisa al vernos juntas y desnudas en la cama. Yo tragué saliva al verla y no sólo por el respeto que me hacía sentir hacia ella, sino por lo erótica que se veía con esa bata blanca mostrando una buena porción de sus piernas y los generosos pechos moviéndose libres detrás de la tela. Pude ver los tatuajes negros asomándose sutilmente en la bronceada piel de Celesta, la forma tan decidida que tenía al caminar.
—Les traje… unas frutas. Espero que no seas alérgica a ellas, humana.
Lo dijo como si deseara que, efectivamente, lo fuera.
Isis no le tomó más importancia al hecho de que su madre estuviera con nosotras. Se levantó, sin ropa, y acudió al baño para meterse en la pileta. Yo, más apenada, me cubrí con la manta y soporté la mirada pétrea de la capitana.
—Sé qué clase de relación tienes con Isis —dijo cuando le di la primera mordida a la fruta que parecía una manzana de color azul —. No me agrada del todo.
—Lamento escucharlo…
—Isis es todavía una pequeña, bueno, de acuerdo a nuestros parámetros. Es inocente, ingenua, y si vas a romperle el corazón con tus estúpidos sentimientos humanos, nunca te lo perdonaré. ¿Entiendes?
—Entiendo, de verdad. Isis es… mi novia.
—Bueno. Y con lo del Ancestral, hablé con él. Acordó que te dejaría tranquila siempre y cuando estés bajo nuestra protección y no abandones la ciudad. Confío en que te irás pronto.
Ya. ¿Cómo se supone que debía de responder a eso?
Isis salió poco después y vestida con sus ropas normales hechas de una fibra parecida a las hojas. Casi al mismo tiempo, un ruido llamó la atención de las tres y nos acercamos a las ventanas. Estábamos en el segundo piso, y a pocos metros abajo, en la calle, vimos a todo un ejército de hadas marchando en dirección al palacio.
Me sorprendí. Eran altas, fácilmente alcanzarían los dos metros de altura. Y eran todas iguales, como clones de un mismo diseño. El pelo blanco lo llevaban hasta el hombro, lacio y adornado con piezas de zafiro y rubí. Sus armaduras producían ecos metálicos al chocar las placas unas con otras. Grandes claymores enfundadas en la espalda sobresalían de la vaina. Sus capas, rojas como la sangre derramada en el campo de batalla, se mecían al mismo vaivén de sus pasos.
Descendimos por las escaleras y salimos a la calle. No éramos las únicas. Varias vecinas habían salido y miraban entre emoción y sorpresa las llegadas de ellas.
—Son Hermanas —mencionó Celesta —El ejército de Elite de la reina. Si ya están aquí, la guerra es inminente.
—Siento… siento algo sobre la espalda. Es como si una fuerza me estuviera empujando hacia abajo.
Isis me miró con una mueca de pena.
—Centenares de Hermanas están desfilando ante ti. Lo que sientes no es más que la presión de sus espíritus. Un humano normal se habría desmayado.
—¿Qué está sucediendo? —preguntó Celesta a la multitud. Un hada Hermana la miró.
—Vuelvan a sus casas. Todo está bien —y continuó caminando como un robot hasta el palacio.

Más tarde, cuando el océano de Hermanas fluyó por completo, Celesta se vistió con su imponente armadura y se dirigió al castillo de la reina. Ella y todas las otras capitanas habían sido convocadas a una reunión de emergencia. En al ciudad se respiraba un aire intranquilo y yo me estaba sintiendo demasiado cohibida como para tener sexo con Isis.
La chica era insaciable y decidida a experimentar nuevas cosas. Yo estaba agotada y sudorosa. El pecho me iba y venía en un vaivén mientras trataba de recuperar mi respiración. Me dolían un poco los muslos, allí donde los dientes de Isis habían provocado moretones, y el clítoris me palpitaba también. Ella había descubierto todas las cualidades de ese pequeño botón y no dejaba de divertirse con él. Saboreaba mis jugos y disfrutaba tocando el interior de mi vagina, explorando cada rincón de ella con una precisión quirúrgica.
—Isis… basta —jadeé —. Me duele todo el cuerpo.
—Lo siento. No pretendía cansarte. Es sólo que… me encantas, Becca.
—Tú también, pero debemos parar un rato. Sólo un rato, por favor.
—Pero quiero seguir.
—Ven, toma mis senos, entonces.
Aunque no era muy de su agrado, lo hizo, y eso me dio un poco de tranquilidad en la entrepierna. La lengua del hada recorría las curvas de mis tetas con mucha suavidad. Estrujaba con un poco de fuerza y enterraba la nariz entre ellas. Los juntaba con cuidado y luego lamía ambos pezones. Tener mis dos puntitas entre sus dientes era una delicia.
He creado un monstruo, fue lo que pensé en ese momento cuando ella mordió y tiró suavemente de una de mis pechos. Yo suspiré y sonreí. Le acaricié la cabeza a mi novia hada y luego nos unimos en un dulce beso, donde el movimiento tan sutil de su lengua proyectaba todo un conjunto de emociones en mi cabeza. Las puntas de sus dedos se internaban de nuevo dentro de mí, y yo correspondía haciendo lo mismo con ella, tanteando en la posibilidad de desvirgarla, de tomarla allí mismo pese al cansancio que estaba experimentando.
En algún punto me quedé dormida entre sus brazos. El corazón me latía con una renovada fuerza. Claro que el ver a Isis había devuelto nuestra amistad a un punto superior en comparación con nuestro pasado, pero ahora… ahora de verdad me notaba unida a ella. De verdad estaba comenzando a amarla.

Celesta volvió más tarde justo cuando yo le modelaba a Isis un vestido que me había obsequiado. La tela era muy suave al tacto, limpia como una segunda piel. Mostraba una parte de mis bonitas piernas y dejaba mi vientre descubierto. Me hacía sentir más femenina que antes, y eso que yo no era muy de vestirme como marca la sociedad en una mujer. Francamente unos jeans y una blusa normal era mi estilo, pero el vestido… el vestido sí que era precioso.
—Creo que te retrasarás en tu regreso al mundo humano, niña —dijo el hada mayor. Junto a ella venía una de las Hermanas. Tuvo que agachar la cabeza para entrar por debajo del marco de la puerta.
—¿Así que es ella? —me miró con los ojos violetas. Una delgada línea de pecas le corría por la piel de la cara. La armadura que portaba era excepcional, metálica en algunas partes y en otras parecía estar hecha de huesos. El poder que manaba del hada guerrera era abrumador.
—Yo soy… Becca.
—No es muy diferente a nosotras. Nunca he visto a un ser humano tan cerca.
—Podría pasar por un hada —mencionó Celesta —. Por cierto, te presento a Serafín. Es una amiga de mi infancia.
—Y ahora soy tu superior —el hada miró con complicidad a Celesta y le guiñó un ojo. Luego volvió la vista hacia mí —. Pase lo que pase tienes que quedarte aquí, humana. Si sales al bosque, terribles cosas podrían pasarte. Estamos entrando en tiempos de guerra. La Bruja está preparando sus fuerzas para invadir nuestro mundo —se paseó por la habitación, mirando los cuadros paisajistas que decoraban las paredes. Parecía estar recordando viejos tiempos cuando Celesta y ella eran niñas —. Este yo lo pinté ¿recuerdas?
—Sí —contestó la madre de Isis.
—Entonces, humana, vamos a tratar de reparar todo el daño que causaste ¿entendido? No será fácil. Los puntos más débiles del manto que envuelve nuestra dimensión, los Portales, están siendo presionados desde afuera.
—La Bruja golpea con fuerza —aclaró Celesta —. Nos iremos al Portal del Sur.
—¿Tan lejos? —Isis se puso tensa. Noté cómo la cara se le llenaba de rubor —. Mamá… es peligroso. Ese sitio es el más inestable de todo el reino ¿Por qué tienes que ir precisamente tú?
—El reino debe ser protegido, independientemente de qué parte. Es simple suerte. Se quedarán solas durante unos días, y no se metan en problemas.
—Se nos hace tarde —urgió Serafín.
Celesta recogió el resto de su equipo. Metió unas cuantos frascos de pociones dentro de su bolsa y luego nos dirigió a Isis y a mí una mirada de advertencia.
—Quédense aquí. Adiós.
Serafín la siguió, y antes de cerrar la puerta, nos miró a ambas con una sonrisa picarona y nos guiñó un ojo.
—Traten de no arrancarse los pechos, queridas. Nos vemos.
Yo me avergoncé, pero Isis no. Ella estaba perdida en sus propios pensamientos. Su madre iba a internarse con su batallón en una zona muy peligrosa y se enfrentaría contra las fuerzas de la Bruja. No tuve que ser muy inteligente como para adivinar su siguiente frase.
—Voy a ir con mi madre.
—Lo sé… —dije con un suspiro.
Yurita
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Mensaje por Yurita el Sáb Nov 26, 2016 2:48 pm
Aquí se termina esta partecita de Lemon xD, ahora sí empieza la historia de verdad.. gracias por resistir hasta aquí

Capítulo 4

Sabía que persuadir a Isis para que no fuera a buscar a su madre era una tontería. El hada derrochaba ternura, claro, pero también mucha pasión y con eso, una amplia convicción de proteger a sus seres queridos. Yo la comprendía. Si mi madre estuviera marchando a una muerte segura, no me sentiría quieta para nada ni tampoco me quedaría de brazos cruzados esperando la peor de las noticias o echándolo todo a la suerte.
—Vámonos. Recoge esas bolsas, Becca.
—Tú mamá se llevará una gran sorpresa cuando nos vea aparecer en el campo de batalla.
—Sí, y lo más probable es que también nos necesite.
Nos echamos las bolsas al hombro y nos internamos en el bosque. La noche ocultaría nuestra fuga, aunque tampoco es que hubiera alguien que se interesara por nosotras. Todas las otras hadas estaban escondidas en sus hogares prestando atención al toque de quedas que las Hermanas habían impuesto. Sólo porque la casa de Celesta estaba cerca de la salida del pueblo, no fuimos detectadas por las centinelas.
Una vez internadas entre la espesa vegetación, tomé la mano de Isis para no perderme ni caerme con algún tronco o piedra saliente. El hada podía ver con total claridad durante la noche, pero mis pobres ojos humanos no estaban adaptados a la luz.
—Estamos siguiendo una ruta paralela a la que tomó mi madre. Si continuamos, al amanecer podríamos interceptarlas.
—¿Y qué planeas hacer después?
—Marchar con ella a la guerra.
Me detuve abruptamente como si me hubieran golpeado el corazón.
—¿Qué dices? Pensé que ibas a decirle que volviera.
En la oscuridad, Isis me miró desconcertada.
—¿Volver? ¿Por qué haría eso? Mi madre y las Hermanas marcharon para proteger los portales y enfrentarse a la amenaza de la Bruja. No puedo pedirle que vuelva. Sería ir en contra de su deber y la matarían por eso.
—Pe-pero… pero yo no quiero ir a la guerra. ¡No quiero morir!
—Pensé que la humanidad amaba la guerra.
—¡Eso no es cierto!
Nos miramos de hito en hito durante un segundo. Isis, encogiéndose de hombros, siguió adelante.
—Puedes volver si gustas. Todo derecho. Yo continuaré.
—¿Me vas a dejar aquí? ¡Espera, voy contigo!
Cuando el primer rayo de sol se abrió paso por el cielo, Isis y yo finalmente encontramos el campamento de las Hermanas. Habían levantado tiendas y puestos de espionaje en un claro que a mi parecer sería fácil de bombardear en caso de que la bruja tuviera alguna clase de artillería.
Una de las centinelas nos vio surgir de entre los árboles y se aproximó hacia nosotras con la mano en la empuñadura de la espada que llevaba en la cintura.
—¿Qué creen que están haciendo aquí?
—He venido a ver a mi madre —replicó Isis —¡Valenta, por favor, déjame pasar!
—La capitana Celesta no estará nada feliz de verte, niña. ¿Qué hay de la humana? ¿Es tu mascota?
—Soy su novia —mascullé echándole mala cara al hada.
—Está bien. Pueden pasar. Tienen suerte de que haya sido yo quien las viera. Otra guardiana ya les hubiera metido una flecha en el corazón. Permítanme llevarlas hasta la tienda de oficiales.
Mientras que Isis caminaba con total seguridad entre las hadas, yo estaba mirándolas cono ojos de sorpresa. Todas, repito, eran iguales. Las únicas diferencias eran la altura de cabello y la complexión física, desde muy musculosas hasta otra extremadamente delgadas. Algunas lucían curvas muy femeninas y preciosas, mientras que otras eran varoniles y de voces roncas. También vi que entre ellas se hacían gestos cariñosos, como si fueran alguna clase de amantes secretas. No todas. Unas cuantas parejas nada más. Me sonrojé cuando vi detrás de una tienda a dos bellísimas Hermanas besándose, y eso me hizo pensar en Isis y en la forma en la que me amaba. Corriendo, me apegué más a ella y tomé su mano.
—Llegamos. Capitana Celesta. Tiene visitas
—¿Visitas? —la madre de Isis, con su armadura flamante, estaba mirando un mapa táctico junto con otras hadas oficiales. Al contemplarnos, su rostro adquirió un tono de furia desmedida. De dos grandes zancadas se acercó a su hija y le plantó una cachetada cuyo sonido resopló entre toda la tienda —¡¿Qué demonios hacen aquí?!
—Hemos… venido a ayudarte —fue lo que dijo el hada mientras se sobaba el golpe. Celesta, con las manos en sus estrechas caderas, me miró con gesto insultante.
—Supongo que esto fue idea tuya, humana. Mi hija nunca…
—Fue idea mía. No podía dejarte sola, mamá. ¡Por favor, deja que te sirva en esta pelea!
—Nada de eso. Ustedes dos darán media vuelta y se irán por donde vinieron.
— ¡Pero hemos recorrido todo el bosque para llegar contigo!
—¡Y ahora lo harán para volver a casa! Teniente Rusla, asigne a dos Hermanas para que lleven a estas chicas de regreso al pueblo.
—Sí, mi capitana. Por aquí.
Sin decir nada más, Celesta volvió a girarse a su mapa táctico y continuó, junto con otras mujeres, trazando líneas y anotando extrañas runas en él.
El hada llamada Rusla, una impresionante morena de ojos blancos y con una espada larga en la cintura nos llevó hasta la salida del campamento.
—Hermana Gray, Hermana Laerin, por órdenes de la capitana Celesta, acompañen a estas dos mujeres de vuelta al pueblo más cercano.
Sin replicar, aunque en sus caras se vio la sorpresa, ambas hadas nos acompañaron.
Íbamos en fila india. Isis y yo en medio de Laerin y Gray, quienes no habían soltado palabra alguna desde entonces, ni tampoco habían mostrado curiosidad por nuestra presencia. Se encargaban de mantenerse a raya de todo tema que no fuera de su incumbencia, y sus armaduras se movían silenciosas a medida que pasábamos por entre los arbustos y los helechos.
De repente Isis reaccionó. Todo sucedió en una fracción de segundo. Me empujó y de un veloz salto llegó a una rama. Realizó un espectacular giro y continuó su veloz carrera en dirección oeste.
— ¡Carajo! ¡Gray, ve por ella!
La Hermana gruñó y acató la orden. Yo me había quedado pasmada ante ese escape tan repentino de Isis. Nunca creí que pudiera hacer algo así, sobre todo cuando ante nosotras lo único que se extendía era un bosque plagado de quién sabe qué vicios y maleficios.
—Esa hada nos va a dar problemas —observó Laerin —. Tengo que ayudar a mi compañera.
—Pues ve.
—¿Te quedas aquí, humana?
—¿A dónde más podría ir?
Laerín pareció contenta y de un gran salto hacia los árboles se dispuso a seguir a Gray y a Isis.
Nada más verme sola, me arrepentí de haber dejado que ella se fuera. El bosque se me antojaba mucho más extraño entonces, con distintas alimañas mirándome desde todas direcciones. Era como ser observada por alguna clase de cazador furtivo. Me agaché para esconderme entre los arbustos a esperar a que la sensación de ser vigilada se fuera.
Las dos hadas no regresaron. Calculé que había pasado una hora desde que se fueron. ¿A caso se habrían perdido? ¿A caso algun peligro se había hecho con sus vidas? La simple idea de que Isis pudiera estar en problemas hizo que se me encogiera el corazón, así que me dispuse a moverme en la misma dirección por la que las otras hadas se habían ido.
No obstante, nadie me había dicho que los bosques feéricos pueden ser engañosos. Cuando consideré que era una mala idea abandonar mi puesto, quise regresar. No obstante el camino parecía haberse desdibujado para mí.
—Dios… ¿en dónde estoy?
Di vueltas en círculo, tratando de recobrar el sentido de la orientación. Me pregunté cuáles serían los puntos cardinales y traté de descubrirlos mirando al sol, sin embargo las gruesas copas de los árboles me lo impidieron.
—¡Isis! —grité, ya desesperada — ¡Isis! ¿En dónde estás?
Ninguna respuesta.
Aterrada por un miedo poco natural, retrocedí. No me di cuenta de que choqué contra otra persona cuando ya fue muy tarde. Giré sobre mis talones y recibí una bofetada en la cabeza que me dejó turulata durante un momento, el suficiente como para que perdiera el equilibrio y cayera a la húmeda tierra del sotobosque. Con la visión borrosa, alcancé a ver a una persona cubierta por un albornoz de monje. Se quitó la capucha y una delicada cabellera pelirroja se deslizó como una enredadera.
No logré ver el rostro de la criatura, pero sí escuche su voz.
—Anda… eres una humana como yo.
Aquello fue lo último. Antes de poder responderle, la chica me cubrió la nariz con un trapo. Aspiré, sin querer, un aroma agrio que poco a poco taladró entre mis neuronas y antes de darme cuenta, ya estaba dormida.

No desperté hasta quién sabe cuando, y no me hallaba en el bosque. Estaba pues en una casa de paredes irregulares de piedra y techo de madera. Una cama de paja me mantenía caliente. Una chimenea encendida en un rincón irradiaba algo de luz y la leña crujía dentro del fuego.
—Te has levantado al fin.
En la tenue luz vi de nuevo a la mujer de rizos rojos. La piel era clara, como si viniera de una lejana tierra de hielos perpetuos, el rostro pecoso y larga melena carmesí. En sus facciones había algo inquietante, tal vez maternal y comprensivo.
—¿Quién eres… tú?
—Darya Alanova. Soy rusa. ¿Tú eres…?
—Rebeca. Soy de Grecia.
—Qué felicidad —sonrió la rusa —. Nunca me imaginé encontrarme con otra humana. Anda, ponte de pie ¿puedes caminar, muñequita?
—Sí… creo que sí.
—Perfecto, porque hay mucho trabajo por hacer.
—¿Qué trabajo?
No lo había visto, pero en ese momento noté el rifle de cazador que Darya llevaba en la mano.
—Vamos a conseguir la cena, por supuesto.
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Mensaje por Yurita el Sáb Nov 26, 2016 2:49 pm
Capítulo 5

El bosque feérico era diferente por la tarde, como si algo más estuviera flotando en el aire. Algo sobrenatural que nos envolvía con una aplastante sensación de estar siendo observadas como corderos deambulando por la inmensidad del lugar. Sin embargo, Darya iba muy tranquila, con el fusil bajo el brazo y el cinturón con municiones en la cintura. El cabello rojo atado en una coleta se balanceaba de un lado a otro.
—¿De dónde vienes? Bueno, de Rusia, pero… ¿cómo es que estás aquí? ¿De dónde sacaste esa arma?
—Era de mi papá. Es un Tokarev SVT. Lo usó para matar fascistas alemanes antes de que… bueno, antes de que termináramos aquí.
—¿Está él?
—No. Murió un año después de nuestra llegada a este extraño mundo. Está sepultado cerca de mi cabaña. Yo me la he pasado sola desde entonces. No me da miedo, bueno, no tanto como al principio. Papá y yo éramos civiles que huían de la invasión. Nos refugiamos con otros camaradas en los bosques. De repente, un día de verano, antes de la gran ofensiva, se nos apareció un hada y nos transportó aquí. Luego nos dejó a la suerte. Si no fuera por nuestras armas, ni yo estuviera aquí, y seguramente tú tampoco, pues de no haberte encontrado…
—Estaba buscando a mi… amiga. Un hada llamada Isis.
—No la conozco. Yo no me llevo con ellas. De hecho, las detesto. Esa hada nunca nos dijo por qué no trajo. Simplemente nos metió en éste mundo de mierda. Aprendimos a sobrevivir por nuestra cuenta. Llevo dos años metida aquí.
Tragué saliva, nerviosa. Me pregunté si yo también tendría que pasar tanto tiempo metida en éste sitio.
—¿Cómo es que llegaste tú, Rebeca?
—Pues… mi amiga hada me trajo aquí porque mi vida peligraba. Una bruja nos quería secuestrar.
—Ah… la bruja. Sé poco sobre ella. Las hadas la detestan. Es su enemiga natural. Hace un año sus fuerzas hicieron una incursión cerca de aquí y mataron a catorce Hermanas. ¿Puedes creerlo? Tan fuerte es.
—¿La has visto?
—A la bruja. Sí… parcialmente. Tiene el cabello plateado y es joven. Eso es todo lo que sé. No hay más. Ruega por no encontrarte en su camino. Algo que he aprendido en estos dos años es que las hadas y la Bruja están en constante guerra.
—Bueno, algunas Hermanas fueron movilizadas para proteger los portales.
—Eso explica por qué han interrumpido la calma del bosque. ¡Ah! Al suelo.
Sin saber qué pasaba, me eché detrás de un tronco. A mi lado, Darya Alanova apuntó el rifle al frente, apoyándolo en el tronco. Miró por la mira telescópica de su Tokarev. Tomó aire. Lo soltó lentamente y tiró del gatillo. El disparo del arma reverberó por todo el bosque y se extinguió lentamente.
—Bien. Tenemos la cena. Espero que te guste el opalín.
—¿Qué cosa?
—Es un ave muy rica. Sabe a pavo y yo lo preparo de una manera tal que se te hará la boca agua. Ven. Cocinaré la cena para ti.
—No quiero ser una molestia…
—Tonterías, Rebeca. Eres la primera humana que veo y me siento muy feliz de tenerte como invitada.
Sonreí un poco y acompañé a Darya a buscar al susodicho opalín, que parecía más bien una gallina gigante con un mechón de plumas doradas en la cabeza. Pesaba lo suyo, casi diez kilos, y la rusa cargó al ave muerta con mucha facilidad. Me dio el Tokarev para que llevara. Era la primera arma que sostenía, y su peso, su consistencia, me hizo sentir de repente un poco más segura que antes.
—Entonces… eres de los años cuarenta ¿verdad?
—Sí. ¿Tú de qué siglo vienes?
—Del veintiuno. Año dos mil dieciséis.
—Ah, vaya. ¿Cómo le fue a la Unión Soviética?
—Bueno… se desintegró.
—¿Qué? ¿Estás bromeando? Pero… pero Rusia sigue siendo grande ¿verdad?
—Es uno de los países más grandes del mundo.
—¿Vencimos a Alemania? ¿Llegamos a Berlín?
—La bandera roja hondeó allí. Sí. Los nazis fueron derrotados por los Aliados.
—Ay… menos mal. Si es así, entonces me siento más tranquila. Qué bueno tener una amiga del futuro.
Ya dentro de la cabaña, Darya encendió unas extrañas lámparas que en realidad eran piedras rojas empotradas en las paredes a las que bañó con un líquido salino, y mediante una simple reacción química, comenzaron a despedir una bonita luz rosada. También prendió fuego a la leña de la chimenea y se quitó el abrigo.
—¿Dónde pongo tu rifle?
—Cuélgalo en la pared. Pon un poco de agua en esa olla y déjala en el fuego. Si quieres, puedes ducharte en el baño. Construí con mi padre un simple sistema de tuberías que extrae agua de un estanque que está aquí cerca.
—Ah… gracias.
—Tengo algo de ropa en ese baúl. Puedes elegir la que quieras. No es por nada, pero hueles un poquito a sudor.
—Eres amable.
—Tengo que serlo. No quiero que mi invitada se vaya ¿verdad? —me guiñó un bonito ojo y me hizo sentir auténticamente en confianza.
No voy a mentir. Era la primera humana que veía en el mundo feérico y tampoco me interesaba enemistarme con ella. No con ese Tokarev colgando de la pared.
Me metí a bañar sin dejar de pensar en Isis, y la forma tan desesperada en la que había escapado de las otras hadas. Me dolió el corazón al recordar cómo me empujó y se fue sin molestarse en mirar atrás. Quizá… quizá yo no le importaba en lo absoluto. Tal vez entre hadas y humanos no habría amor. O al menos no en la misma sintonía.
—¿Estás bien, Rebeca? Llevas allí un buen rato.
—Ah, sí. Ahora mismo salgo.
Me coloqué unos pantalones y una camisa, que eran visiblemente más cómodos que el cortísimo vestido que traía puesto, y además me cubrían del frío nocturno que comenzaba a entrar.
Durante un buen rato de la noche, ayudé a Darya a cocinar el extraño animal que había cazado. El tiro que dio con su rifle fue certero en el corazón del ave. Lo desplumó y luego de sacarle todas las tripas y cortar la carne con su cuchillo militar, dejó que se asara sobre el fuego de la chimenea. También preparó una sopa con setas y frutos. Y todo esto escuchando alegrescanciones clásicas rusas que salían de una radio de casette que recibía energía eléctrica de la misma reacción química entre la solución salina y los cristales rojos.
—¿Dónde hallaste tus ingredientes?
—Hay un pueblo por aquí cerca. Salgo a cazar y mediante trueques, cambio a mis presas por otras cosas.
—Eres muy autosuficiente.
—Sí. Tengo que serlo. ¿Sabes? Creo que es cosa del destino que te encontrara.
—¿Destino?
—Sí. Es decir… de entre toda la inmensidad de este sitio, te hallé a ti. ¿Por qué? Tal vez… fuiste transportada a este mundo por la misma razón que yo. Quizá las cosas se tejieron para que tú y yo estuviésemos aquí.
—Creo que exageras un poco. Me pregunto si seremos las únicas dos humanas en todo el mundo.
Darya Alanova pensó seriamente en esto, y mientras cenábamos, se mantuvo callada. Tal vez se habría molestado conmigo por no creer en su teoría del destino.
—Lo siento. Sólo estoy algo reflexiva —dijo tras beber su último sorbo de sopa —, y con respecto a tu pregunta… puede que no seamos las únicas humanas. Me gustaría encontrar a más gente.
—A mí también. Y también quiero hallar a Isis. Necesito volver al lugar donde ella vive, pero no tengo ni idea de dónde es. Sólo sé que cerca está el castillo de la reina.
—Te refieres a la ciudad de Wanborn. No está tan lejos de aquí.
—¿Puedes guiarme hasta allá?
Lentamente, Darya bajó su plato y frunció las cejas.
—¿Te vas? Pensé que te quedarías conmigo.
—Bueno… no. Isis me necesita. Su mamá es una capitana de la guardia feérica. Originalmente nosotras estábamos volviendo a Wanborn antes de que nos separáramos.
—Pero… son hadas y tú, humana. Deberías de quedarte conmigo. Yo te protegeré mejor que ellas.
—Gracias, pero Isis es mi… mi mejor amiga. Desde niñas lo hemos sido.
La rusa guardó silencio un momento.
—No, por favor. Me costó encontrarte y ahora ¿te irás? Al menos quédate conmigo unos días. He olvidado… — movió una mano para acariciarme la mejilla suavemente — qué se siente estar en compañía de otro ser humano. Llevo un año aislada, sola. Por favor, Rebeca. No te vayas todavía.
Lo dijo con tal suavidad, tal ternura, que avergonzada, asentí.
—Me quedaré un poco. Un día nada más ¿de acuerdo? Y si quieres… puedes venir conmigo a Wanborn.
—¡Oye! Eso suena bien. Quizá pueda intercambiar algunas cosas.
—Sí. ¿Ves? No tenemos por qué separarnos.
—Bien, me agrada la idea, pero de una vez te digo que no quiero dejar esta cabaña. La construí con mi papá y no la abandonaré para que el bosque se la trague.
—Entonces… será como nuestro refugio secreto ¿vale?
—Sí. Exacto. Ningún hada conoce éste sitio. Además ellas no se aventuran en este sector. Creen que el bosque está protegido por seres llamados Ancestrales.
—¡Existen! Me encontré con uno. Un lobo…
—Hablas de Menfis ¿verdad?
—Lo conoces.
—Sí, bueno. A su esposa, Taryn. Hace dos meses que no veo a ninguno de los dos. Ellos gobiernan esta zona y mantienen a las hadas lejos. Para poder quedarme aquí, tuve que demostrar mi fuerza.
—¿Cómo?
—Asesinando a un orco que estaba merodeando solitario por estos sitios. Le metí un tiro entre los ojos y se quedó laxo para siempre.
—Has… matado.
—Pero era un orco. Créeme. Son como animales.
—Ah… vaya.
—No te asustes de mí —replicó, tomándome de ambas manos y cerrándolas cariñosamente dentro de sus puños —. Yo te defenderé. Primero que nada porque también eres una mujer, segundo, porque eres la primera con la que me topo por aquí y tercero… porque quiero que seamos amigas.
—Lo seremos —sonreí.**

***

Bueeeeee, esos son todos los capítulos que tengo hasta el momento xD, así que gracias por la oportunidad de compartirlos con ustedes, y me iré dando vueltas por este forito nuevo para mí owo un saludo!
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Mensaje por Delfi22 el Sáb Nov 26, 2016 7:25 pm
Mira que primero nos alborotas las hormonas y después nos avientas un balde de agua fría....jajajaja... Cool

Muy buen inicio de tu historia, que ya me engancho solo espero y no tardes con el siguiente capítulo..

Y bienvenida al forito...Exclamation

Que estés bien..
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Mensaje por Yurita el Dom Dic 04, 2016 11:20 pm
@Delfi22 escribió:Mira que primero nos alborotas las hormonas y después nos avientas un balde de agua fría....jajajaja... Cool

Muy buen inicio de tu historia, que ya me engancho solo espero y no tardes con el siguiente capítulo..

Y bienvenida al forito...Exclamation

Que estés bien..

jajaja tu crees? bueno, la verdad es que si tengo una imaginación algo perversa! me alegra que les esté gustando. disfruten el capítulo nuevo
Yurita
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Mensaje por Yurita el Dom Dic 04, 2016 11:23 pm
La mañana del día siguiente era fría. De hecho fue la baja temperatura la que me despertó y aunque estaba cubierta por las mantas de lana, la verdad es que se me estaban congelando los pies. Por la ventana apenas entraba un poco de luz matinal. Gracias a eso vi que Darya todavía estaba dormida sobre una silla con el respaldo apoyado contra la pared y las piernas descansando en el borde de la mesa. Aunque la cama era suficientemente grande para las dos, se había negado a compartir espacio conmigo.
—Es mejor que duermas tú en ella, ya que no estás acostumbrada al frío.
—Puedo darte un espacio.
—No te preocupes por mí. Si te enfermas, no hay mucho que yo pueda hacer.
Debido a eso ella se la había pasado en esa incómoda silla. Me sentí apenada, como una visita molesta.
Me calcé los zapatos, tomé la manta que me envolvía y se la puse para que le diera mas calor. De cerca, vi la serenidad que había en su cara, los rizos rojos que le caían sueltos del gorro de lana que llevaba sobre la cabeza y el rostro con forma de corazón. Sus labios eran muy delgados, y sus pestañas, largas y refinadas al igual que su chata nariz. Viéndola de esa manera nadie podría decir que Darya Alanova era una experta con el rifle francotirador.
Me fui a calentar las manos en los rescoldos que quedaban de la chimenea. Agradecí los pantalones y la camisa de algodón, porque con el minúsculo vestido de hada, mis muslos ya serían columnas de hielo. Fue entonces que un cosquilleo en la nariz me hizo estornudar. Darya brincó y agarró su rifle por acto reflejo.
—¡¿Qué pasa?!
—Nada. Estornudé.
—¿Te enfermaste?
—No… sólo es una alergia.
Mas tranquila, Darya se estiró y crujió la espalda.
—Ponte calientita. Prepararé unos huevos revueltos.
—¿Hay gallinas por aquí?
—No precisamente, pero hay unas aves que son muy parecidas y sus huevos son de doble yema. Espera aquí y enciende la chimenea. Después de desayunar, te llevaré a la ciudad de las hadas.
—Gracias.
Asintió nada mas, como si no estuviera muy segura de querer mostrarme el camino. Eso significaría que nos separaríamos, y en cierta manera yo no deseaba perder el contacto con la única humana que había conocido, así que me sentí un poco desleal al dejarla, aunque apenas la conociera.
Desayunamos tranquilas y en silencio. Era incómodo, a decir verdad. Me sentía culpable sin saber por qué.
—Entonces… todo el tiempo es así de frío.
—Sí. Por eso es que hay que mantenerse caliente. Además el invierno, que ya está cerca, es peor. En esas noches de tormenta no podía salir y me quedé atrapada aquí durante unos días. Por suerte tenía provisiones.
—¿No te has vuelto loca estando sola?
—En lo absoluto. Siempre he tenido en mente de que alguien vendría a buscarme, y al parecer, cuando ya comenzaba a resignarme, apareciste tú. Estoy muy agradecida.
—Ya… — bebí de mi taza de café para ocultar mis mejillas rosadas —. Esta cosa es café de verdad.
—Parece, pero no. Sabe igual ¿verdad?
—Es delicioso.
—Me alegra que te guste —dijo guiñándome un ojo azul —. ¿Dormiste bien?
—Sí. Te dije que podía darte un lado. Es tu cama.
—Tú eres mi invitada, Rebeca.
—Lo sé… no quiero ser una molestia.
—Pues no lo eres. Andando, vamos a la ciudad. Llevaré algunas cosas para intercambiar.
Darya cerró todas las ventanas. Llenó una mochil con munición que extrajo de un baúl y también se metió una pistola en la muslera.
—Eres como una paramilitar o algo así.
—Fuimos transportados con todo un camión de provisiones —fue todo lo que dijo.
Abrí la puerta de la cabaña y miré al neblinoso bosque. El viento frío me sopló en la cara y me hizo temblar. Luego apareció Darya, y con cuidado me colocó un abrigo sobre los hombros.
—Toma. Te servirá.
—Gracias.
—Deja de agradecerme por todo. Vamos, si te pierdes en la niebla, me costará encontrarte.
Tenía razón, así que como medida de precaución, me apresuré a tomarla de la mano. Darya miró ese contacto y sonrió casi imperceptiblemente. Sus ojos azules me quisieron decir algo, aunque no supe qué, y así, con los dedos entrelazados, comenzamos el camino de regreso a la ciudad principal del reino.
—¿Qué más has descubierto sobre este lugar?
—Uhm… sé que hay muchas hadas y todas son mujeres. Se reproducen de forma asexual, lo que no tiene chiste ¿verdad?
—Ah… creo que no.
—Sin el sexo, ¿cuál es el punto de procrear?
Me reí. Era chistoso. Como si todas las hadas fuesen lesbianas. Eso me hizo recordar el cálido tacto de la lengua de Isis sobre mi clítoris, la forma tan excelsa en la que nos habíamos amado en su cama, el sabor de sus zonas mas ocultas… la turgencia de sus senos. De repente me sentí caliente y no sólo por el abrigo de Darya.
—Cuidado con esa piedra.
—Ah…
—Nunca comas esos frutos, los azules son tóxicos, pero los rojos son saludables.
—Ya veo.
—Los bosques a veces parecen cobrar vida y son engañosos. No te sueltes de mí, Rebeca.
—Está bien. Te tengo bien sujeta. No iré a ningún lado.
Bien, bien. Lo admito. Me sentía segura junto a Darya, y el hecho de que su inseparable Tokarev STV nos acompañara, doblegaba mi calma. Estaba segura, aun sin saberlo, que Darya era la mejor francotiradora de por aquí. Podría asestarle un tiro a cualquier cosa. Ella me defendería mientras yo me acostumbraba a los peligros que nos acechaban de un lado a otro.
Anduvimos durante toda la mañana, pero el tiempo se me hizo corto porque la rusa aprovechó para darme consejos de supervivencia. Me enseñó qué frutos eran saludables, cuáles no, y cómo hacer una fogata y qué lianas eran las mejores para fabricar cuerdas.
—¡Ah! ¡Mira eso! Espera, quédate aquí.
—¿Qué es?
Me dio su rifle. Desenfundó su cuchillo y lo puso en sus labios. Luego, con la agilidad de un mono, escaló por un árbol de tronco blanco y ramas frondosas.
—¡Darya! ¡Te vas a caer!
—¿Ves estos frutos? Saben igual que las uvas.
—¿De verdad?
—Te encantarán. Anoche me dijiste que te gustan las cosas dulces.
—Sí… pero…
—Tienes que atraparlas.
Con gran habilidad, columpiándose en las ramas, Darya cortó el primer racimo de frutos. Ahuequé las manos para recibirlas y las dejé en el piso.
—Allí va otra.
—¡Las tengo! Son suficientes. Baja.
—Voy.
Usando rápidos saltos, Darya aterrizó suavemente en el piso. Sacó un pañuelo de su gabardina y con ella limpió las uvas.
—Ten. Disfrútalas.
—Están ricas ¡Dios! Se me hace la boca agua.
—Te lo dije.
—Ten.
—No, gracias. Yo las odio.
—Entonces… ¿por qué subiste?
—Para ti, claro.
—No tenías qué.
—Te meteré un tiro si me das las gracias —bromeó con absoluta seriedad.
Me reí y volvimos al camino, de tal forma que para el medio día ya estábamos en un sendero que nos llevaba a la ciudad. Ya no hacía calor, así que me puse el abrigo en la cintura e iba yo muy campante disfrutando de las dulces uvas. Darya tarareaba una canción y silbaba, feliz. Estaba tan acostumbrada que ya se sentía en su medio.
De repente reaccionó violentamente y me empujó a los arbustos. Caímos muy cerca una de la otra. Sin decir nada mas, me tapó la boca con la mano.
—Silencio. No te muevas.
—¿Qué pasa?
Me oculté detrás de un árbol y Darya en otro. Levantó el Tokarev y tensó el dedo sobre el gatillo. Yo miré qué era lo que veía detrás de la fila de árboles al otro lado del camino, pero era tal la densidad de la maleza que no distinguí absolutamente nada. Tampoco había ruido alguno del exterior. Me moví para ver mejor, asomé la cabeza. Algo pasó silbando que me agitó el cabello, y de manera automática, el estallido del disparo de Darya se extendió por todo el bosque.
—¿Eh?
—¡¿Estás bien, Rebeca?!
—¿Qué fue…?
Me toqué la mejilla. Sentía algo caliente en la piel. ¡Sangre!
—¡Rebeca! —exclamó Darya y se apresuró a moverse hacia mi posición. Dejó el rifle en el suelo y me limpió la cortada de la mejilla con su pañuelo —. Te pasó tan cerca…
—¿Qué demonios…? —dije todavía incrédula.
—Cazadores. Son elfos, una raza en decadencia. Fueron aplastados por las hadas hace doscientos años y la mayoría ahora vive nómada. No se acercan a las ciudades. Pudo matarte.
—¿Matarme? —La sangre… ¡mi sangre! Impregnada en ese pañuelo, hizo que mis ojos se cundieran de lágrimas. Imaginé cómo se hubiera visto el disparo atravesándome.
Darya me soltó y recogió la flecha que se había clavado en el tronco de un árbol detrás de mí. La punta aguda y metálica pudo haberse incrustado en mi ojo, atravesarme el cerebro… matarme.
—¡Fiu! Qué buena flecha, pero la puntería de ese elfo era despreciable. Le metí un tiro justo en la frente…
—¡Darya! —grité.
—¿Qué?
—¡Casi me matan!
—Casi…
Aterrada todavía, sin saber qué hacer, me lancé a los brazos de Darya y la abracé con tanta fuerza que quería meterme dentro de su cuerpo para sentirme protegida. ¡Carajo! ¿Cómo se supone que debería de reaccionar cuando un tiro casi me perfora la cabeza?
—No quiero morir aquí…
—Ya… ya —dijo ella con voz maternal —. Mientras estés conmigo, no dejaré que nadie te lastime.
—¿Realmente es así?
—En la Unión Soviética, maté a tres fascistas alemanes con sendos tiros… y llevo todavía el orgullo de la Bandera Roja en mis dedos. Por ese orgullo, por mi amor a la Madre Patria… no permitiré que nada nos pase, Rebeca. No temas.
La miré con ojos llorosos.
—Gracias.
—De nada.
****

Awww esa Darya... tan leal y tan amable con nuestra Rebeca xD, pero pobre de la que quiera meterse con ella porque le meterá un tiro en la cabeza. Hay que admitir que la rusa tiene su encanto, tan salvaje como dulce ¿verdad? gracias por leer, y no olviden pasar por mis otros relatos lemon +18
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Mensaje por Delfi22 el Lun Dic 05, 2016 2:45 pm
Solo me imagino a la rusa y a la hada enfrentadas por la atención de Rebeca--aunque Isis le lleva algo de ventaja a la dulce y salvaje Darya--
Espero que pronto aparezca la bruja malvada*quiero guerra*..no, mentira..Bien a la espera del siguiente...Que estés bien..
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Mensaje por Yurita el Dom Dic 11, 2016 6:53 pm
@Delfi22 escribió:Solo me imagino a la rusa y a la hada enfrentadas por la atención de Rebeca--aunque Isis le lleva algo de ventaja a la dulce y salvaje Darya--
Espero que pronto aparezca la bruja malvada*quiero guerra*..no, mentira..Bien a la espera del siguiente...Que estés bien..

ajaja sii puede ser, pero honestamente creo que un tiro rápido del fusil de Darya dejaría a Isis fuera de combate!
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Mensaje por Yurita el Dom Dic 11, 2016 6:56 pm
No todos los días alguien intentaba volarme la cabeza con una flecha, y por eso encontraba desesperante no saber cuándo vendría el siguiente ataque. Lo mejor que pudimos hacer fue caminar más aprisa para salir de ese sendero y llegar a la ciudad de Wanborn lo más rápido posible. Me encontraba al borde de los nervios porque mis sentidos se habían puesto más alerta y por todos lados me parecía escuchar ruidos raros y amenazantes.
—Ya llegamos —anunció Darya Alanova.
—Uf… menos mal.
Wanborn, desde el cerro donde estábamos mirándola, lucía más hermosa e imponente. Una gran cordillera de picos congelados la amurallaba desde el norte, y un espeso bosque al este. Al oeste, el océano brillaba reflejando la luz del sol.
—Entonces deberíamos de movernos rápidamente. Quiero ver si Isis está aquí.
—Se ve que esa hada es de suma importancia ¿verdad?
—Es una buena amiga —le mentí. De alguna forma no consideraba oportuno ni necesario decirle que Isis era mi novia, mi amante, la chica a la que quería tener en mi cama durante mucho tiempo. Me sentía en deuda con ella por haberme salvado la vida, aunque ciertamente estaba ofendida por la manera en la que me empujó y usó para correr de las hadas guardianas —. Su madre está combatiendo en una zona alejada de aquí y nosotras partimos para ir a visitarle.
—Y ella volvió a la acción. Tiene agallas.
—Sí, y también es una tonta. Ella no es una guerrera.
—Los guerreros nacen, Rebeca. La desesperación es lo que impulsa los actos más heroicos.
—Tú sabes de que hablas ¿verdad?
—Ya me comprendiste.
Sonreí y acaricié el hombro con afecto. A su modo, (un horrible modo) Darya también había sufrido en la unión soviética cuando los alemanes invadieron su país. Ella había visto las partes más sanguinarias de la guerra y yo sentí que debía de respetarla sólo por eso.
Entramos a la ciudad, directo a la calle central que conducía al palacio de la reina Morgana, cuya imponente presencia todavía estaba grabada en mi memoria. Sin embargo no iríamos a verla a ella, sino a Isis. Concretamente, a su casa.
Las calles estaban atestadas de hadas, todas mujeres, por supuesto. Después de haber probado las mieles de una, de sentir las caricias de la lengua de una en mis partes más ocultas y de, al mismo tiempo, haber amado el cuerpo femenino en todo su esplendor, me encontré con que cada una de esas bellas hadas despertaba en mí deseos carnales que quizá había estado reprimiendo desde la secundaria. Se paseaban con cortos vestidos, mostrando fuertes y torneadas piernas, turgentes senos, hermosos hombros y rostros ovalados llenos de sabiduría e inocencia a la vez.
—¿Estás bien? Te veo toda sonrojada —me dijo Darya.
—Sí… ven. La casa de Isis y de Celesta está por aquí.
Las que me despertaban un peculiar interés eran las Hermanas, altas guerreras feéricas que estaban dispuestas cada dos esquinas en patrullas de tres o cuatro miembros. Sus capas ondeaban suavemente a sus espaldas, sus armaduras metálicas tintineaban y reflejaban la luz, y por sobre todo, sus rostros idénticos les daban una apariencia rara y majestuosa.
—Siempre me han parecido espeluznantes —dijo Darya con la mano en la pistola de su muslo —. Son hadas artificiales ¿lo sabías?
—No. ¿Qué quieres decir?
—Las hadas naturales nacen por capricho lunar. Las Hermanas son diferentes. Ellas han sido creadas por el Gremio de Nigromancia como una respuesta a los continuos ataques de seres demoniacos en los límites del mundo feérico —se acercó más a mí para susurrarme al oído —. Dicen que están hechas de partes de hadas masacradas y que todas han sido animadas por el poder de un hada suprema, una que está por encima de la fuerza de Morgana. Por eso es que todas se parecen, porque provienen de la misma madre.
—¿Qué tan cierta es esa información?
Se encogió de hombros.
—Te ofrezco el beneficio de la duda.

Llegamos hasta la casa de Isis, cuya puerta estaba trancada, así que la rodeamos y entramos por la parte trasera.
— ¡¿Isis?! ¡¿Hola?!
—¡Alto allí! —gritó una Hermana, asomándose repentinamente de una de las habitaciones.
Yo grité. En un parpadeo, Darya Alanova apuntó con su Tokarev al hada y tensó el dedo en el gatillo.
—Quieta allí, mariposa. Te volaré la cabeza pálida si das un paso más.
—¿Cómo te atreves a hablarme así, humana?
Esta desenfundó su espada. Darya apretó el gatillo y el Tokarev escupió un disparo que rosó el cabello del hada y se incrustó en la pared. Rápidamente metió otro tiro en la recámara.
—No te muevas.
—Tú…
—Alto, Rinma.
Una segunda hada apareció detrás de nosotras. Sólo yo me giré. Darya seguía apuntando a la cabeza de la Hermana.
—Humana, baja esa cosa. No vamos a lastimarte. Y tú también, Rinma. Deja de ser tan beligerante.
Tanto Darya como el hada escondieron sus respectivas armas.
—Me llamo Nuria —la Hermana era idéntica a su compañera, sólo que con el pelo rizado y sujeto por un listón —. Tú debes de ser Rebeca ¿verdad?
—¿Cómo es que me conoces?
—Porque Celesta nos informó de que tú y su hija regresarían. ¿En dónde está Isis?
—Eso esperaba averiguar.
Nuria frunció las cejas y cruzó los brazos. El hada era tan alta que Darya y yo apenas le llegábamos al pecho.
—Eso se oye mal. Isis es la hija de una de las más grandes comandantes del Ejército. Necesitamos encontrarla.
—Lo último que sé es que se escapó de unas hadas que nos estaban custodiando de regreso. Yo… me perdí. Darya me encontró y me protegió hasta ahora.
—Ya veo. Eres la tercera humana que veo en estos días.
A las dos se nos encendió la sangre.
—¿Hay otra humana?
—Sí. Una muchacha de piel oscura. Robó comida a un pelotón de Hermanas y se escondió en el bosque.
—¿En qué dirección?
—Hacia las montañas.
No tuve que ser muy lista par saber que Darya ya estaba planeando en cómo encontrar a esa otra muchacha. Yo también tenía curiosidad, pero lo que más me interesaba a estas alturas era en saber qué le había pasado a Isis.
—Cuando tengamos noticias de ella, te las haré saber. Mientras tanto debes entender que la guerra es peligrosa. Ya hemos recibido un recuento de las primeras bajas a causa de seres demoniacos provenientes desde el norte.
Bajé la cabeza, apesadumbrada.
—No tienes por qué inquietarte —dijo Nuria con voz amable y me acarició la cabeza —. Aunque lo que te haya dicho la reina pueda ser verdad, lo cierto es que los seres demoniacos siempre han estado aquí cometiendo atrocidades. Sólo últimamente han sido más activos. Más que una guerra, son escaramuzas. No te sientas culpable.
—Gracias por esas palabras.
—Son libres de quedarse aquí si quieren y aguardar el regreso de Isis. Si lo hace, entonces informen a la primera patrulla de Hermanas que vean y ellas se comunicarán conmigo.
—Claro. Lo haremos.
—Bien. Vamos, Rinma.
El hada beligerante y Darya se miraron fríamente, matándose con la mirada. Las dos Hermanas salieron de la casa y sólo entonces las dos pudimos relajarnos. Darya se fue a recostar en la cama de Isis, la misma donde mi dulce hada y yo habíamos hecho el amor, donde me llevó a la cima del placer con su hábil lengua y la suavidad de sus senos. Entonces fue cuando, al ver a Darya tumbada en ese mismo colchón, algo en mi mente, en la imaginación activa, se dibujó un cuadro de cómo se vería el desnudo cuerpo de la chica rusa, cómo serían sus piernas fuertes, sus caderas delineadas y las cumbres de sus pechos.
Aclaré mi cabeza de esas ideas. No quería seguir teniendo esa clase de pensamientos lujuriosos con las mujeres. Había probado el sexo con una, ¡y había sido fantástico! Pero no por ello iba a dejar que mi sexualidad cambiara tan pronto de preferencias.
—Sé que no piensas quedarte conmigo, Darya.
—Quiero ir a encontrar a esa otra chica. Debe de estar como tú o como yo: asustadas.
—Tú no me pareces asustada —le dije, dejándome caer junto a ella en la cama.
—Pues aun así… si te encontré a ti, puedo encontrarla a ella.
—Tengo que esperar a Isis.
—Lo sé.
Abrió los ojos y me miró con un gesto dulce.
—¿Estarás bien sin mí?
—Tal vez… tal vez sí.
—Ese tal vez no me satisface. Esperaré contigo a que regrese el hada, pero si no es así, deberemos de marcharnos.
A duras penas la podía comprender. Allá afuera, en las montañas, otra humana estaba perdida, arriesgando la vida al robarle comida a las Hermanas, quienes no dudarían en clavarle las espadas y cortarla en pedacitos. Lo correcto era encontrarla y ayudarla tal y como Darya había hecho conmigo. Por otra parte, yo no quería separarme de ésta cama que tantos recuerdos me traía.
—Bien, descansaremos aquí por un rato y después saldremos al mercado para intercambiar los minerales que traje. A las hadas les encantan las piedras brillantes y pagan bien, en stellas, a veces.
—¿Qué es eso?
—La moneda oficial del reino. Están hechas de oro.
—Se oye bien.
Nos quedamos en silencio durante un largo rato, descansando nuestros cansados pies de la caminata. En algún punto, Darya se quedó dormida y yo aproveché para tocar el Tokarev que había dejado en la mesa. El arma pesaba lo suyo, y era tal poder que me transmitía que durante un segundo me sentí auténticamente invencible. Jugué con el arma. Vi a través de la mira y traté de apuntarle a algo.
—¡Bang! —exclamé e imaginé cómo se vería la cabeza de un elfo reventando. El mismo elfo que me había querido sacar los sesos con su flecha.
—¿Qué haces con mi arma? —preguntó Darya, visiblemente molesta.
—Eh…
—¡Déjala allí! No es un juguete.
—Vaya… perdón. Sólo quería sentir el poder.
—El poder de matar.
—Bien… lo siento.
—Ven, Rebeca.
Volví a la cama y me senté.
—¿Te enojaste? No quería jugar con el Tokarev… sólo me pareció interesante.
—No es eso. Pudiste haber disparado por accidente. Ese cañón puede fácilmente abrirle un agujero a una persona, y si te da en alguna otra parte del cuerpo, producirá mucho daño. Si quieres aprender a manejar un arma, puedo darte mi pistola.
—Ah… yo sólo tenía interés en saber qué se siente sostener un rifle… no quisiera disparar uno.
Sonrió y me tocó las manos.
—Bien dicho. Por ahora deja el asunto de las armas para mí. Si quieres aprender a defenderte, puedo darte algunos consejos pero no serán la gran cosa. Yo no soy soldado.
—Para mí eres la persona más valiente del mundo.
—¿Te sientes segura conmigo?
—Sí.
—Así está bien —ahora sus manos estaban acariciándome los brazos y sus ojos miraban con comprensión a los míos —. Estarás bien si te quedas junto a mí. Eres demasiado bonita como para andar sola por el bosque. Los elfos querrán volver a atraparte.
—No vuelvas a mencionar eso —le pedí, con escalofríos a flor de piel.
—Los elfos son corruptos, traidores y escurridizos. No te apures. Son muy pocos y raramente se acercan a las hadas. Con las Hermanas aquí, no deberías de temer
—Pues… si tú lo dices.
Darya Alanova sonrió como una hermana mayor enseñándole una valiosa lección a la menor. Luego de eso agarró su rifle, comprobó la munición y se lo colgó al hombro.
—Ven conmigo. Paseemos un poco ¿te parece?
—Pero y si Isis viene…
—Olvida a Isis un momento. ¡Anda, ven! Quiero enseñarte más cosas sobre las hadas.
—Bueno, está bien. Pero no vamos a tardar.
—Claro que no.

***

Aww, Darya tan protectora xD, esa chica es muy peligrosa, pero parece que Rebeca ya está pensando cosas perver con la hermosa rusa pelirroja jeje
saludos! gracias por leerme
Yurita
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Mensaje por Yurita el Sáb Dic 17, 2016 11:38 pm
Lejos de donde se encontraba Rebeca, en una perdida zona al este y separada por cientos de kilómetros, la batalla entre el IV regimiento feérico ganaba la batalla contra los seres demoniacos que invadían las tierras de Onhandría, echándolos fuera del territorio hacia las montañas de donde habían surgido luego de haber cavado una larga serie de túneles por la cordillera.

Dos mis Hermanas embutidas en sus armaduras plateadas y blandiendo pesadas espadas a dos manos, decapitaban y rompían cuerpos sin cesar. El mar de sangre putrefacta levantaba un olor pérfido a la que las guerreras ya estaban acostumbradas. Luchaban sin descanso, apoyadas por la I División Blindada: enormes criaturas parecidas a tortugas cuyas escamas eran tan duras como el metal. Arrasaban todo a su paso, y sobre sus densos caparazones descansaban catapultas y cañones de luz lunar que disparaban gracias a las hadas artilleras que las controlaban. Las fertari, hadas voladoras, combatían desde el aire y lanzaban veloces hechizos con sus báculos o invocaban feroces tornados para abrirle paso al regimiento de las Hermanas.
—¡Vamos! ¡Sigan avanzando! —gritó Celesta, la madre de Isis. La sangre de los monstruos manchaba su brillante armadura —. Tenemos que empujarlos de regreso a sus madrigueras. ¡Sestine, Marina! No se queden atrás.

La caballería se abrió paso entre las guerreras y con sus lanzas, arcos y alabardas, persiguieron a los más cobardes enemigos que huían.
Isis estaba inmersa en un estado de frenesí. Tenía mucho que demostrarle a su madre luego de que esta la aceptara en su pelotón y se unieran al regimiento. La armadura le pesaba sobre el cuerpo, como si siempre llevara a alguien encima, y dificultaba sus movimientos, y sin embargo estaba dando lo mejor de sí. No pensaba en Rebeca, ni en su madre ni en nadie más. Sólo en el enemigo que tenía en frente y en la siguiente estocada.

Una criatura parecida a un sapo mal formado extendió una lengua larga y pegajosa que enredó en la pierna de Isis, y ésta perdió el equilibrio. Cuando cayó, otro monstruo con cabeza de toro y cuerpo humano mugió y cargó contra ella con la pesada hacha de guerra. Isis vio su suerte venir y cerró los ojos, pero antes de ser exterminada, Fine, otra recién reclutada hada del regimiento, embistió a la criatura con su espada y la partió en dos.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó después de cortar la lengua del sapo. Otra hada se encargó de romperle el cráneo. Fine extendió una mano y levantó a Isis.
—Gracias. Eso fue duro.

—Lo estás haciendo bien. Vamos. Tenemos que retroceder un poco. Deja que las Hermanas se encarguen de ellos.
Las Hermanas, todas gemelas, corrían tras las últimas bestias. Una de las inmensas tortugas de la división blindada soltó sus catapultas y grandes rocas encendidas como meteoros impactaron contra el bosque ennegrecido. Los árboles saltaron por los aires y grandes terrones de suelo cayeron como una lluvia oscura.
Isis y Fine tenían las caras llenas de sangre enemiga. Se abrazaron cariñosamente y luego emprendieron el regreso a la retaguardia para reportarse con Celesta, que a pesar de no ser una Hermana dotada y poderosa como las demás del regimiento, había luchado a la altura de una. Las estaba esperando en el puesto de mando, también bañada en vísceras enemigas y con el aliento agitado.

—¿Se encuentran bien?
—Estamos bien, mamá.
—Si mueren, no hay vuelta de hoja, y si les cortan un miembro, no podrán regenerarse. Recuerden eso.
—Ya le dijimos que estamos bien —replicó Fine, de mal humor.
—Entonces vayan al cuartel médico para que les atiendan las enfermeras. Aquí ya hemos terminado. La división blindada se encargará de lo que quede y las Hermanas sellarán los túneles.
—Andando, Isis. Vamos a bañarnos y a quitarnos toda esta mierda.
—Claro…

Celesta miró con odio la espalda de Fine. El hada no le caía nada bien. Era obstinada, salvaje y siempre desafiaba su autoridad. No quería que una mujer así fuera amiga de Isis, cuya inocencia todavía era la de una niña jugando a ser grande.
—Capitana Celesta. El Mando a decretado movernos al este para cercar a las tropas del enemigo.
El hada se concentró en el mapa que tenía en la mesa, y se olvidó de Fine y de su hija.

En las regaderas, desnudas junto con todas las demás reclutas que se bañaban para limpiarse los restos del enemigo, Isis escuchó las palabras de su amiga Fine.
—La verdad es que tu madre me da miedo. ¿No sientes que podría llevarnos a una muerte segura?
—Mi mamá es así —respondió Isis, pasándose la barra de jabón por los pechos. Fine vio estos sugerentes movimientos y tragó saliva. El aroma dulce que ahora desprendía Isis estaba embriagándola.

—Sí, pero creo que es un poquito impulsiva. En la guerra no hay tiempo para las malas decisiones. Una estrategia mal planteada nos conducirá a la derrota.
Isis aceptó que esto era cierto. Gracias a Celesta, no sólo habían vencido a una división de seres demoniacos, sino que también habían perdido a varias hadas reclutas, y todo porque ella les pidió que pelearan en el frente, junto con las Hermanas más experimentadas. Prefirió callar.
—¿Qué hay con esa niña humana que tanto te gusta? —preguntó Fine, curiosa y admirando, desde su regadera, los rosados pezones de Isis. Moría por tener uno entre sus labios.
—Ella… estará bien sin mí. Se cuidará. Además si estoy combatiendo aquí es por ella. No quiero que corra peligro.
—Estás muy enamorada ¿cierto?
—No sé lo que es el amor.

—Amor… el amor es cuando arriesgas tu vida por la de otra persona y sin esperar nada a cambio —miró a Isis con una sonrisa coqueta —, como la manera en la que yo te salvé.
—Lo hiciste porque somos compañeras, tonta.
—Tonterías, lo hice porque somos amigas. Eso es mejor que ser compañeras.
Isis sonrió. Se había hecho buena amiga del hada nada más conocerla y le había confesado todo sobre la humana Rebeca y la bonita relación que tenía con ella.
Sin embargo, Fine no veía esto con los mismos ojos cariñosos de Isis. ¿Cómo podría una humana ser la amante de un hada? Eso era ridículo y risible.

De repente a las dos les llegó el sonido de gemidos de placer. Ambas miraron hacia otra de las regaderas. Medio tapadas por el  vapor del agua, Cintia y Ninel estaban contra la pared, comiéndose a besos con una descarada pasión. Ninel tenía las traviesas manos entre los muslos de su amante, y jugaba con sus sus partes más sensibles y suaves, humedecidas no sólo por el agua de las regaderas.

Isis enrojeció de la vergüenza y prefirió no mirar, pero Fine, morbosa y excitada, decidió seguir atendiendo a esa desenfadada muestra de pasión entre las hadas. No todas las hadas tenían afinidad por su mismo sexo. No había necesidad, después de todo, porque la especie no se reproducía por medios biológicos. Sin embargo, algunas mujeres descubrían que ciertas partes de su cuerpo, especialmente las que se encontraban en medio de los muslos, producían un increíble placer si eran correctamente estimuladas. De esa forma, no era raro que las hadas se juntaran entre sí para acariciarse. La misma Fine había participado en orgías numerosas de hasta veinte chicas diferentes, todas lamiéndose, tocándose y gimiendo a la vez, alcanzando un orgasmo tras otro, descubriendo un gozo desconocido para la mayoría.

—Se están divirtiendo —dijo Isis, aguantándose las risas nerviosas.
—Parece que sí… ¿lo has hecho? Tocarte así.
Isis se sonrojó y recordó la experta boca de Rebeca explorando su interior.
—Sí… con Rebeca.
Fine apretó los puños, molesta.
—¿Y tú?
—Bueno… no —le mintió —. Nunca me han tocado.
—Rebeca dijo que se llama “hacer el amor”.
—¿Se siente bien?
—¿Quieres probarlo? Ven.

Fine enrojeció. ¿A caso Isis iba en serio? Nerviosa, excitada, se pasó a la regadera de su amiga. Isis apagó el flujo de agua.
—Siéntate. Ya verás qué bien se me da.
—¿Qué vas a hacerme? —le preguntó Fine, demostrando una falsa y macabra inocencia.
—Sólo te acariciaré con mi lengua.
Isis estaba emocionada por poner en práctica lo aprendido por Rebeca. Esperó a que Fine se sentara en el banco. Cuando estuvo lista, le abrió las piernas despacio. Admiró su vagina, los delicados labios que florecían hermosos  y húmedos. Se relamió la lengua e hizo lo mismo que su novia hacía con ella.

Fine se rió de gozo, pero fingió que la sensación era nueva para ella. Traviesamente se apretó las puntitas de los pechos y se acarició el vientre, mientras que la lengua de Isis causaba estragos en su estrecha intimidad. Sintió los dedos suaves explorando esa zona, los dientecitos mordiendo el clítoris y bebiendo los jugos que surgían de gota en gota como una pequeña abertura en un canal de miel.
Isis rió al ver las sensaciones que le provocaba a la “inexperta” de su amiga, y al igual que Ninel y Cintia, la hizo gemir de dulce placer al morder uno de sus delicados pliegues, aguantarlo entre sus labios y tirar de él para luego enfrascarse en su vagina y cubrirla completamente con su boca.

Su amiga estaba fuera de sí, con la cara roja, el pecho sudando y las piernas tratando de cerrarse por los reflejos del orgasmo. Fine recordó las orgías en las que había estado, los momentos eróticos cuando una docena de lenguas recorrieron su cuerpo y las bocas las llenaron de mordidas.
—Lame más fuerte… Isis.
—Está bien —dijo el hada, sintiendo esa dulce excitación de quien lame los placeres escondidos de una mujer. Mientras lo hacía, recordaba el orgasmo que Rebeca le había causado, y se esforzó para que Fine sintiera uno de ellos.

Penetró con dos de sus dedos. Sintió el calor. Comenzó a rasgar el interior, a beber las gotas que surgían de esas dulces zonas escondidas, y finalmente Fine se corrió entre los preciosos labios de Isis, y ésta lo sintió venir, sintió, como por ósmosis, el placer que conllevaba un orgasmo compartido.
Las dos hadas se pusieron de pie, felices y emocionadas por haber experimentado el orgasmo simultaneo.
—Eso fue tan rico… házmelo otra vez en la noche ¿quieres?
—Sí… cuando quieras. Es divertido y se siente bien…
—Entonces… —Fine se atrevió a tocar la cintura de Isis y lentamente bajó sus dedos hasta la vagina de su amiga.

En ese instante, Grandín, una oficial Hermana, apareció en las duchas.
—¡Novatas, afuera! Dejen el lugar para las Hermanas!
Desnudas, apenadas y riéndose, las chicas dejaron el lugar para las mas grandes y experimentadas mujeres, que ya estaban desnudándose y mostrando cuerpos voluptuosos e idénticos, cubiertos de piel clara y fina, músculos discretos pero fuertes. Oyeron risitas y murmullos. Una que otra le dio una traviesa nalgada a una de las novatas reclutas.

Sin embargo, el placer que Isis se provocó a sí misma al beber el placer de Fine, se marchó. Creyó que sería divertido, interesante y una muestra más de afecto. La curiosidad había quedado satisfecha… entonces ¿qué era ese inmenso dolor, infiel, que sentía en el corazón? ¿Por qué estaba llorando, sintiéndose como una… ingrata malagradecida?

*****

Uyyyyyyyy esto se descontroló... pero es normal, la bruta de Isis no sabía que la infidelidad existe...pensó que era un simple juego eso de darse zukhulento cariño xD, pero ya le atracó la consciencia
Yurita
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Mensaje por Delfi22 el Dom Dic 18, 2016 4:49 am
Mira que estas hadas si que salieron bien pervertidas...Cual será la reacción de Rebe, si llega a enterarse de lo que hizo la inocente de Isis?
--aunque de inocente no tiene nada--jajajaja...Bien a la espera del siguiente.Que estés bien...
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Mensaje por Yurita el Sáb Dic 24, 2016 2:08 pm
@Delfi22 escribió:Mira que estas hadas si que salieron bien pervertidas...Cual será la reacción de Rebe, si llega a enterarse de lo que hizo la inocente de Isis?
--aunque de inocente no tiene nada--jajajaja...Bien a la espera del siguiente.Que estés bien...

Surprised Surprised Yo aluciné escribiendo xD, creo que me salió muy bien. Gracias por estar al pendiente de mis actualizaciones. lo aprecio muchísimo. Un besote!!
Yurita
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Mensaje por Yurita el Sáb Dic 24, 2016 2:10 pm
Habían transcurrido tres días desde nuestra llegada a la ciudad capital, y cada día, Daria y yo hacíamos el mismo recorrido desde la cabaña hasta la casa de Isis, atentas por si ella volvía o por si mandaba a alguien para informar sobre su paradero, pero por desgracia, no recibimos un sólo mensaje, y yo ya estaba comenzando a desesperarme.
—Tengo que ir a buscarla. No puedo esperar un momento más.
—Cálmate y piensa las cosas con más calma, Rebeca. Si te adentras más en el desconocido bosque, corres el riesgo de tener problemas.
—Y supongo que no puedo hacerte venir ¿Cierto?
—Mi hogar está en mi cabaña. Allí pasé los últimos momentos con mi padre. No quiero irme. Además, sólo Dios sabe si Isis sigue con vida. Se ha convertido en soldado. No puedes…
—Estoy cansada de que me digan qué puedo o no hacer. Me moveré hacia ella y la encontraré. Esa es mi decisión —aunque mi voz sonaba un poco inquieta, en el fondo de mi alma podía sentir esa resolución de volver a encontrar a mi querida hada, de hacerla mía y de dedicarle todo el amor que pudiera.
—Es una batalla perdida —dijo una Hermana que había estado escuchando nuestra conversación. Se acercó a nosotras, alta e imponente. Daria llevó una mano a su muslera, donde descansaba su arma. Las Hermanas le irritaban y la ponían a la defensiva —. El regimiento donde está la hija de Celesta se ha internado mucho en el territorio enemigo. Si vas tan lejos, lo más seguro es que morirás.
—¿Y qué se supone que debo hacer? Isis me necesita… yo la quiero mucho. Es mi…
—Amiga —terminó Daria, y yo le di la razón. Isis era mi novia, cierto, pero en vista de la poca aceptación que una relación de nuestras especies tenía, decidí mantener alejada la verdad.
—Si quieres ir, nosotras no te detendremos —dijo el hada —, pero no cuentes con nuestra ayuda. Ahora, váyanse. Tenemos órdenes de cuidar la casa de todos los oficiales de alto rango mientras se encuentran en la batalla.
Con una mirada poco amistosa, el hada nos echó de la puerta de la casa de Isis. Daria y yo recorrimos parte de la ciudad pensando en qué hacer, cada una sumergida en sus propias ideas y preocupaciones. La rusa quería encontrar a la otra humana, pero con honestidad, a mí no me importaba mucho lo que pudiera ocurrirle a la otra chica.
—Está bien. Iré contigo a buscar a tu amiga hada.
—¿Lo… harás?
—Sí. Lo he pensando lo suficiente —Aunque no se veía convencida, Daria sonrió —. No quiero dejarte sola, y necesitarás de mi ayuda, la quieras o no.
—Claro que la quiero. ¡La quiero! ¡Ay, Daria!
La abracé con tanta fuerza que bien pude sacarle el aire, y con esa nueva esperanza por encontrar a mi querida hada, la rusa y yo volvimos a la cabaña a empacar nuestras cosas.
—Si vamos a ir tan lejos, necesitaremos comida y munición en abundancia —de un viejo armario extrajo una mochila de viaje y luego me guió hasta el sótano de la cabaña. Allí, en medio de la oscuridad, había todo un arsenal empolvado. Todas eran armas de la Segunda Guerra Mundial —. Cuando fuimos transportados aquí, mi papá y yo llevábamos un camión repleto de suministros para nuestros camaradas del frente. Por desgracia nunca pudimos completar el viaje, pero ahora estas balas, bendecidas por la Madre Patria, nos ayudarán.
Cargó su mochila con muchos paquetes de munición, y también metió una tira de granadas. También colocó un fusil llamado PPSh-41 y varios tambores con balas. Luego de mucho dudar, tomó un rifle que estaba dentro de una caja y me lo tendió.
—Para ti.
—Ah… yo no uso armas.
—Pues deberás de hacerlo. Toma. Es un Mosin-Nagant. Cinco tiros por cartucho. Muy preciso a distancias largas. Puede perforar con cierta facilidad la gruesa piel de los lagartos de fuego.
—¿Lagartos?
—Imagina que son dragones en miniatura. Si vamos a ir tan lejos, seguramente los encontraremos.
Con más miedo que otra cosa, tomé el rifle y me lo coloque, con la correa, bajo el brazo.
—Estamos listas. Tenemos abrigos también… debemos de viajar ligeras. Lo que necesitemos lo hallaremos en el viaje. Andando, salgamos antes de que anochezca.
Aunque me sentía feliz por estar haciendo algo para ir en busca de Isis, lo cierto es que una profunda parte de mí se sentía mal por haber orillado a Daria a hacerlo. Se podía notar el pesar que suponía para ella abandonar su hogar, pero con una sonrisa en sus labios carnosos, salimos de su cabaña y emprendimos el viaje hacia un puerto llamado Balkaler, ubicado cerca de la ciudad. Desde allí, Daria dijo que tomaríamos un barco que nos llevaría hasta Monceris, una ciudad que, según las noticias, había sido salvada por el regimiento de hadas donde estaba incluida Celesta, y muy supuestamente, Isis.
Mientras navegábamos bajo el cálido sol y las calmadas aguas del mar, mi amiga Daria se mantuvo un poco distante de mí. Había estado así desde que salimos, y aunque ella replicaba estar bien, en el fondo yo sabía que no era verdad. Me senté junto a ella.
—Sé que estás bien, pero me gustaría saber en qué estás pensando.
—En Isis, tu amiga. Ella ¿de verdad es tan importante para ti?
—Sí.
—Uhm… bueno. Pues la encontraremos. No te preocupes por eso —me palpó la rodilla y sonrió de una manera calmada. Me relajé y luego de bostezar, recargué la cabeza en su hombro. Daria tomó mi mano entre sus dedos —. Lo haremos.
—Gracias por acompañarme.
—De nada. No podía arriesgarme a dejarte así nada más. Llegaremos a la ciudad en un día, si seguimos a esta velocidad.
El barco estaba gobernado por un hada de aspecto sucio llamada Bertha. Tenía el cuerpo lleno de tatuajes y se paseaba por la cubierta vistiendo pantalones, camisola y un sombrero al estilo pirata. Sus secuaces no eran hadas, sino pequeños gnomos y duendes macabros con afilados dientes que siempre me estaban mirando con especial atención. Me ponían de los nervios.
—Creo que les gustas.
—Será cierto, porque siento que me comen con la mirada.
—Pues no eres nada fea —dijo Daria, después de guiñarme un ojo.
—Tú tampoco eres fea. De hecho eres hermosa.
—Así somos las rusas.
—¡Ja! Presumida…
Miré hacia el frente, a la línea del horizonte dibujada a lo lejos. Daria, a mi lado, entrelazó su mano con la mía.
—Te encontraré, Isis. Lo prometo.

—Rebeca, despierta. Ya hemos llegado.
Bertha nos había dado de beber una especie de licor aguado que a mí me dejó bastante mal la noche anterior, pero a Daria parecía haberle dado renovadas fuerzas. Ahora llevaba el pelo amarrado en una coleta, con su bonito rifle bajo el brazo. Se había quitado la chaqueta y se paseaba por mi camarote sólo con una blusa sin mangas. Pude ver, entonces, el tatuaje que tenía en el brazo izquierdo; el símbolo de la Unión Soviética.
—Gracias por despertarme.
—Cuando quieras.
El puerto bullía de personas, mercaderes y comerciantes que daban sus productos. Debido a la sorpresa, no me había dado cuenta de que la población ya no sólo se limitaba a las hadas, sino que habían hombres de piel almendrada y hermosos ojos negros o azules.
—Pensé que no habían más…
—Dicen que antes el mundo feérico estaba habitado por ellos. No te confundas. No son humanos. Son una cruza entre los elfos traidores y quién sabe qué otro ser.
Vistos de cerca, era verdad. Tenían las orejas puntiagudas y ciertas facciones no eran humanas, como el tamaño pequeño de la boca, el blanco del cabello y los muchos tatuajes que les recorrían la piel. Hablaban en un idioma rápido, como un trabalenguas. No alcancé a entender absolutamente nada.
—No te vayas a perder.
Alcancé a tomar la mano de Daria, y juntas logramos salir del puerto y nos internamos en un sendero del bosque que estaba silencioso y tenebroso hasta cierto punto. Mi amiga rusa iba por delante, con el Tokarev en las manos. Yo llevaba el Nagant también, armado por supuesto. Tener el arma conmigo agudizaba mis sentidos, aunque dispararlo era otra cosa.
Cuando la lluvia comenzó, Daria y yo tuvimos que abandonar la cautela y nos refugiamos en una pequeña cueva, a esperar que la tormenta amainara.
—Estamos empapadas.
Daria se quitó la blusa y el corpiño, y durante un instante, los senos más hermosos del mundo quedaron expuestos para mí. Tragué saliva y me fue difícil apartar la mirada de sus encantos. Fuera de su ropa, eran más grandes que los míos, y hasta más firmes, con las pequeñas puntitas rosas apuntando al frente.
—¿Qué?
—No… nada.
Sacó una blusa nueva de la bolsa y se la puso. Yo me di la vuelta para darle un poco de privacidad, y justo en ese momento ella llegó por detrás y comenzó a levantarme la camisa.
—Espera… yo puedo hacerlo sola.
—Pues date prisa. Si atrapas un resfrío, nos retrasaremos.
—Bien… entiendo.
Al deshacerme del sujetador, la cara de Daria se vio surcada por una sonrisa.
—¡Uy! qué hermoso par tienes allí.
—¡Cállate! Son sólo pechos.
—Pero me gustan.
—Ni que fueras lesbiana.
Daria no contestó, pero mi comentario no le hizo gracia. Se dio media vuelta y comenzó a recoger ramitas para encender una fogata.
Más tarde, ya calientitas por el fuego y mirando la madera quemarse, Daria habló.
—La verdad es que hacer este viaje me está gustando. Puedo pasar más tiempo contigo, y estoy recordando lo que es sentirse humana.
—Sí… yo me siento segura y esperanzada.
Se acercó un poco más. Las dos estábamos sentadas en el mismo tronco. Nos miramos con nuestros rostros iluminados por el color ámbar del fuego.
—Te ayudaré a encontrar a esa amiga tuya, ya te lo prometí.
—Sólo espero que esto valga la pena, y que Isis siga con vida.
—Lo estará. Ten fe.
Nuestros hombros se tocaban, y quizá fue mi imaginación, pero en los ojos de Daria asomó un brillo que antes no estaba allí. De repente sus labios me parecieron más refinados, y las facciones de su rostro, más claras, como la línea de pecas que tenía por encima de la nariz, y los tirabuzones rojos que se le escapaban de la coleta.
—¿Daria?
—¿Sí?
—¿Qué me estás mirando?
—Nada… no es nada.
Levantó una mano y la colocó en mi mejilla.
—Sólo pensaba… que eres inocente. Estás perdida aquí, y buscas a tu amiga. Eso dice lo valiente que eres.
—Pues… gracias, creo.
Se inclinó hacia mí. Peligrosamente, pensé que iba a besarme en los labios, pero no fue así, en vez de eso, me besó el hombro y se quedó allí, amodorrada conmigo durante un rato, y en silencio.
—Hueles muy rico —le dije.
—Tú también.
Isis se dejó ir contra la pared, aprisionada por el exuberante cuerpo de Fine. El hada, experta en el sexo entre mujeres, no perdió ni un instante en poner sus pequeñas manos en las zonas más íntimas de su recién amante secreta, y mientras frotaba el clítoris humedecido, pegó sus labios a su pareja. Ésta dudó en corresponder a la traviesa lengua que la seducía en un animoso baile de deseo.
—No…
—¿Qué pasa? Nos estamos divirtiendo.
Claro que era divertido. Las veloces dedos de Daria se adentraban dentro del hada y causaban estragos en cada nervio de su cuerpo. A Isis le dolía el corazón, y no obstante, el placer que la embargaba bastaba como para callar los gritos de culpa que se sucedían en su mente, como una explosión de éxtasis cruel. Notó la boca de Fine atrapando uno de sus pechos, y luego mordiéndolos, pellizcando los pezones rosados y deleitándose con el manjar que era la anatomía de sus curvas.
—Por favor… Fine. No…
—Pero tú sí quieres hacerlo ¿verdad? Ahora ¡acuéstate!
Con un empujón, Fine derribó a Isis sobre la cama. Al hada le latía fuertemente el pecho y sintió que podría correrse con sólo mirar a su pequeña presa allí, indefensa, abierta de piernas, exponiendo una hermosa intimidad húmeda.
—Tranquila —le habló con renovado cariño mientras se inclinaba para cubrir la entrada de Isis con su boca —, eres mi amiga y está bien que hagamos esto. Lo hacemos porque nos queremos, Isis, porque te he salvado la vida otra vez.
—Pero yo tengo a Rebeca…
—Y estoy segura de que a Rebeca le gustaría que tú disfrutaras ¿verdad? Rebeca quiere que tú seas feliz ¿no es cierto? Entonces, déjate llevar. Permite que tu cuerpo reaccione.
Sin darle tiempo de responder, Fine probó las tiernas carnes de Isis, y aunque el hada trataba de cerrar los muslos para protegerse, lo cierto es que se mojaba cada vez más y más. Fine se dio cuenta de esto y miró con absoluta devoción el dócil cuerpo que se exponía para ella. Le embargó, entonces, al ver las lágrimas de Isis, un sentimiento de compasión y amor. Por un momento, el deseo salvaje de hacerla suya se hizo pequeño y lo que pensó fue más en… cuidarla y protegerla, porque ella era como una niñita todavía.
—Cálmate, amor. Sólo… déjame sentirte ¿sí? Todas las hadas lo hacen.
Era en parte cierto. Las parejas estaban apareciendo en algunos pelotones del regimiento, especialmente entre las poderosas Hermanas, adultas y sensuales, y las jóvenes reclutas novatas, coquetas y débiles, como pequeñas conejitas que querían ser protegidas por las mayores.
Entregándose al deseo provocado por el continuo frotamiento de la lengua de Fine, Isis se olvidó del sentimiento extraño que estaba experimentando con respecto a Rebeca, y relajó las piernas. Se puso suavecita y con ello le dio indicaciones a Fine de que continuara.
La otra hada terminó por desnudarse y se montó encima de Isis, y luego se inclinó con un gesto de suma coquetería. La besó en los labios, probó el azúcar de su saliva mientras los pechos se frotaban y apretujaban por el peso de las dos.

**
Ahhh! esa Isis!! se merece que Darya le meta una bala en la cabeza. Se pasa de ingenua ¿Verdad? mientras la otra buscándola como loca :C
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Mensaje por Delfi22 el Mar Dic 27, 2016 3:41 am
Isis! pero que se te pasa por la cabeza?. Si ya se, que la perversidad de Fine te gana....jajajaja..Y si, Darya puede darle un tiro a Isis por, por eso que hace...jejejeje..Nos vemos en el próximo.Que estés bien..
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Mensaje por Yurita el Mar Dic 27, 2016 1:05 pm
@Delfi22 escribió:Isis! pero que se te pasa por la cabeza?. Si ya se, que la perversidad de Fine te gana....jajajaja..Y si, Darya puede darle un tiro a Isis por, por eso que hace...jejejeje..Nos vemos en el próximo.Que estés bien..

jajaj sii por cabrona xD. gracias por tu comentario Delfi, siempre al pendiente de mis historias :) Very Happy
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Mensaje por Yurita el Sáb Dic 31, 2016 1:04 pm
Hola, siguiente capítulo, y feliz año !!

Las noches en el mundo de las hadas son muy frías, especialmente en el invierno, al cual ya estábamos aproximándonos. Según Darya, pronto comenzarían las nevadas y cuando eso sucediera, el bosque se convertiría en un sitio poco amigable para todo aquél que no pudiera usar magia, es decir, nosotras.
Mientras la rusa dormía, yo miraba la lluvia caer dulcemente por fuera de la cueva. Pensaba en Isis, en su seguridad, más que nada. De seguro me estaría echando de menos, o quizá… quizá ¿estaba muerta? No; no debo pensar así, porque eso significaría que abría perdido todas las esperanzas.
Me acosté a dormir, recordando esos calientes momentos al lado de ella, de su experta boca, del movimiento de sus tetas mientras montaba sobre mí y frotaba nuestras intimidades. El rosado de sus pezones, la piel suave…

Empecé a sentir necesidades entre mis piernas. El corazón se me aceleró y comencé a sudar, pese al fresco de la noche. Miré a Darya, que dormía descubierta, sólo con una blusa delgada que tapaba sus pechos. Ella no usaba sujetador, por lo que pude notar las puntas de sus senos grandes allí, firmes y dispuestas. Antes de que me diera cuenta, ya estaba tocándome con la visión de esas perfectas curvas entre mis manos. Jugué con la idea de que podía meterme esos pechos a la boca, succionarlos con ternura y luego hundir mi rostro entre ese pequeño canalito que surgía entre ambos. Pensé en que Darya tenía una boca muy hermosa, pequeña y de labios delgados. La estrecha línea de pecas que le corrían por el rostro sólo acentuaban más sus finos rasgos.

La imaginación siguió su curso, y de repente allí estábamos las dos, encerradas en una ilusión en la que yo tenía el control absoluto. Estaba a horcajadas sobre la blanca piel de su cuerpo, y mis manos aprisionaban sus curvas. Notaba la respiración de ella, levemente agitada mientras una de mis manos jugaba con la estrecha entrada que debería de tener entre sus muslos. Le sonreí y ella se inclinó al frente. La abracé y jugué con sus labios, dándole besos húmedos, sintiendo sus pezones firmes pinchándome los senos, unidas las dos en un juego sin igual de caricias y orgasmos.
Adentré dos dedos dentro de mi vagina y rasgué mi interior. Apreté los muslos. Me ardían las mejillas como si les hubieran tirado cera caliente. Tuve que morderme el dedo para no gemir y que ella pudiera escucharme. Sin embargo, algo la alertó, porque se giró hacia mí. Por supuesto, estaba dormida, pero en esa posición, sus preciosas piernas y sus lindos pechos estaban aprisionados, inflándose más, mostrando sus delicadas líneas torneadas por las manos del placer y no fue difícil imaginar mi lengua corriendo por ella.

Me corrí con un suave gemido. La ola de escalofríos que me golpeó la columna vertebral hizo que me derritiera de placer. Me había masturbado pensando solamente en Darya, y eso no me hizo sentir muy bien al final de cuentas.

Continuamos nuestro viaje por la mañana, y yo iba detrás de Darya, sintiéndome avergonzada. ¿Con qué cara iba a verla ahora? ¿Cómo pude haberme masturbado pensando en ella? Cuando recordaba esa ilusión de mí sobre ella, se me estremecía la piel. La lujuria en mí estaba a todo lo que daba. Necesitaba a Isis cuanto antes, tenía que comérmela a besos nada más la viera e ir a deshacerme de mis frustraciones sexuales con ella.

—¿Estás bien? —me preguntó la rusa — Tienes la cara toda roja.
—No tengo nada.
—Mm… bueno… entonces será mejor que nos movamos un poco más rápido. Ven, tomaremos un atajo.
—¿Cómo es que sabes dónde ir?
—Porque ya había estado aquí antes. Mi padre y yo recorrimos este mundo y además, tengo un mapa. No me puedo perder. Cuando lleguemos a la ciudad…
Sus palabras se quedaron en el aire cuando un trueno de proporciones catastróficas hizo estremecer la tierra. Las copas de los árboles, agitadas por la brisa, botaron sus frutos y las aves emprendieron el vuelo.

—Eso sonó… como una explosión de bomba o algo así ¡Vamos, Rebeca!
Nos apresuramos a correr en dirección norte. Las explosiones se sucedían una tras otra y la tierra no dejaba de temblar. Animales parecidos a venados con tres cuernos y monos de dos colas iban en sentido contrario al nuestro, huyendo de alguna clase de peligro al cual nosotras nos estábamos acercando. Darya iba muy adelantada, con el rifle bajo el brazo. Salió del bosque antes que yo, y cuando le di alcance, las dos nos quedamos petrificadas ante lo que veían nuestros ojos.
La ciudad estaba en ruinas. Darya tenía razón. Una o más bombas parecían haber caído con gran precisión sobre los edificios. Se me congeló la sangre en las venas. Las casas ardían y echaban fumarolas de humo negro al cielo. La ceniza flotaba en el aire. Desde el barranco donde nos encontrábamos, llegaba el ruido de la gente que pedía ayuda.
— ¡Dios mío! ¿Qué les pasó? —me pregunté.

Darya sacó unos binoculares de su bolsa y miró atentamente.
—Están en problemas. Tenemos que ayudarlas. ¡Ven! ¡Bajemos por ese camino!
No pude detenerla, mi única opción era seguirla así que lo hice. Al llegar a la entrada de la ciudad, el aroma a carne chamuscada y a madera quemada me entró a los pulmones y tuve ganas de vomitar. En el tiempo que nos había llevado descender desde el barranco por el camino empinado, las hadas habían perecido de una manera cruel y espantosa. Por entre las líneas de casas incendiadas se veían los cuerpos calcinados de mujeres y niñas, también de Hermanas, que no pudieron escapar a tiempo del ataque.

— Darya…
—Esto es obra de los ejércitos de la Bruja.
—Vámonos. Éste sitio me da miedo y…
— ¡No se muevan! —gritó una voz masculina.
De entre el humo salió un hombre cuya estatura podría estar poco más allá de los dos metros. Vestía una armadura negra e iba armado con una espada curva de filo dentado. Tras él, una manada de enanos de pieles verdes, corpulentos y protegidos por escasas corazas de metal oxidado, formaban una línea de ataque. Todos blandían espadas o mazas, y viejos escudos.

—Orcos y goblins —dijo Darya, que se apresuró a levantar el Tokarev.
—Son unas hadas muy extrañas —dijo el hombre. La mirada de éste evidenciaba una extraña malicia. Su aspecto sucio manaba un hedor repulsivo, como a huevos podridos, y cuando sonrió, sus dientes estaban manchados de sangre — ¡Mátenlas a todas!

A su grito, los orcos y los goblins vinieron al ataque. Yo caí de espaldas, aterrada. Darya reaccionó más rápido que yo, y sacó una granada de mango. La arrojó sobre las filas enemigas y esta sucumbió de inmediato con la explosión.
— ¡No te quedes allí! ¡Retrocede! —me gritó, cogiéndome rápidamente del brazo. Apenas tuve fuerzas para levantarme.
No avanzamos mucho. Doblamos por una calle lateral para escapar de las flechas que silbaban cerca de nosotras. Dimos más y más vueltas hasta que perdí el sentido de la orientación. Finalmente Darya dejó su Tokarev a un lado y sacó el fusil de asalto, esa extraña arma con un tambor de balas.
—El PPSh es justo lo que necesitamos. Ve a esa posición y espera a mi señal. Abre fuego en cuanto de lo diga.
—Pero yo no…
— ¡Hazlo, si quieres vivir!

A regañadientes, tuve que hacerlo. Me guarecí detrás de una carreta volteada y me llevé el Mosin-Nagant al hombro. Me temblaban las manos. El arma se tambaleaba. Unos metros más al frente, Darya preparaba una granada de humo.
—Aquí vienen. Prepárate.
Tragué el nudo que tenía en la garganta.
La fila de orcos y goblins giró por la misma calle que nosotras. Darya lanzó la granada de humo, que explotó y empezó a llenar de una cortina gris el camino de los enemigos. Luego, la rusa se echó al suelo y entró en accón con el PPSh. Los casquillos de las balas rebotaban en el piso, y la lluvia de proyectiles atravesó el humo. Lo que oí después fueron los gritos inmundos de la horda mientras moría bajo el fuego ruso.

— ¡Usa tu arma, Rebeca! —me gritó sin dejar de apuntar.
Tardé sólo unos momentos en reaccionar. Moría de miedo, de auténtico miedo. El rifle me temblaba en las manos. Accioné el gatillo. Ni siquiera vi la bala que salió despedida, pero el retroceso me envió el brazo para atrás. Quise disparar de nuevo, pero no lo logré.
—¡Tienes que mover el cerrojo, como te enseñé!
—¡Ah, sí!
Coloqué otro tiro en la recámara y tiré del gatillo. Los cinco tiros se fueron uno por uno, y ni siquiera sabía si le estaba dando a algo. Con las manos trémulas, saqué otro cartucho. Me tardé casi un minuto en cargar el Nagant y volver a disparar. Un orco salió de entre el humo, y cuando yo accioné el gatillo, él se fue hacia atrás con un hueco en la cabeza. Fue entonces cuando me di cuenta de que le había quitado la vida a un ser vivo. ¡Yo! ¡Yo, que en mi vida había matado nada más grande que una cucaracha!

—¡Tenemos que retroceder! ¡Sígueme, agachada!
Eso sí que lo hice. Rápidamente me puse detrás de Darya. La rusa se movía ágilmente, de cobertura en cobertura con el PPSh en las manos. Asomó la cabeza detrás de una pared de madera y disparó una rápida ráfaga.
—Tenemos que llegar hasta esa torre. Cúbreme.
—¿Qué?
— ¡Que me cubras!
Yo ni siquiera sabía qué era eso. Darya Alanova estaba completamente distinta a la dulce muchacha que había conocido hasta ahora. Sin miedo, veloz como una gacela, corrió por entre las flechas y rodó por el piso. Se arrastró con el pecho a tierra para pasar debajo de un madero derrumbado y luego tomó las escaleras. El Tokarev y el PSSh colgaban bajo sus brazos.

Apunté con el Nagant. Un orco venía agitando un arco y preparando una flecha para disparar. Accioné el gatillo y la criatura se sacudió antes de caer herida del brazo. No murió. En vez de eso, el pielverde empezó a bramar y a girar la cabeza para buscar a su atacante. Me localizó porque, a causa del terror, me quedé quieta. Gruñó al verme y saltó al ataque. Yo disparé el rifle sin apuntar. Ni una sola bala le dio.
—No… no quiero morir. No quiero morir.
Le arrojé el Nagant a la cabeza y retrocedí. Resbalé. Caí y me arrastré.
—Dios… no —rogué con lágrimas en los ojos.
Entonces la cabeza del orco explotó. Levanté la mirada. Darya estaba en la cima de la torre, arrodillada y con el Tokarev en las manos y el ojo en la mirilla telescópica. Disparó una y otra vez. Cambió el cargador. Volvió a disparar. Otro cambio de cargador. Los orcos caían uno por uno, todos con sendos tiros en la cabeza, en la sien o en el pecho, donde la armadura no lograba cubrirles. Llegaban en masa pero también retrocedían al no saber qué los estaba matando.
— ¡A la carga! ¡Despliéguense en posiciones ofensivas! —el grito provenía de una Hermana. Tras ella, otras hadas guerreras desenvainaron sus espadas y corrieron por las calles como una marea de armaduras para darle muerte a los enemigos que ya habían emprendido la retirada.

Darya dejó de disparar y comenzó a bajar de la torre.
—¡Te dije que me cubrieras!
—¡Perdón! Yo… tenía tanto miedo.
—Escucha —exclamó tomándome del cuello de la camisola. Sus ojos ardían de una furia roja —. Este país está en guerra. Tienes que aprender a pelear. Te di un arma precisamente para eso. No hay tiempo de dudar, Rebeca. O disparas o mueres. O son ellos o tú.
—Perdón…

Respiró tranquilamente para serenarse y me soltó. Casi de inmediato, las arrugas en su rostro desaparecieron y volvió a tomar esa expresión tranquila y dulce. El sudor le resbalaba por la frente y tenía la cara sucia por el carbón y la tierra.
—Lo siento, no debí exigirte demasiado. Nunca has estado en combate.
—No soy un soldado.
—Lo sé. Ven. Vamos a ver a las hadas. Tal vez sepan en dónde está tu amiga.
Caminé detrás de Darya, y en ese segundo me di cuenta de que tenía miedo de ella.

***

XD, lo sé, he visto mucho Call of Duty, mi hermano no deja de jugarlo, así que se me hizo interesante, un capi con acción y vimos otro lado de nuestra Darya, estilo rambo jajaj
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Mensaje por Delfi22 el Sáb Dic 31, 2016 7:08 pm
Por un momento pensé que estas dos tendrían su noche perve.. Cool

Mira la Rebequita nos salió algo canija..-quién la viera-solo pensamientos pervertidos com Isis y ahora con la rusa..
Bien a la espera del siguiente.Que tengas un muy Feliz Año Nuevo...
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Mensaje por Yurita el Sáb Ene 07, 2017 2:15 pm
@Delfi22 escribió:Por un momento pensé que estas dos tendrían su noche perve.. Cool

Mira la Rebequita nos salió algo canija..-quién la viera-solo pensamientos pervertidos com Isis y ahora con la rusa..
Bien a la espera del siguiente.Que tengas un muy Feliz Año Nuevo...

jajaj noo, como crees? si Rebeca es muy santa xD. Ella sólo con Isis. Bueno, gracias por leer e igualmente un feliz año!

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Mensaje por Yurita el Sáb Ene 07, 2017 2:18 pm
Isis agitó la espada manchada de la sangre de los orcos. Se estaba volviendo muy hábil en la matanza, y sus poderes mágicos se acrecentaban como alimentados por la sed de batalla y el deseo de proteger a sus seres queridos. Le había salvado la vida a Fine, cuando esta estuvo a punto de caer bajo la robusta maza de uno de los enemigos, y el corte en el goblin había sido tan letal que la cabeza del pobre animal había ido a parar hasta el otro campo de batalla.
—Me has salvado la vida —Fine estaba con lágrimas en los ojos. Le dolían las articulaciones de las manos y de los pies. Estaba cansada de la guerra, de sentirse siempre acorralada, como las otras novatas que chillaban en las camillas mientras las hadas médicas comenzaban con sus tratamientos —. Te lo debo. Pídeme lo que quieras.
Isis notó un tierno brillo en los ojos de su amiga.
—No… no. Sólo cumplí con mi deber. Entre todas debemos cuidarnos.
Sin embargo, el regimiento había llegado demasiado tarde para retomar el pueblo. A ambos lados de las calles de tierra apisonada, las casas ardían y se escuchaban los lamentos de las mujeres y las niñas que eran sacadas de los escombros. Isis notó cómo la fría hervía en su sangre. La bruja tendría que pagar por todo esto.
Fine le tomó de la mano, e Isis sonrió.
—No tengas miedo, Fine. Dije que te protegería ¿está bien?
—¿Tú a mí? Anda, que las dos todavía somos novatas.
No muy lejos de donde estaban caminando, se encontraron con la Hermana Mireya, que entre sus brazos sostenía las pequeñas caderas de Marina, una recluta pequeña, de aspecto casi infantil y la más bajita del regimiento, aunque eso no quitaba el hecho de que Marina estaba con las piernas y los brazos enredados en el fuerte cuerpo del hada mayor, y la besaba con una pasión hirviente.
Fine tosió para llamarles la atención, y apenadas, las dos hadas se separaron.
—¿Cuál es el informe? La capitana Celesta quiere saber.
—Eh… sí. Te veré luego, amor —le dijo Mireya a Marina. La pequeña hada le dejó un pico en la punta de sus labios y se fue corriendo para otra dirección. La cara de Mireya apenas se enfrío.
—¿Es que ustedes son amantes o algo así? —la Hermana miró atentamente a Isis —¿Tienes algún problema? ¿Crees que me incomoda que tu madre sea la capitana?
—No… yo sólo preguntaba.
—Pues no hagas preguntas innecesarias. Como pueden ver, la zona está devastada y no hemos encontrado sobrevivientes. Mis hermanas murieron en combate. Me temo que sólo hemos recuperado un montón de cenizas.
—Todavía así, éste montón de cenizas ahora nos pertenece —replicó Isis con una nota de orgullo en su voz —. La bruja perdió. Eso es lo que cuenta.
—Me gusta ese tono —rió Fine y le dio una traviesa nalgada a su amiga. Isis se sonrojó.
—Entonces continuaré con mi patrullaje. Tal vez haya algo más que se nos pasó.
Mireya, alta y de hermoso cabello plateado, continuó con su tarea. Fine e Isis la vieron marchar.
—¿Te has dado cuenta de que últimamente muchas hadas Hermanas y reclutas se están emparejando?
—Supongo que todas buscan el placer —observó Fine —, justo como nosotras lo estábamos haciendo.
Acarició la piel tersa de los brazos de Isis y le plantó un beso en los labios. La pequeña lengua jugó traviesa durante un momento, antes de que Isis se separara.
—No. Para. Ya te dije que me siento mal haciendo esto.
—Pero si es que todas lo hacemos.
—Tal vez yo sea diferente.
Fine torció el gesto.
—Te la pasas pensando en Rebeca y no te das cuenta de que siento algo por ti. A mí también me disgusta la idea de estar con otra chica. Sólo quiero tenerte a ti, Isis.
La joven prefirió ignorar ese comentario. Se sentía ridícula albergando pensamientos de infidelidad. Rebeca la estaba esperando en algún sitio, quizá muerta de miedo. Se dio la vuelta y Fine la atrapó con sus brazos, poniéndolos justo por debajo de sus abultados pechos y comiéndole el cuello a besos.
—Quiero ir a la cama contigo otra vez. Ya lo hemos hecho. Andando.
—Te dije que no.
Pero Isis no tuvo mucho tiempo para protestar. Poco después estaba con la boca de Fine entre sus piernas, metidas en las duchas mientras el agua caliente les caía en la espalda. El cerebro del hada moría de placer y de horror. ¿Cómo algo que se sentía tan bien podía estar mal? A su mente llegaban imágenes de Rebeca, asustada y triste, abandonada en algún sitio. La echaba mucho de menos, pero su cuerpo la apartaba de esas ideas.
Fine deslizó lentamente la lengua a lo largo de toda la intimidad. El agua ayudaba a darle una mágica sensación. Notó que las piernas de Isis se cerraban, y ella las abrió más, tomándolas de las rodillas. No iba a permitir que se le escapara otra vez.
Cuando hubo terminado de excitar esa zona, se sentó sobre las piernas de su amiga y le ofreció sus pechos. Isis lo dudó. De verdad lo dudó, pero al notar las puntas rosadas dispuestas para ella, la suavidad de las carnes blancas y la mirada sonriente de la otra hada, ya no pudo contenerse. Le tocó disfrutar de lo que se le ofrecía. Estrujó las curvas y deslizó la lengua entre las mismas, bebiendo el agua que resbalaba entre ellas. Fine olía extremadamente bien. Se abrazaron muy juntas.
—Te quiero, Isis. Te quiero, y hacer esto contigo… me hace feliz.
Isis no respondió. Se sentía débil y cansada. Estaba disfrutando y aunque eso era un hecho, nada le quitaba el sentimiento de culpa. Se detuviera o no, la infidelidad ya estaba hecha, así que decidió seguir con su tarea. Encontró, entre los recovecos de placer, un odio diminuto por Fine, por haberla orillado a esto.
Molesta, deslizó una mano al interior de la vagina de la muchacha. Fine sonrió al sentir la interrupción.
Con cuidado, Isis se levantó del banco y puso a su pareja contra la pared. Los senos de la otra se aplastaron, al otro lado y suspiró cuando sintió la lengua de su nueva amante bajando a besos por su espalda.
—Así… así, Isis. Ya aprendiste bien lo que tienes qué hacer. ¡Ay! No me muerdas… así. Hazlo despacio… despacio, amor mío.
El “amor mío” despertó en Isis todavía más culpa, y para acallarla, decidió entregarse a su tarea con más ahínco. Penetró a Fine con los dedos. La calidez que manaba del interior de su amiga terminaron por derribar las últimas murallas que le quedaban de cordura. Fine ya estaba por venirse cuando el hada mayor entró a las regaderas.
—¡Muy bien! ¡Todas, salgan!
Sólo entonces Isis se dio cuenta de que su espectáculo lésbico estaba siendo observado por una docena de reclutas jóvenes e inexpertas. Fine rió. Isis, con lágrimas de vergüenza, se apresuró a ponerse la toalla y salió rápidamente del baño.
—Espera, Isis —le llamó Fine, persiguiéndola por todo el campamento —. Al menos ponte algo de ropa, mujer. No sólo esa toalla.
—¡Déjame sola!
—Pero si no tiene nada de malo que nos miren.
Claro que lo tenía. Isis estaba abochornada. Llegó hasta su tienda y se metió allí, echándose rápidamente a la cama y encogiéndose en posición fetal.
—Fine, yo no siento lo mismo por ti.
—¿Por qué amas a una humana? Ni siquiera es de nuestra especie.
Fine se quitó la toalla y se sentó junto a Isis para acariciarle los hombros.
—Mi vida. Yo te quiero mucho. Me salvaste la vida, me hiciste de todo… vamos, mírame. Eso es… eso es. ¿Ves signos de mentiras en mis ojos?
No los había. Isis se dio cuenta de esto y trató de sonreír.
—Mi hermosa hadita, no tengas miedo ¿vale? Soy Fine, nadie más y te voy a cuidar.
A medida que decía esas palabras, el corazón de Fine se estaba ablandando. Era la primera vez que sentía deseos de estar verdaderamente con alguien, de compartir risas y besos, de enredarse todos los días entre sus piernas y ofrecerle alegrías. Se inclinó.
—Anda, bésame.
—No, Fine. Rebeca…
—Olvida a Rebeca ¿quieres?
Fine tomó la iniciativa y arrancó el beso de los húmedos labios. Para su sorpresa, su amiga no la rechazó, aunque tampoco correspondió. Apretando el contacto, deslizó una mano por el nudo de la toalla de Isis y la desató. Notó el cuerpo que se estremecía de gozo.
—Me colocaré sobre ti un momento ¿vale?
Isis asintió.
Fine se recostó tiernamente sobre la chica y después de comerle los labios con sus besos, le acarició sutilmente los senos, pellizcó las cumbres y deslizó la lengua por el estrecho espacio entre los dos. Isis se mordió el dedo. La sonrisa maternal de Fine estaba glorificada y con esto le transmitió un sentimiento de paz.
—Abre las piernas.
—Pero sólo un poco ¿Vale?
—Sí.
Cuando tuvo acceso, se deleitó con la imagen. La estrecha hendidura, la entrada al cuerpo de Isis, cálida y húmeda. Fine procedió a tomarla, a conquistarla suavemente con sus delicados besos y lamidas. Las dos permanecieron así durante más tiempo del que habían pensado.

Rebeca

El regimiento de hadas se había desplegado poco después de haber recibido la llamada de auxilio de las otras hermanas, las que ahora yacían en bolsas para cadáveres y eran transportadas por sus compañeras. Las apilaban en carretas mientras un grupo de sacerdotisas rezaban oraciones y echaban agua bendecida sobre los cuerpos. Algunas hermanas lloraban sin consuelo y a mí se me encogió el corazón.
Darya estaba un poco ausente, observando con el ceño fruncido lo que ocurría a su alrededor. A lo mejor estaba recordando cómo sus camaradas habían sido atacados por los alemanes, en el campo de batalla. El escenario no era tan diferente al que ella estaba acostumbrada. Le tomé de la mano para transmitirle un poco de apoyo, y ella me miró sorprendida, y luego, con un gesto tierno, me acarició la mejilla.
—Te quiero, Becca.
—No mires más.
Nos entrevistamos con una de las comandantes del regimiento. Era un hada adulta, con muchas condecoraciones en el peto de su armadura. Tenía el pelo en forma de una larga trenza y una gigantesca espada le sobresalía por el hombro.
—¿Isis? Mmm ¿te refieres a la hija de Celesta?
—¡Esa es! —exclamé, feliz.
—Se encuentra por allá, en la tienda número cinco.
—Gracias.
Darya me dio un empujoncito con el hombro.
—¿Ves? Al fin vas a encontrarte con esa amiga tuya y éste viaje habrá valido la pena.
—Sí. ¿Qué harás después?
—Regresaré a buscar a la otra humana. Tengo que hallarla.
—Nosotras te ayudaremos, si es que es posible.
Continuamos platicando y riendo. Saludamos a un par de hadas pequeñas, casi adolescentes, que se paseaban por allí con miradas inexpertas. Llegamos a la tienda número cinco. Tomé aire. Traté de despejar mi mente de pensamientos temerosos y de ocultar mi sonrisa.
Entré.
Incluso Darya se quedó de piedra cuando vimos la escena que se revelaba ante nosotras. Por un momento, ninguna de las dos hadas allí se tomó la molestia de mirarnos. Una de ellas estaba metida entre las piernas de la otra. No tardé mucho en darme cuenta de que aquella chica que se pellizcaba los pechos y gemía, con las mejillas enrojecidas, era mi novia. Mi Isis. Mi adorada hada… la misma que había estado buscando con tanto esfuerzo.
—Ay… carajo —susurró Darya.
Su voz llamó la atención de las dos hadas, y estas, como congeladas en el tiempo, se quedaron mirándonos. La cara de Isis cambió de una traviesa sonrisa, empapada de sudor, a una expresión de horror.
—Re…beca.
La otra hada, bastante más atractiva que Isis y yo juntas, frunció las cejas. Las dos se levantaron, desnudas.
—¿Qué están… haciendo?
—Ay, Santo…
Algo en mí se resquebrajó. El alma se me consumió como una hoguera que se extingue bajo las llamas. Me mordí el labio inferior para no gritar. Las manos me temblaron, estremecidas por una descarga de rabia que zumbó en mis oídos. Todos mis esfuerzos, todos mis días sufriendo en este maldito mundo para buscarla… habían sido envano.
Levanté el fusil.
Darya hizo lo mismo con su Tokarev.
—¡¿Qué demonios está pasando aquí?!
—Rebeca… yo no…
—¡¿Quién eres tú?! —le pregunté a la otra hada. Tenía su rostro justo en la mira. Mi dedo temblaba en el gatillo.
—Me llamo Fine. Tú debes de ser… la tal Rebeca ¿no es así? Me estaba encargando de darle a Isis un poco de compañía.
Su sonrisa sardónica hizo que comprimiera la quijada.
—Rebeca, yo quiero decirte que…
— ¡No te atrevas a moverte!
Isis se quedó quieta.
—¿Tienes la puta idea de todo lo que he pasado para encontrarte? Sufrí frío, hambre. Casi me vuelan la cabeza por los elfos. Por poco me desmiembran los orcos. Sentí mucho miedo... y soporté todo porque quería verte. Y tú… maldita infiel.
—Pero es que yo no sabía que…
—¡¿Qué no sabías?!
—Que… estaba siendo infiel.
Casi solté una carcajada.
—Eres mi novia, Isis. Yo te quería…
—Mejor vete, humana —me amenazó Fine, con gesto furioso —. No te atrevas a hablarle así a Isis. Ella es mía, ahora.
—Yo no soy tuya —replicó la otra.
Miré a Isis.
—Se terminó, maldita hada… —las lágrimas corrían por mis pómulos —. Volveré al mundo humano. No te atrevas a seguirme.
—Por favor, no lo hagas.
—¡Cállate! Y en cuanto a ti, Fine... —no supe qué decirle. Simplemente bajé el rifle. No tenía caso tirar una de las preciadas balas del Musin Nagant.
Lo que sucedió después pasó en un segundo. Con un movimiento rápido de sus manos, Fine se estiró para agarrar un cuchillo que estaba en la mesa. Yo me quedé paralizada. Darya gritó.
—¡No! ¡Abajo!
Y disparó. El estruendo reverberó entre las suaves paredes de la tienda. Mis manos temblaron de horror. Un pequeño hilo de sangre brotó de un agujero que de repente Fine tenía entre los ojos. Se había quedado con la expresión de horror en la cara, inmóvil y con la bala alojada en el cerebro.
Isis gritó.
Fine se precipitó hacia adelante, muerta. Su cabeza hizo un crujido cuando chocó contra el piso.
—Darya… la… mataste.
—Era ella o tú… ahora ¡vámonos!
Me tomó de la mano y me jaló hacia la salida. Isis, llorando, trataba de levantar el inerte cuerpo de Fine. Fue lo último que vi antes de salir del campamento. Las hadas no tardaron en sonar la alarma.

^^^^^^^^^^^^^^^^
Esta es el arma de Rebeca xD


Y esta la de Darya


O_O ahora creo que las cosas sí se salieron de control!! de buscar a las hadas ahora están siendo perseguidas por ellas!
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Mensaje por Delfi22 el Dom Ene 08, 2017 6:19 am
Santa madre de las hadas pervertidas! eso les pasa por coger lo ajeno.
-R.I.P-
*FINE*
Ahora si humanas a correr se a dicho.En que terminara todo este lio?.
Que pasara con Isis y Rebeca?
A la espera del siguiente.
Delfi22
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Mensaje por Yurita el Sáb Ene 14, 2017 4:26 pm
@Delfi22 escribió:Santa madre de las hadas pervertidas! eso les pasa por coger lo ajeno.
-R.I.P-
*FINE*
Ahora si humanas a correr se a dicho.En que terminara todo este lio?.
Que pasara con Isis y Rebeca?
A la espera del siguiente.

jaja en el siguiente las cosas se complican mas
Yurita
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Mensaje por Yurita el Sáb Ene 14, 2017 4:27 pm
Lo que había sucedido no lo terminaba de asimilar. Darya… Darya había matado a una de las hadas sin dudarlo, sin retroceder ni un sólo segundo. Un simple movimiento, un simple tirón de gatillo y la bala había quedado alojada en el cerebro de aquella muchacha.
— ¡Corre! —gritó la rusa, apenas llevándome de la mano. Con gran esfuerzo logré articular mis pensamientos, hacer que mis piernas respondieran mientras nos internábamos en el bosque. Las flechas pasaban zumbando cerca de nosotras y se clavaban en la madera de los árboles —. Si nos atrapan, estamos muertas.
— ¡¿Por qué le disparaste?!
—Fue en defensa propia. Lo hice de manera instantánea.
Una saeta se clavó muy cerca de donde estábamos. Darya me empujó hacia adelante y me indicó que me escondiera detrás de un tronco caído. Ella se apostó al lado de mí, apoyó el rifle en la madera y colocó el ojo en la mira telescópica. Al frente, las siluetas de las hadas se veían recortadas contra el bosque.
—Espera… no las…
No tuve tiempo de pedirle que no lo hiciera. Tiró repetidas veces del gatillo. Las balas que escupió el Tokarev hicieron mella en las hadas, porque oí sus gritos mientras caían o se arrastraban. Los atronadores disparos me taladraban los oídos.
— ¡Dispara también tú!
Pese a todo, coloqué el Mosin-Nagant en el tronco. Yo no tenía la mira telescópica, pero cuando la primera hada estuvo en mi rango de ataque, dudé. No tiré del gatillo. No podía simplemente matar a esa mujer. La vi claramente, aunque era desconocida. Estaba sola, mirando desesperada a su alrededor. No debía de ser más adulta que yo, de piel blanca, mirada casi infantil.
De repente se desplomó. Miré a Darya, que cambiaba el cartucho de su Tokarev. Después hizo uso de su PSSh y barrió la zona con rápidas ráfagas. Más gritos se escaparon de las hadas que venían tras nosotras.
— ¡Vamos! ¡Las perderemos por allá!
Me recogió del hombro y me obligó a caminar.

Durante una media hora, las dos anduvimos en silencio. Las hadas ya se habían quedado atrás, pero en mi cabeza los gritos de ellas todavía perduraban y me perseguían como fantasmas. Éramos asesinas. Bueno, Darya lo era. Y la miré con sorpresa y temor. La mirada dulce había desaparecido de sus ojos y se movía sigilosamente, sin apenas hacer ruido, mientras que yo pisaba piedras, rompía ramitas y trituraba hojas secas.
—No tienes porqué sentirte mal —dijo al final de cuentas —. Al menos te diste cuenta de la clase de persona que era tu… novia.
Soltó la última palabra con cierto asco.
—Ya no lo es —dije al fin y al cabo —. No tengo más razones para estar en este mundo. Quiero volver a casa, cuanto antes.
—Tuve ese mismo deseo, años atrás, y mírame. Yo creo que te quedarás aquí durante bastante tiempo.
—No me estás haciendo sentir especialmente bien.
—Pues tampoco ese es mi trabajo.
Fruncí las cejas.
—¿Por qué estás tan enojada conmigo? ¿Tienes algún problema con lo que pasó? Isis y yo éramos pareja, es cierto…
—No me importa la clase de relación que tengas con ella —su tono hacía ver que, por el contrario, sí le importaba —. Isis y todas las hadas son un montón de malnacidas hijas de la luna que se creen superiores a todas las otras especies, incluidos los humanos. No sé cómo te pudiste relacionar con ella.
—Mis motivos… no tienes porqué comprenderlos.
Me miró y ladeó la boca.
—En eso tienes razón. Ahora sólo tengo que ocuparme de mantener tu trasero con vida y…
No pudimos seguir conversando, porque sin poder darnos cuenta, el suelo bajo nuestros pies cedió. Caímos, en medio de la confusión, en un agujero lo suficientemente hondo como para que no pudiéramos ver el exterior. Olía a tierra mojada y a hojas secas. Darya lanzó una maldición y trató de trepar, pero sus dedos y sus piernas se hundieron en la tierra desprendida, y cayó.
— ¡Una trampa!
—Las hadas nos atraparon —eso era cierto. Tenía miedo cuando lo dije.
Por cosa de dos minutos las dos estuvimos allí intentando salir. Darya sugirió que me apoyara en sus manos para poder alcanzar la superficie, y así lo hice. Sin embargo, cuando logré alzarme por encima y gatear para darle la mano a ella y ayudarla, algo frío se colocó en mi nuca.
—No te muevas —la voz era femenina, sin duda.
Como salidos de la nada, hombres armados con arcos y flechas, asomaron de entre la maleza. Sus torsos estaban cubiertos por sencillas camisas de lino, sucias y roídas. Aun así eran hombres atractivos, aunque letales. La mujer que estaba detrás de mí resultó ser una de ojos azules, pelo rubio y prominente busto, apretujado detrás de una camisa gris y una gabardina negra. En la cabeza llevaba un gorro de lana, y lo más importante de todo, es que en las manos cargaba una pistola, y me estaba apuntando con ella.
Instintivamente levanté las manos.
—De rodillas, quítenle el fusil y ayuden a la otra a salir.
Renegando y maldiciendo, Darya fue sacada del agujero y luego la arrodillaron junto a mí.
— ¡Elfos! —gruñó, observando con asco a los hombres que nos estaban amarrando las muñecas.
—¿Sus nombres? —preguntó la mujer, que estaba apoyada en un árbol y le sacaba filo a su cuchillo. Su edad no debía de rebasar los veinte años.
—Rebeca.
—Darya Alanova.
—¿Alanova? —rió —. Vaya, una comunista.
—¿Quién eres tú? —preguntó Darya.
—Me llamo Lara Nagel, y soy humana, como ustedes.
Mis ojos se abrieron como platos.
—¿Humana? ¿De verdad?
—Alemana, claro.
Aquí fue donde Darya farfulló algo, y por el tono en el que lo dijo, no fue nada bonito.
—Capitana —habló un elfo —. Las hadas se acercan por el sur, y los necros por el norte.
—Eso no suena bien —Lara se mordió el dedo índice —. Vengan, señoritas. Si no quieren morir, tenemos muchas cosas qué contarnos.
A regañadientes, los elfos nos hicieron caminar en fila india, con nosotras en medio. Nos habían despojado de las armas y de las mochilas. Dos fornidos hombres nos mantenían vigiladas y con las manos puestas en las empuñaduras de sus espadas. Nos dirigíamos al este aun paso moderado, y ninguna de nosotras hablaba. Tras media hora de camino, llegamos a la entrada de una cueva que estaba escondida entre un montón de arbustos colocados estratégicamente para tapar la entrada.
El interior era frío y húmedo. Se escuchaba el goteo del agua contra la piedra. Los elfos encendieron lámparas luminiscentes, parecidas a las que Darya tenía en su cabaña. Proyectaban una luz tenue, pero suficiente para ver. Nos empujaron a través de un túnel estrecho que giró una y otra y otra vez hasta que perdí el sentido de la orientación.
—¿A dónde nos llevas? —preguntó Darya, pero nadie le dio una respuesta.
De todos modos no tardamos en darnos cuenta de que habíamos llegado a una especie de cámara subterránea, lo bastante grande como un estacionamiento de centro comercial, aunque con el techo bajo, sostenido por columnas de piedra. En las paredes y del techo colgaban grandes lámparas cuyas piedras luminiscentes aportaban más luz amarilla y creaban feas sombras en las paredes.
El aire era cálido. Varios elfos, enanos y algunas hadas de piel broncina estaban allí, trayendo cajas, forjando espadas en los hornos y preparando quién sabe qué cosas en mesas de madera que contenían cristales y botellas con líquidos químicos y brillantes en su interior.
—¿Qué cojones…?
Lara se giró hacia nosotras.
—Bienvenidas a la Guardia Rebelde. Somos lo único que se interpone entre las terribles hadas y la Gran Bruja.
—¿La gran…? —Darya fue la primera en comprenderlo — ¡¿Sirven a la Gran Bruja?!
—Somos sus más fieles seguidores, por supuesto.
—Debí sospecharlo —farfullé, asqueada. Lara sonrió.
—No lo mal entiendas. La Gran Bruja no es el verdadero enemigo de este mundo. Si quieres obtener respuestas sobre quién es el verdadero villano, pues las tienes allá afuera.
—¿Las hadas? —preguntó Darya.
—Sí —Lara se acercó a la rusa y le pellizcó un cachete —. Veo que no eres tan tontita para ser comunista.
— ¡Cállate, alemana! Sólo nos has traído a la guarida de la más aborrecible existencia de…
—¿Aborrecible?
La voz reverberó por toda la cámara. Todos dejaron de hacer lo que hacían y se arrodillaron de inmediato. Incluso Lara, y nosotras, pero sólo porque los elfos nos obligaron. En medio de la cámara se abrió una especie de remolino de luz roja y blanca, una clase de… portal, que despedía una cálida luz. De repente el aire se puso pesado sobre nuestros hombros. Era un poder… increíble, como una especie de instinto asesino que me caló los huesos.
Del portal surgió una mujer. Era alta, de cabellera roja, con una corona en la punta de la cabeza y estaba embutida en una especie de armadura voluminosa de ónice, con grabados rojos y dorados en el pecho y en los hombros. Una capa carmesí ondeaba tras ella. La mirada salvaje de ojos dorados se posó sobre nosotras, y su voz profunda, como amplificada por un altavoz, habló.
—¿Estas son las dos humanas de las que me contaste, Lara Nagel?
—Lo son, mi Señora. Darya y Rebeca.
Se aproximó con pesados pasos. Su armadura debería de pesar casi una tonelada, porque producía un chasquido metálico cuando caminaba. Extendió una mano hacia nosotras. Noté que estaba protegida por un guantelete de aspecto mecánico, como dedos potenciados. Una fuerza sobrenatural, telequinética, nos levantó a Darya y a mí.
—Podrían convertirse en buenas guerreras, por supuesto.
—Nosotras… no… ¡Seremos guerreras tuyas! —exclamó Darya.
La Gran Bruja sonrió.
—Créeme, humana, cuando sepas lo que tratamos de evitar, cambiarás de parecer.
Me miró a mí. Sus ojos brillaban como rescoldos de una fogata.
—¿Te unirás a mí?
Proyectó miedo hacia mí. Un terror increíble que me encogió las tripas.
—Sí… — fue todo lo que logré articular. El poder psíquico se detuvo, y Darya y yo caímos al piso.
—Lara Nagel, muéstrales el lugar. Ya sabes el procedimiento —se giró a los demás, que seguían arrodillados —. Sigan trabajando. Vamos bien de tiempo, pero quiero que todo esté listo cuanto antes. Si vamos a destruir a la Reina de las Hadas antes de que active el servonúcleo, necesitamos hacerlo antes del eclipse lunar.
—¿Por qué? —me atreví a preguntar —¿Qué pasará con ese… eclipse?
La Gran Bruja se giró hacia mí, seria.
—Todas las hadas se convertirán en demonios del Inframundo.
****

Anda! que ahora sí que las cosas se han puesto feas jaja, Qué opinan de la historia hasta ahora? Les está gustando? creo que l trama se va haciendo un poco mas densa jeje, saludos!
Yurita
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